30 de diciembre de 2010

Una guerra feliz

11 de diciembre de 2010

Vueltas da la vida

Han pasado más de diez días desde la última entrada. He venido un par de veces, pero sólo he dejado un par de borradores con título y unas ideas sobre las que escribir.

Primero quise hablar sobre las vueltas que da la vida, cuando pequeñas o grandes cosas cambian el rumbo de la existencia de alguna o más personas. Así, mientras yo andaba quejándome de todo un poco, haciéndome permanecer en la misma posición derrotista de tantas ocasiones, las vidas de los míos seguían adelante. Después de dos días de lamentaciones, recibí una buena y gran noticia de dos de las personas más importantes que tengo: han sido (o serán) bendecidos con lo que, a mi entender, es uno de los mejores regalos que se pueden recibir en esta vida. Es sin duda algo que les cambiará la vida para siempre.

Poco después de la llamada, decidí felicitar a otra de las personas más importantes de mi vida, pues la noticia le repercutía directamente. Y charlando de todo un poco, me recordó lo que había vivido un año atrás. El mismo fin de semana, doce meses antes, había pasado por uno de sus peores momentos. Un delicado asunto de salud la llevó al hospital en estado crítico y sin conocer con claridad las consecuencias y secuelas del mismo. Ahora que todo pasó (más o menos), recibe esta gran noticia. Un giro, sin duda.

Días más tarde, personas cercanas a mí pasaban por uno de sus peores momentos. Todo parecía ir bien, como siempre. Las cosas estaban bajo control y debían ocurrir de forma favorable, como de costumbre. Y remarco con "siempre" y "de costumbre" porque es la única realidad que conocen. Son personas a las que les va bien, cuyo lema ha sido y es "que bien se está cuando se está bien". Puedo asegurar que lo saben demasiado. Sin embargo, con una de esas vueltas que trae el destino, las cosas se complicaron en cuestión de minutos y ya nada salió como estaba previsto. Desde ese momento están pasando por una de las peores épocas de sus vidas. Eso sí, parece que poco a poco todo vuelve a la normalidad y pronto quedará en un susto y nada más. O quizá haya secuelas, es pronto para saberlo. Sea como sea, un cambio se ha producido y, a partir de ahora, verán las cosas con otros ojos.

Supongo que todo el mundo, en menor o mayor medida, ha sufrido dificultades en el camino así como momentos de descanso y disfrute. Normalmente diría: algunos más que otros. Pero hoy no quiero lamentaciones, ni quejas, ni inconformismo. Hoy quiero dejar escrito que el tiempo no cesa, las circunstancias cambian irremediablemente, las personas vienen y van, los problemas se superan o anquilosan, pero igual que las alegrías, tienen fecha de caducidad.  

Y mientras uno se lamenta de la situación desfavorable, el tiempo pasa y las cosas cambian, para bien o no. Sea como sea, el mundo vuelve a girar, algunas vidas paran, otras continúan y algunas llegan. Pero ninguna de estas tres opciones depende de nosotros.

Volviendo al tema, decía que he venido dos veces a expresarme. La primera, por los cambios en la vida de estas tres personas. La segunda, porque descubrí un término que no conocía y me hizo reflexionar sobre mi actitud. Me refiero al concepto de resilencia. Pero no me voy a detener en él en estos momentos. Quizá retome la entrada que empecé o, lo más seguro, la dejaré como está para siempre. Sí hablaré de lo que me ha hecho volver hoy y que está relacionado, aunque pueda no parecerlo, a las dos entradas que no he terminado y a todo lo que he dicho hasta ahora.

Cuando ya había aceptado la situación y me resignaba a esperar más tiempo sin saber siquiera hasta cuándo; cuando intentaba conformarme creando expectativas nuevas o fantasías para engañarme una vez más; cuando, como conté, había empezado a tener sueños de otras salidas; en definitiva, cuando ya no esperaba, la oportunidad llegó.

Ahora me pregunto si ha servido para algo todo lo que he hecho. Me planteo si merecían la pena los pensamientos negativos y destructivos, las horas de desesperación, el miedo irracional (ahora lo sé) a la pérdida, la tristeza y la añoranza. He pasado muchas horas y días obcecado en las mismas ideas, desesperando porque no llegaba el momento, fastidiando momentos o disfrutándolos menos. Y al final tengo de nuevo la oportunidad que quería: el martes volveré a ejercer mi profesión.

No me gusta esta entrada, pero la publico porque considero que cumple con el requisito básico que exijo: sacar de dentro pensamientos y sentimientos. Sé que no he conseguido mostrar lo que quería. Quizá no manifiesto la alegría que siento por la gran noticia de mis amigos y por mi novedad laboral, pero creo que se debe a otras razones de las que quiero hablar pronto. He descubierto que estoy roto. Hablaré... cuando llegue el momento.

27 de noviembre de 2010

Resaca

Después de todo lo que conté en la entrada anterior, ayer intenté que la tristeza no durase mucho tiempo. Quise impedir una caída emocional. Aproveché que las circunstancias trajeron una llamada telefónica (que llegaba con retraso) y decidí cumplir con una promesa anoche mismo. Así que pasamos la tarde escogiendo comida, planeando la preparación, la distribución, teniendo en cuenta los gustos de nuestros invitados. Por fin, y después de varios intentos fallidos, vendrían a cenar los únicos que permanecen en mi mundo tras cerrar la fase de Cuatrocaminos. 

Pensé que me sentaría bien distraerme recordando momentos vividos, conociendo las novedades más interesantes de los últimos meses en los que yo no estaba, criticando a los de siempre y, sobre todo, poniéndonos al día con lo último de nuestra vida personal. Porque si hay algo que nos une no es haber compartido un lugar de trabajo. 

Han pasado meses desde la última vez que tuvimos conversaciones como las de anoche. Y aunque podría decir que todo sigue igual, sé que no sería absolutamente cierto. Las personas tenemos momentos mejores y peores, todo el mundo lo sabe. Estas personas no están pasando por uno de los buenos. Me tienen acostumbrado a eso, pero esta vez, aun tratando de no demostrarlo demasiado, vi desconcierto y preocupación en unos ojos, tristeza y cansancio en otros y, en los terceros, mucha ansiedad. No creo que los acontecimientos sean tan graves como para pensar en graves consecuencias. Más bien todo lo contrario, un pequeño bache en una vida más o menos ordenada (al menos en los dos primeros). En la tercera, es cierto, las cosas vienen de atrás y todavía permanecerán durante unos meses o algún año, no sé. Pero, en este caso es algo inevitable. Lo superará, sin duda.

Pero no me encuentro en este estado por las noticias recibidas, más cuando digo que casi no hablaron de estas cosas, sólo las pude identificar en algunas frases y, sobremanera, en sus gestos. Estoy así porque comí bastante, y no eran horas. Cuando me acosté, además de cansado y con la cabeza cargada, me notaba empachado. Supongo que más por la comida fue que volví a beber oro líquido. No he dejado este vicio, pero sí he cambiado sustancialmente mi hábito de consumo. Ahora casi nunca bebo y, cuando lo hago, casi no puedo beber dos vasos seguidos.

Pero ayer era un día difícil. Fue uno de esos días en los que, cuando volvía caminando del trabajo, paraba en el mismo kiosco a comprar la botella más grande de este líquido. Entonces bebía porque estaba triste, con pocas ganas de hacer nada, con muchas ganas de rendirme. Ya el jueves di el primer paso para volver a ser el mismo de entonces. Tuve control. Anoche no. Tampoco es que bebiera más que nunca, para nada. Es sólo que he perdido la costumbre. 

No obstante, más allá de la posible (o poco creíble) resaca física por consumo de un refresco cola o por engullir bastantes alimentos, tengo resaca emocional. Demasiadas emociones en un mismo día: el concurso perdido, la apuesta laboral perdida, la ausencia de noticias y retos, las fechas en las que estamos, los últimos acontecimientos familiares, mi dolor ante la incertidumbre de algunas cosas importantes, las conversaciones que necesito tener y cuando las tengo en lugar de ofrecerme calma espiritual me producen mala conciencia, el sentimiento de culpabilidad que nunca me da tregua, los problemas de los que me importan, las circunstancias irremediables, mi tradicional acomodamiento en la mierda afectiva, mi inacción, mis quejas constantes, el desánimo actual y, otra vez, la culpa. 

Quisiera explicarme mejor, identificar con claridad y transmitir lo que me pasa, los elementos que me han dejado la sensación de resaca. Pero parece que sigo sin cumplir con ninguno de los tres argumentos de la plegaria de la serenidad. Ni acepto lo que no puede cambiar, ni tengo valor pues soy un cobarde, y, lo peor, no distingo entre lo que puede y no puede cambiarse. Siempre dudando, siempre inseguro, siempre culpable.

Lo dejo aquí porque esta entrada no es más que una manifestación de mi autocompasión. O quizás no.

P.D. Según blogger esta es mi entrada 100. No es del todo cierto, pues tengo un par creadas que no llegué a publicar y siete u ocho que son borradores o títulos para futuras entradas. Así que esperaré a celebrar el honor de haber llegado a mi centésima entrada cuando sea totalmente cierto.

26 de noviembre de 2010

De turbación y desesperanza

Hace casi un mes publicaba De ilusiones y miedos. Sólo han pasado unas semanas, pero a día de hoy ya hay respuestas para todos los interrogantes de aquella mañana. Y el resultado titula esta nueva entrada.

En primer lugar hablé de una pequeña oportunidad que quise aprovechar. Era, como advertí, algo con poca importancia, pero yo se la concedí por dos motivos: el posible premio me apetecía considerablemente y la ilusión de participar y optar a éste. No he ganado, ni siquiera sé si habré estado cerca. También es cierto, como señalé, que me decidí a última hora, no dediqué tiempo, lo hice porque quería participar pero no sabía cómo. Luego está el tema del talento o carencia del mismo. No creo que el resultado refleje esta aptitud, quizá sí y esté equivocado. Sea como sea, no ha podido ser. ¿Otra vez será? No sé si habrá otra vez...

A continuación, me referí a un nuevo reto. Éste sí que lo cogí con gran entusiasmo. Me parecía un privilegio. Sentía que tenía una gran responsabilidad, aunque no sabía sobre qué era responsable. En pocos días cumplí con mi cometido, lo envíe y recibí la ansiada respuesta. Eso sí, como tantas veces, no recibí la que esperaba. Se me agradeció el esfuerzo, se mi hizo partícipe del resto del proceso, se me invitó a estar al tanto de las novedades,... pero no se me dijo nada más. Ya no he vuelto a tener contacto con las personas que me ofrecieron esta ocupación. Tal vez no pasé la prueba; tal vez ni siquiera fuera una prueba. Sea como sea, espero recibir un nuevo reto pronto; no me importa que el resultado sea el mismo que la vez primera.

En tercer y último lugar, indiqué que no todo era bueno y que, como muestra, esa misma semana que parecía llena de oportunidades (e ilusiones) vino acompañada de un miedo. Hablaba de una prueba que tenía que pasar para conseguir el mil veces mencionado nuevo destino. Al final tomé una decisión y recibí una contestación pocos días después. El resultado, creo haberlo dicho ya, fue negativo. Sin embargo lo tomé bien, pues no estaba tan seguro de la decisión que había emprendido y, además, todavía había tiempo. El problema es que las semanas han pasado y sigo en la misma situación. Sabía que podía pasar, que era evidente. Esta semana me vi en la misma tesitura, volví a hacer listados de pros y contras, a pasar nervios, a mostrarme inseguro, a necesitar que pasasen los días para que ocurriese lo que tenía que ocurrir, fuera cual fuese mi decisión. Ésta fue no hacer nada, dejar pasar esta oportunidad y esperar mi turno. Estaba tan cerca que aun sabiendo lo que había pasado la semana anterior, estaba convencido de que esta vez sí me acompañaría la suerte. Sea como sea, tampoco ha podido ser.  

No obstante, también tenía esperanzas. Ahora mismo ya no las tengo. He estado dos veces rozando con mis manos el preciado momento y en ambas ocasiones he visto alejarse el cumplimiento de mi anhelo.

En unos días empezamos diciembre y, con él, llegamos a Navidad. Nunca me han gustado estas fiestas. Tengo muchas razones que lo justifican. Las del año pasado no fueron tan malas como las anteriores, quizás por el cambio de espacio. Este año tengo nuevas razones para poder, al menos, disfrutarlas. Sólo espero que los últimos acontecimientos familiares y laborales no terminen de fastidiar mi estado anímico y me convierta, una vez más, en la peor de las compañías.

Me despido por ahora con un halo de tristeza que sólo mostraré aquí. Nada cambiaré repitiéndome en mis quejas. Pero no lo hago por no ser cansino, sino porque no me apetece escuchar las frases que todo el mundo me repite continuamente. Puede que no les falte razón, pero una cosa no quita la otra. Hoy, y ante las circunstancias, estoy decepcionado, turbado y desesperanzado.

24 de noviembre de 2010

Sueños

Llevo más de una semana así. Cierro los ojos, los abro y me veo en otro escenario. No es un lugar desconocido, al contrario. De hecho, el otro día lo visité, rápidamente, sin mucha ilusión o motivación. Tanto que salí tan veloz como pude. No es que me traiga malos recuerdos, algunos están ahí, pero son poco importantes. Tampoco, creo, será porque lo echo de menos. Cuando me marché, juré no volver jamás. Y esto no es la primera vez que lo he llevado a cabo. Podría decirse que a lo largo de mi existencia he ido dejando aparcados escenarios y personas según iban pasando las distintas fases vitales. Tampoco es algo que haga voluntariamente. Ocurre, sin más. Evidentemente existe alguna explicación; y ésta está relacionada con mi forma de actuar o, directamente, de ser. Sea como sea, es una realidad innegable.

Sin embargo, como digo, vuelvo esta vez al lugar. Es mi primer día de regreso. Me encuentro con rostros conocidos, hablamos, compartimos el resumen de lo acontecido en este año y pico que hemos dejado de compartir. Y me pongo a trabajar. Y estoy tranquilo, feliz tal vez. Como si el último año no hubiese existido o, peor, como si no hubiese sido relevante. Por supuesto, es todo lo contrario. No lo entiendo, cuando reflexiono sobre ello; mientras ocurre, lo disfruto incluso. 

Insisto, no creo que sea porque lo echo de menos. Sí, es verdad, hace unas semanas, al estar frente a la entrada principal y divisar desde la distancia ciertos lugares y personajes, sentí cierta nostalgia. Pero no pensé en que quería seguir formando parte de aquello, al contrario, sentí que una vez fui parte de algo que ya no importaba nada en absoluto. Pensé en los años compartidos con aquellas personas que se habían convertido en pocos meses en desconocidos a los que saludar forzosamente para mostrar educación. Y recordé cuántos esfuerzos realizaba para integrarme. Y sé que ni siquiera llegué a tocar con la punta de mis dedos la ansiada integración. Al final, nunca fui uno más, sólo alguien en paralelo. 

La novedad o, mejor, lo extraño es la presencia de personas que conocí allí y, como yo, se bajaron del barco antes de mí. Es posible que a estas personas sí las extrañe. Tengo que admitir que en mi estancia siempre fueron mejores los que estuvieron de paso, que los permanentes. Sí, algunos de los segundos también fueron importantes, también permanecen en mi vida. Pero fueron los primeros los que mejores momentos me dieron. Además, siempre agradecía a la suerte que vinieran poco a poco, teniendo siempre, en cada estación, la compañía perfecta. 

Pero más extraña es la presencia de personas que son más ajenas a este lugar. Personas que ni siquiera han pasado unos minutos por él, dado que viven a kilómetros de distancia. Sólo lo justifica el hecho de que en este caso sí les echo de menos, sí me hacen falta, sí los trae mi memoria a diario. Y aunque, hoy por hoy, me alegro de ello, pienso que sería mejor empezar a olvidar. Olvidar, porque es lo que siempre he hecho. Olvidar, porque sería lo menos doloroso, porque es preferible. Porque, lo más probable sea que nunca más nos encontremos.

Pero, como tantas veces, no está en mi mano elegir. Dejaré que sea el tiempo el que decida el momento en el que ya no tenga tan presentes a los ausentes. Mientras tanto, seguiré esperando novedades. No debe de quedar mucho para que se cierre una etapa y comience la siguiente. Ésta se cerrará como pasó con las precedentes, la nueva me llenará una vez más.

¿Y cómo no me voy a levantar cansado si me paso la noche trabajando en Cuatrocaminos y hablando con tanta gente?

22 de noviembre de 2010

Regalos

En un correo de ayer La Más Grande (apodo que le di a una buena compañera de trabajo y amiga) me halagaba con una frase cariñosa. No es la primera vez y, seguro, no será la última. Tampoco es la primera vez que tengo que decirle que no sea tan humilde y recordarle que ella sí que vale. Por algo es La Más Grande.

El caso es que releyendo algunas de las entradas que empiezo y no termino, o que titulo esperando más tarde tener tiempo para darle forma, o que simplemente no les llega el momento, he encontrado varios fragmentos de la obra que hablaba en la entrada Walkabout. Fragmentos que señalé con su lectura y que dije que volvería a ellos con algunas entradas y reflexiones de temática diversa, dado que la autora, Marlon Morgan, recogía bastantes temas.

He aquí el fragmento en cuestión:

Un regalo sólo es un regalo cuando das a una persona lo que ella desea, y deja de ser regalo cuando das lo que tú deseas que tenga. Un regalo no obliga a nada. Se da sin condiciones. Las personas que lo reciben tienen derecho a hacer con él lo que quieran: usarlo, destruirlo, regalarlo, lo que sea. Es suyo, sin condiciones, y el que lo da no espera nada a cambio. Si no se corresponde con estos criterios, no es un regalo y debería clasificarse de alguna otra manera.

Pero también recordaba a personas de mi país que hacían regalos constantemente y ni siquiera eran conscientes de ello. Son personas que te ofrecen palabras de aliento, que comparten sus anécdotas contigo, que ofrecen a los demás un hombro en el que apoyarse o que, simplemente, son amigos que no te fallan jamás.

El párrafo importante, ahora, es el segundo. Se refiere a personas que son un regalo. Por suerte he encontrado unas cuantas a lo largo de mi existencia. Algunas todavía permanecen a mi lado, otras sólo estuvieron en un momento concreto, pero siempre el adecuado. Y aunque puede la que la mayoría de las entradas que escribo sean tristes, o expresen odio, o sean de tintes negativos, también tengo un lado menos malo. A veces, sólo a veces, (intento) soy positivo. Y además, aunque no lo diga tantas veces como debería, estoy agradecido a cada una de esas personas que han sido y son un regalo en mi vida.

Luego están las personas que son regalos no sólo para mí, sino para cualquier persona. Éstas son difíciles de encontrar, pero existen. Cuando encuentres una, no la pierdas. O, al menos, haz como yo: intentarlo.


21 de noviembre de 2010

Decisiones

Últimamente las circunstancias me obligan a tomar decisiones. Supongo que es lo normal; así son las cosas. El problema (y tratándose de mí siempre tiene que existir uno) es que soy una persona dependiente. No he alcanzado la autonomía necesaria e inherente a los adultos. Si bien no todos los adultos alcanzan el mismo grado de madurez, en mi caso es más que obvio que no sé enfrentarme a distintas pruebas. Como tantas veces, me bloquea el miedo. Y, como la mayor parte del tiempo, se trata de miedo a la pérdida.

No hace mucho comentaba en algunas entradas las decisiones que había emprendido en el ámbito laboral. Seguía (y sigo) a la espera de mi destino. Eso sí, surgieron las oportunidades y con ellas las dudas, la valoración de todas las variables, los nervios y la necesidad urgente de tomar una u otra decisión. En las ocasiones previas, dada mi desesperación, tomé la vía de la suerte, jugué las cartas que disponía y dejé que fuera el azar el que decidiese por mí. Claro está que al probar suerte ya estaba tomando una decisión.

Y esto último es aplicable a las ocasiones, como estos días, en las que no hago nada. Al no hacer nada, estoy teniendo una actitud ante la coyuntura. Es una respuesta más. Es, sin duda, la manifestación de mi decisión. Y al haber decidido, la acción de no hacer nada recibe una reacción. No siempre sé si soy consciente de lo que traen consigo mis decisiones, sobre todo, cuando las decisiones son no mover un dedo.

Siento esto porque me cabrea recurrir a la vía fácil. Es fácil no hacer nada, seguir escondido en mi pecera, disfrutar de mi nueva situación, de la compañía de mi mujer y de las visitas y llamadas de mis amigos. Es lo más fácil, por supuesto. Desde aquí no tengo que enfrentarme directamente a nada y a nadie. No tengo que vivir situaciones presumiblemente desagradables ni mantener conversaciones que sé de antemano serán tensas, evitando, por tanto, los momentos menos confortables de la vida.

Ya hablaba en la entrada anterior sobre la cobardía que me caracteriza. Imagino que los pensamientos de esta tarde están profundamente relacionados. No puedo evitarlo. Me siento culpable. Sé que no soy el único que ha conducido las cosas hasta su estado actual, que no soy responsable. Pero eso no justifica que mis decisiones, aunque únicamente sean dejar pasar las horas y los días, sean las correctas. De hecho, probablemente sean malas decisiones, no sé si las peores, pero no positivas para nadie, ni siquiera para mí mismo.

Llegará el punto en el que sea inevitable mover ficha, en el que obligatoriamente tenga que emprender acciones reales, dejando atrás estos tiempos en los que me basta con ignorar determinados hechos, en olvidar momentos o distraerme con la lectura y mirar películas y mis queridísimas (y necesarias) series. Llegado este punto, actuaré. Por ahora, pese a mi sentimiento de culpabilidad y mi rabia ante esta actitud, parece que seguiré refugiándome.

Como es de imaginar, llevo varias líneas refiriéndome a mi situación familiar. La entrada anterior fue inevitable, necesitaba decir cosas que no digo. Al fin y al cabo, sacar sentimientos de dentro es uno de los motivos más fuertes que me llevaron a escribir y, posteriormente, crear H&F. Pero, además de la determinación de no hacer absolutamente nada y dejar correr el tiempo, tengo que tomar otro tipo de decisiones. Éstas están relacionadas con lo que decía al comienzo, mi situación de espera de destino profesional.

Ha surgido una nueva oportunidad. No es la mejor que se me ha presentado. Las dos anteriores eran bastante preferibles a ésta última, pero no pudo ser. No me llegó el turno y, en el fondo, siendo sincero, sentí que era mejor así. De hecho, sí probé suerte fue para no arrepentirme más tarde, pero para nada estaba convencido. Por ello, como digo, fue un alivio que en sendos casos encontrase una negativa.

Ahora, la situación es peor que antes. Peor porque ha pasado tiempo y, aunque estoy mucho más cerca de mi turno para elegir lugar de trabajo, es posible que en lugar de esperar una semana más tenga que esperar varios meses. Se explica por las fechas en las que estamos, con un puente a tiro de piedra y unas fiestas navideñas que se están haciendo presentes progresivamente. Lo lógico sería que la semana próxima llegase el esperado día. Pero a la vista de lo acontecido esta semana, nada es seguro.

Lo único bastante probable es elegir lanzar los dados y con ellos decidir mi destino laboral del resto del curso. Y, aunque no sea tan bueno como las dos oportunidades anteriores, tampoco estaría renunciando a un paraíso. De hecho, tengo algo aceptable en una mano y algo incierto en la otra. Ayer estaba casi convencido de quedarme con el pájaro capturado y dejar de fantasear con los ciento volando que planean en mi cabeza. Hoy, sin embargo, y para aumentar mi intranquilidad actual he pensado que prefiero esperar y comprobar qué me ofrece el devenir la semana próxima. Eso sí, tampoco tengo la absoluta certeza de haber tomado ya una decisión firme. Todavía tengo dos días para pensar qué haré y es muy probable que los pase dudando.

Y, como decía, soy dependiente. Necesito de la opinión ajena para tomar mis propias decisiones. Así, cuando paso por situaciones como ésta, pregunto a varias personas qué opinan, qué creen que debería hacer. No quiere decir que finalmente hago lo que me dicen, sólo me deja más tranquilo saber que tengo apoyo pase lo que pase, haga lo que haga, incluso cuando no hago nada.

Seguiré tomando decisiones y, como un hombre, daré la cara antes las consecuencias que vengan, independientemente de si tienen cariz positivo o negativo. Eso sí, no prometo estar tranquilo ni que no me arrepentiré ni que no me quejaré. Estas cosas parecen, hoy por hoy, parte ineludible de mí.

19 de noviembre de 2010

Cobarde

Cobarde. Siempre he sido un cobarde. Cobarde por bajar la cabeza y dar la espalda, por no decir cómo me sentía, por no contestar, por callar y otorgar.

Hubo una época en que no podía callar. No había dejado de ser cobarde, pero hablaba o, mejor, gritaba. Atacaba a todos y cada uno de los que me herían. Me defendía con ira, gritos, violencia verbal, portazos y rabia. Pero llegó un día en que no aguantaba más, no podía seguir con esa actitud. No porque no fuese adecuada (que no lo era) sino porque el efecto que tenía sobre mí era peor que seguir siendo cobarde. Y de hecho, ni gritando ni discutiendo dejaba de serlo, pues esa actitud demostraba mi cobardía, mi miedo y mi no saber cómo actuar.

Así, con esta experiencia, tomé una decisión: ser indiferente; en realidad, manifestarme indiferente, mostrar que todo me daba igual cuando obviamente no lo era. Obvio para mí, pues las personas que vieron mi cambio lo admitieron como síntoma de mejoría. Pero callar, pasar de discutir, evitar enfrentamientos no hacía sino empeorar las cosas. Tanto que ahora han olvidado los hechos e incluso yo también confundo las cosas.

Pero no vengo a escribir de ellos en general, vengo a hablarte a ti en concreto; a ti, aunque sepa que no me vas a leer, aunque sé que no te enviaré un mensaje de texto como los tuyos, aun sabiendo que no enviaré el email que he pensado sería tu mejor contestación. Y vengo a escribir porque prefiero sacarlo aunque sólo sea por escrito, aquí, en mi rincón. No sé cuánto tiempo más debe pasar para que sea capaz de mirarte a la cara y contestarte. No sé siquiera si llegará ese momento.

Como sea, ahí van algunas respuestas a tus preguntas y ataques:

- Me parece muy bien que des un paso como el que diste ese miércoles de julio. Lo que no me parece justo es que utilices una excusa para justificar tu acto. Si quieres hacerlo, hazlo con sinceridad.

- No existe posibilidad alguna de mejorar nuestra relación. Sólo puede mejorarse algo que existe. En nuestro caso sería construirla desde un principio. Y llegas, como sabes aunque no lo admitas, más de veinte años tarde.

- No puedes justificar la situación echándole la culpa a los otros porque, aunque puede ser que la tengan en un gran porcentaje, tú nunca has hecho nada para cambiarlo e, incluso, sí has hecho cosas que la empeoraban.

- No digas que admites tus errores si a continuación los relacionas con los míos. Sí, yo he hecho muchas cosas mal, por supuesto. Sí, yo también debería reconocerlas. Pero, una cosa no cambia la otra. Acepta lo que has hecho mal y pide perdón por ello, o déjalo en el pasado.

- No, que te quede claro, no justifican tus faltas la edad que tenías. Porque vale que siendo un crío no eras consciente de lo que decías y hacías, pero es que las cosas que nos separan no son únicamente las de la niñez. Vale que entonces no te comportabas como un buen hermano, pero podías haberlo cambiado al hacerte mayor. Sin embargo, aun siendo mayor que yo, no sólo no ayudaste en nada sino que lo hiciste peor. Tus palabras, nuestras discusiones, tus gritos y tu violencia ya no venían desde la ingenuidad de un niño, sino de la rabia de un joven.

- Y no te permito que digas que has intentado cambiar de actitud en el último año o año y medio, de forma indirecta. Por supuesto que he notado que hacías un esfuerzo. Pero ¿sabes qué? Ese esfuerzo lo he visto como algo vacío, falso, motivado por razones distintas a las necesarias. Y, si lo piensas, yo te he contestado del mismo modo. He sido educado en mis respuestas. He mantenido la calma y las formas. Te he escuchado cuando ha sido necesario, incluso llegué a reírte algunas gracias (algo que te encanta). Pero, como has comprobado y me echas en cara, no ha habido nada más. He sido correcto, pero no he cambiado mi punto de vista.

- Y me dices que te has cansado de esforzarte y ver que me da igual. ¿Acaso no te das cuenta de que ya no importa? No hago las cosas para vengarme, para hacerte daño a ti o a los tuyos. Tienes lo que mereces e, insisto, no como respuesta vengativa o justa, sino como respuesta automática.

- Así que viniendo a mí, a hablarme, a explicarte y justificarte sólo consigues ponerme nervioso (no por tus palabras, sino por la situación), rabioso (esta vez sí por tus palabras) y me haces sentir culpable (porque inteligentemente usas las palabras en tu favor, tocándome mis puntos débiles).

Y sin embargo, cuando me dijiste todas estas cosas, sólo pude callar, como siempre, aguantar los minutos hasta que pude dejar de mirarte y de escucharte. Cogí el coche y me fui a la Ciudad pensando a quién acudir. Pensé en llamar a V., intentar tener una sesión de urgencia esa semana. Pensé en los dos amigos que viven allí. Pensé que era mejor no molestar a nadie. Así que dejé el coche cerca de la fortaleza y estuve unos minutos contemplando la gran avenida que desciende al mar. Al final, sin calma pero algo más relajado, descendí las escaleras y me fui a comprar libros.

Quedé en darte una respuesta. Estuve pensando mucho en qué contestarte. Lo he seguido teniendo presente estos casi cuatro meses. No contestar a tu invitación, eso lo tenía claro desde el principio: no voy a tener por ahijado a un hijo tuyo. Y si eres algo razonable lo entenderás fácilmente. Pero, además, no voy a aceptarlo por la forma en que me lo dijiste. Si no te diste cuenta, y lo dudo, fue un chantaje. Quieres ganarme de esta forma y a mí me parece mezquino incluso para ti. Tienes otro hermano que se sentirá lleno de orgullo de ser el padrino de su sobrino. Ese otro hermano sí es y ha sido tu hermano siempre. A él no tienes que prometerle nada, ni ofrecerle nada a cambio. Y tu mujer y tú estaréis más tranquilos siendo así.

Pero ni siquiera por estas respuestas que no te he dado en estos meses he venido hoy. Sí, también tenía que sacarlo fuera, dejarlo escrito. Pero han sido tus últimas palabras las que me han hecho sentir peor, tu último ataque lleno de odio. Y a este mensaje también te contestaré aquí y ahora:

- No, tienes razón; tu hija, mi sobrina, no tiene la culpa de nuestra (inexistente) relación. Ella no tiene que pagar tus desprecios y mi indiferencia. Ella es inocente. Tan inocente aun que no puede haberle sentado mal que no llamase. Estoy convencido que ni siquiera es capaz de recordar a quién vio ese día y quién faltó. Así que, aun pudiendo estar equivocado, creo que a quien he ofendido no ha sido a la niña, sino a su madre y a su padre. 

- Resulta que el mundo no gira entorno vuestro. Resulta que cada uno tiene sus dichas y sus desdichas. Cada cual tiene que ocuparse de sus asuntos. Y los míos, ese día, me mantuvieron ocupado contribuyendo a que olvidase el día que era. Ni siquiera me acordé y tú has pensado que lo hice para herir. Poco me conoces para pensar de esa forma. Pues aun sin gustarme, me he tragado lo necesario para que tu hija, mi sobrina, no pagase nuestra indiferencia.

- Además, si tu mensaje no hubiese sido tan hiriente, mi respuesta hubiese sido otra. Esta tarde me hubiese pasado por su fiesta, hubiese llevado un regalo, hubiese mantenido conversaciones con vosotros aunque no me interesen lo más mínimo... En definitiva, me hubiese comportado como esperabas.

- Y, ¿sabes por qué creo que te importa tanto? No creo que sea porque ahora, de buenas a primeras, quieras tenerme en tu vida. Creo que quieres mantener el contacto estricto y necesario para que los demás no pregunten, para que los demás no sospechen, para seguir creyéndote la realidad que te has montado. Y, ¿sabes?, yo también distorsiono la realidad y también me encantaría que fuera de otra forma.

- Así que, cuando quieras recibir algo de mi parte, me lo pides sin chantajes emocionales, sin meter a tus hijos de por medio, aceptando tu culpabilidad y dejando que yo acepte o no la mía.

- Eso sí, no tengas la desvergüenza de decir que todavía no entiendes qué ha pasado entre nosotros, que no sabes qué me has hecho. Te diré que me parece lo más cínico que te he oído decir y, como ambos sabemos, el cinismo te caracteriza.

Ese será el problema. Ese será mi problema. No sabes qué me has hecho porque nunca te lo he dicho, porque aun habiendo discutido, nunca dije cómo me hacías sentir, nunca manifesté cómo me sentía, qué cosas me herían, qué necesitaba... Pero, que te quede bien claro, NUNCA has estado para mí cuando te he necesitado. Si quieres pensar eso, adelante, sigue creyendo que no has hecho nada malo, que todo ha sido correcto por tu parte. Pero no vengas quejándote, déjame tranquilo por y para siempre.

Y todo, como decía al principio, por haber sido un cobarde.

Mea culpa.

Y peor, sigo siéndolo y no veo hasta cuando.

10 de noviembre de 2010

Today I've got nothing to lose



(Milow - The Ride)

9 de noviembre de 2010

De ilusiones y miedos

Los últimos días han sido diferentes al resto de los días en mis últimas semanas.

Primero fue porque me enteré de algo interesante. Bueno, para mí lo es. Es alguno minúsculo, con muy poca importancia, pero me apetecía probar suerte. Estuve indeciso y casi a última hora decidí intentarlo. Ahora sólo queda esperar. Eso sí, me hacía más ilusión a priori. Lo que pasa es que no tenía inspiración. O, peor, carezco de talento. Sea como sea, todavía existe una posibilidad, no sé si pequeña o diminuta. Pero, existe. Ahora, sólo queda esperar el resultado. A finales de mes lo sabré.

En segundo lugar, el sábado recibí un "reto". No venía titulado de esta forma y, de hecho, tampoco me lo planteaban como tal. Sin embargo, yo me lo tomé de este modo. Acepté sin dudarlo. Como siempre, dubitativo en cuanto a mi aptitud para conseguir algo, sobre todo tratándose de lo que es. Pero la ilusión es un fuerte motor. Así que, ilusionado, empecé el trabajo. Es cierto que la fantasía no sólo se refiere al hecho concreto, sino a lo que puede venir después. Probablemente nada, salvo nuevos retos. Por ahora, estoy contento con haber sido "premiado" con esta oportunidad. Después, ya podré valorarlo de forma más objetiva. Quizá en unos días sepa algo o más. Aunque, repito, lo más probable es que me den las gracias y un nuevo trabajo a realizar. Sea como sea, me siento agraciado.

Y como no todo puede ser bueno llegó la prueba a la que me refiero en la entrada anterior y que además se relaciona con el "séptimo" que no llega. La espera por una nueva plaza de trabajo ha sido más larga de lo imaginado. Las noticias que iban saliendo no han sido favorecedoras. La ilusión y el nerviosismo inicial ante la expectativa cambiaron, casi radicalmente, hace dos meses. Desde entonces, la espera ha sido desesperación. Días de desánimo con algún momento de tranquilidad al renacer la esperanza. Después, el miedo. Miedo a que no llegue nunca o llegue tarde. Miedo a perder algo que tanto cuesta alcanzar y logré el curso pasado.

Todo sería más fácil si no hubiese estado pendiente de cada palabra, de cada acontecimiento, de cada movimiento. Sería mejor haber vivido al margen. Pero no puedo cambiar mi comportamiento pasado. Sólo me queda esperar qué tiene el destino preparado. Es cierto que en mi mano estaba desechar la última opción, pero hacerlo suponía un alto riesgo. Y aunque tengo poco que ganar y, quizá, menos que perder, no he podido resistirme a jugármela. He dado un paso, muy meditado pero realizado impulsivamente. Ahora, como digo, sólo me queda esperar. Mañana tendré una respuesta. Puede que sea decisiva, completa o incompletamente. Pero pase lo que pase, supondrá un paso más.

Mientras espero, volveré a mi "reto". Cuanto antes acabe, antes podré tener alguna noticia. Y dadas las circunstancias, ésta podría venirme realmente bien.

7 de noviembre de 2010

Prueba

Dios me pone a prueba una vez más.

Y ahora sí que no sé qué hacer...

El lunes pediré información, esperaré las últimas nuevas e intentaré tomar una determinación que elimine la duda y represente un paso hacia delante.

30 de octubre de 2010

A Miguel...

En el centenario del nacimiento del poeta oriolano, Miguel Hernández, he querido sumarme a las múltiples iniciativas preparadas para la conmemoración dejando aquí uno de sus poemas. Dice así:

Yo sé que ver y oír a un triste enfada,
cuando se viene y se va de la alegría,
como un mar meridiano a una bahía,
a una región esquiva y desolada.

Lo que he sufrido y nada, todo es nada,
para lo que me queda todavía
que sufrir, el rigor de esa agonía
de andar de este cuchillo a aquella espada.

Me callaré, me apartaré si puedo
con mi constante pena, instante, plena,
adonde ni has de oírme ni he de verte.

Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
pero me voy, desierto y sin arena:
Adiós, amor; adiós, hasta la muerte.
(Poema incluído en la Antología poética titulada La savia sin otoño)

28 de octubre de 2010

Oportunidades

El primero, fui con miedo y sin esperanza. Sólo por probar y ver qué pasaba. Y así fue.

El segundo, casi lo mismo. Hice un gran esfuerzo y tuve expectativas, al tiempo que esperaba, casi deseaba, el mismo resultado. Y llegó.

El tercero, superé la barrera. Entré en el grupo de seleccionados y tuve una excusa para el resto del año. Ganaba y perdía, a partes iguales.

El cuarto, algo cambió. Intenté, de verdad, conseguirlo. Quedó en eso, un intento. Tuve la misma excusa, pero ya no me servía ni siquiera para mí. Quizá fue el peor de todos; porque ahora sí quería y no lo había conseguido.

El quinto, fue el primero que fui sabiendo que lo haría. Confié, como nunca, en mis posibilidades. Resultó que con voluntad y confianza, a veces, se llega. Mi vida cambió. Conseguí un sueño. Y, mejor todavía, di pasos que no pensé que podría dar. Avancé. Fui feliz.

El sexto, sin tiempo y con ganas, conseguí el mismo fruto. Da lo mismo, pues aun siendo igual, no tiene el mismo efecto. Y, peor, las cosas han cambiado y ni siquiera puedo disfrutar del premio alcanzado el año anterior. Sigo esperando, sigo desesperando, sigo preocupado.

¿El séptimo? Todo apunta a que no lo habrá. Y si se confirma, y ya es casi seguro, no sé qué puede pasar. Desconocer es, en este caso, equivalente a no tener el control. Cuando no tengo en mis manos las riendas, pienso de todo, pero nada bueno. Y en esas estamos ahora.

23 de octubre de 2010

En el pantano

Hace hora y poco he regresado de una excursión forzada a un pantano muy antiguo, datado en tiempos del imperio hispánico en el que no se ponía el sol. Dicen que es el más antiguo del continente. Pero no vengo a hablar del pantano, ni de la localidad a la que pertenece, ni del rey Prudente, ni siquiera de la excursión. Éste es el contexto en el que ubicar mis pensamientos y sensaciones, nada más. Y aquí, de vuelta a mi burbuja, al confortable calor de mis cosas y mi espacio, reflexiono sobre lo vivido el jueves tarde y esta misma mañana.

Hace nada hablaba de fobias, concretamente de mi fobia social, a través de un hecho cuando menos curioso: mi nerviosismo ante las llamadas telefónicas. Profundizando en este tema, me encontré el jueves volviendo al mundo. Esta semana ya tuve que salir un par de veces y moverme por las calles como cualquier otra persona. Pero no fue hasta ese día, anteayer, cuando tuve que interaccionar con la gente (o intentarlo).

El resultado no estuvo tan mal. Mantuve cierto control ante el público. De camino a su encuentro bordeé la línea de la histeria. Al llegar pude disimularlo, creo. Más tarde, llegó el peor momento: las presentaciones. Y ahí sí que no pude controlar mi reacción habitual. Uno tras otros, todos dijeron algo sobre sí mismos. Mi corazón se aceleró, mi garganta falló y terminé presentándome mirando sin ver, con un tono bastante extraño y con la velocidad acostumbrada. Pasé como pude las horas restantes, marchándome con la sensación de haber fracasado. No hablé con nadie, no me pronuncié en ningún momento, opté por el silencio y la barrera.

El día después, teniendo que enfrentarme de nuevo al mundo (demasiadas veces últimamente y muy seguidas) me encontré con un compañero. Digo compañero porque supongo que es en lo que nos convierte el hecho de compartir matrícula en un seminario y, por tanto, clase y actividades. El caso es que pensé que era una oportunidad para pasar mejor los tres días restantes de estudio. Si al menos puedo relacionarme con una persona, no habré fallado totalmente. Aunque la verdad, el encuentro no dio mucho de sí.

Hoy, y ya en el citado pantano, he visto cómo se hacía realidad mi miedo. He vuelto a sentirme una paria. Juro que he intentado comportarme con normalidad. Juro que he hecho esfuerzos por controlar mis nervios y mantener o iniciar una conversación. Pero ha dado lo mismo.

Primero lo he intentado con una chica a la que conocí hace años. Nos hemos saludado, puesto al día y después nada más. Nada porque ella iba acompañada por una amiga y, aunque parecía agradable, ambas preferían ir solas, por su cuenta, dejándomelo claro con su actitud. Después lo intenté con ese compañero, pero tras una pequeña charla, prefirió apartarse y seguir solo. Ya no sé si es por algo que he dicho o hecho, o que no soy lo suficiente raro para él o es más raro de lo que parece, y ya es decir.

Como sea, he terminado almorzando solo. Mirando el pantano intentando mantener focalizada mi mirada y evitar así ver como a mi alrededor todo el mundo mantenía conversaciones, compartía risas y disfrutaba del entorno y la compañía.

Entonces empecé a reafirmarme con pensamientos del tipo "no necesito a nadie", "puedo aguantar los dos días que me quedan estando solo", "me da igual que me vean apartado, es lo que todos queremos" y cosas por el estilo. Al final es cierto que me siento bien con mi soledad. No será sano, pero es mejor que estar haciendo esfuerzos que reciben las respuestas que hoy he tenido. Y tampoco estoy solo en el mundo, tengo algunas personas que me quieren. No serán muchas, pero suficientes.

Sea como sea, la realidad es como es. Y, mirando hacia atrás, siempre ha sido así. Y puedo entenderlo en parte. Antes, cuando era evidente que no era como los demás, era fácil aceptar esa marginación que, además, muchas veces era voluntaria. Ahora, que aparentemente soy normal, me da rabia que este aspecto no haya cambiado en mi vida. Claro que sigo siendo diferente. Y lo seguiré siendo. Ya no importa la imagen sino quien soy. Y lo que soy es lo que me aparta del mundo, de la gente. Por un lado, no me importa, porque la gente que estaba allí no me importaba nada o muy poco. Pero, por otra parte, cuando tengo que participar del juego social, me gustaría hacerlo con la misma naturalidad, y no lo consigo.

Pasarán las horas y me encontraré mejor. Olvidaré los pensamientos negativos, cambiaré de estado anímico, volveré a mi rutina y en ella estaré bien. Después, reflexionaré sobre lo ocurrido, intentaré entenderlo desde la lógica y con distancia y, si puedo, me prepararé para afrontar el próximo sábado. Eso sí, salvo que cambie de opinión, no voy a esforzarme por hablar con nadie. No me acercaré al otro solitario del grupo ni iniciaré tema alguno con mi vieja conocida. Mejor así, desde el principio. De todos modos, en un mes y medio todas las personas que se han conocido en el seminario perderán el contacto y quedarán como conocidos que una vez coincidieron en un curso, eso si es que vuelven a encontrarse. Yo, por mi parte, empiezo desde ya. No es que esperase entablar relaciones o conseguir amigos, sólo buscaba hacer llevadero algo que hago por obligación. Pero en vista de lo ocurrido, me concentraré en las heridas de mis pies y olvidaré las del amor propio. No voy a dejar que me hagan daño unos desconocidos. Eso es algo que he hecho demasiadas, muchísimas veces en mi vida, como para caer en ello de nuevo. Vale, no lo consigo del todo, pero lo intento. Y puedo asegurar que eso, tratándose de mí, es todo un mérito.

Además, tengo otras preocupaciones más importantes que (¿pretender?) ser asocial.

21 de octubre de 2010

Verde

La fruta me gusta verde. Y me da igual lo que la gente piense. No me importa que (en teoría) no tenga sabor. Menos todavía si parece corcho. Me gusta verde, sin más. Y voy a seguir comiéndola en ese estado y despreciando las piezas maduras. No es algo que quiera ni vaya a cambiar. No es una elección.

14 de octubre de 2010

Diagnóstico

Esta mañana me ha vuelto a ocurrir. Las últimas semanas he podido comprobar que se ha convertido en un problema. Ya antes me pasaba, pero estoy convencido de que ahora se ha agudizado. No sé con seguridad el motivo. Imagino unos cuantos. Algunos son más que probables. Pero, como digo, nada es infalible.

El caso es que hoy he vuelto a tener ansiedad ante una llamada de teléfono. No se ha debido a quien llamaba, como he comprobado enseguida. La angustia aparece en cuanto siento la melodía del móvil. Y no es la primera vez que ocurre. No sé cuándo empezó, pero sí lo he notado últimamente.

A veces prefiero no coger la llamada, esperar a que pase y decidir más tarde si devolverla. Otras veces me pone enfermo no poder bajar el volumen (no sé cómo hacerlo) y me acuerdo de mi no tan viejo móvil. También es cierto que no siempre me pasa y cuando lo hace es con una intensidad variable.

He estado indagando para conocer si he desarrollado una nueva fobia que unir a mi lista. He encontrado la telefonofobia. Pero no me es aplicable. Puedo recibir y realizar llamadas. De hecho, algunos días espero la llamada correspondiente para pasarme un buen rato charlando. Y, también, hago las llamadas pertinentes que me conceden acercarme a los amigos y amigas que no tengo espacialmente cerca.

Sin embargo, cada vez que suena el teléfono, tanto el fijo como el celular, me altero. Se me acelera el pulso hasta un punto sorprendente. Claro, en alguien con tendencia a padecer ansiedad o, mejor, en alguien ansioso, no es de extrañar.

Me preocupa, no obstante, haber empeorado o haber creado un nuevo foco de tensión. Esto o no me pasaba o no con tanta intensidad. Ahora que paso muchas horas solo, que casi no hablo con nadie, que casi no salgo a la calle y, por tanto, no tengo interacción social, estoy mucho más vulnerable. Y, como digo, me preocupa ir a peor.

Llevo meses viendo mis mejoras diarias, apreciando cambios en cuanto a mi situación ante el mundo, disfrutando al vencer mis miedos, consiguiendo realizar expectativas que parecían improbables... Y, de repente, aprecio esta pequeña circunstancia. Claro está, no ha llegado sola. He pasado unas semanas con un humor variable, permitiendo que factores ajenos decidiesen mi estado anímico. He advertido mi soledad, mi acomodamiento dentro de mi nueva casa, mis escasos contactos personales. Sabía que me estaba afectando, pero ha sido el dichoso aparato de telecomunicación el que me ha hecho darme cuenta de este deterioro de mi salud emocional.

Nada grave, obvio. Además, está bien tomar conciencia de los propios problemas. Y, mejor todavía, no he descubierto nada nuevo. Únicamente un hecho que demuestra, y viene a sumarse a los ya existentes, que tengo fobia social. El lado negativo es que como ahora estoy cómodo encerrado en mi pecera, disfrutando de las cosas que hay en ella, me he alejado un poco más del mundo. Estoy bien aquí dentro, pero fuera algo peor que antes. 

Más allá de mi fobia social de manual, existen argumentos tangibles que revelan el particular miedo al teléfono. Mi alejamiento social no es para con el mundo, que también, si no para algunas personas que antes tenía presentes y ahora casi han desaparecido. Y esto es algo que no termino de digerir. Mientras siga acostumbrándome o aceptándolo o esperando que haya una respuesta acorde a las acciones actuales, es muy probable que siga temiendo la melodía que avisa de las llamadas entrantes.

13 de octubre de 2010

Descubrimiento

Acabo de saber que la invitación era abierta. Sigo sin saber nada del lugar, la hora o los posibles comensales. Sí sé a quién más han invitado. Otra persona fuera del club.

Me tranquiliza pensar que la oferta no es consecuencia directa del email que sí envíe. Igual sólo era un reencuentro de ex-compañeros. Ya no lo sabré... O sí.

La próxima, como dije, quizás acuda. Depende, en parte, del destino que me espera. 

11 de octubre de 2010

Invitación

El mail que sí envié recibió como única respuesta una frase breve invitándome a acudir el viernes a una comida. Esperaba una respuesta más amplia y menos contundente. Esperaba unas líneas, no muchas, tratándose de quien es mi interlocutora. Tampoco es que me sorprenda la invitación. No es la primera vez y, imagino, no será la última.

Nos remontamos a junio, al viernes en que acabé. Había sido un día lleno de emociones, también de tristeza. Llevaba varias semanas sufriendo porque ese día iba a llegar. Claro, la incertidumbre tampoco ayudaba. Y tampoco era la primera vez que a lo largo del curso me entristecía pensar en mi partida. No sabía cuándo sería y, al final, tuve la suerte de estar casi hasta el último momento. Ya me expuse ante los padres y madres en la última reunión. Después, hasta mediados o finales de mayo, no confirmé que terminaría el curso. Finalmente, con la tranquilidad de saber que tenía, como mínimo, cuatro semanas más, me propuse aprovecharlas en todos los sentidos.

Y, con la distancia, puedo decir que no lo logré del todo. Recuerdo el agobio de última hora, los temas que no iba a poder impartir, los ejercicios que dejé sin corregir en condiciones, los trabajos recogidos fuera de plazo, los últimos exámenes parciales, finales y de recuperación. Bueno, me habían advertido que el final de curso era así. Y así fue. Pues a todo este trabajo tenía que unir el trabajo previo a las cada vez más cercanas oposiciones y algún informe tutorial que no esperaba tener que hacer. Eso sí, aproveché las últimas clases con cada uno de mis grupos (excepto uno, que se dedicó a hacer lo que todos los meses precedentes).

Llegamos al viernes en cuestión. A lo largo de la mañana, fui despidiéndome de muchas personas, algunas convertidas en importantes. Y emoción tras emoción, fiesta tras fiesta, llegó el momento final. Terminé una hora antes, como cada viernes, pero esperé hasta la última clase para poder ver por última vez a algunos alumnos y profesores. Después, intentándome aferrar a ese año, a ese Instituto, a esas personas, busqué excusas para permanecer más minutos por allí.

Cuando ya estaba todo hecho, cuando terminé las despedidas por teléfono con algunos padres, subí las escaleras a recoger mis regalos y bártulos. Miré por el hueco de la escalera y estaba ella, la receptora del mencionado email. Sus palabras fueron: hoy te vienes a comer conmigo. No contesté, pero como más tarde me confirmaría, mi cara respondió por mí. Así que, aun sin palabras, acepté la invitación. Minutos más tarde estaba subido a un coche, olvidando que tenía que recoger mis pertenencias en el piso de alquiler, de camino al campo de uno de mis compañeros. Yo no lo sabía. No sabía dónde iba, no quién estaría. Pero tenía que ir.

Durante las horas que duró la comida y la sobremesa, conseguí eliminar parte de la tensión acumulada. Mis compañeros consiguieron que me olvidase del final. Me sorprendió porque no eran precisamente los compañeros con los que más relación había tenido. Tenía, y tengo, una buena opinión formada por casi todos ellos. Pero nunca imaginé que sería invitado a formar parte de su club. Y no, no entré a formar parte. No formo parte del mismo. Pero sí participé de una de esas comidas.

El caso, volviendo a la respuesta a mi misiva, es que la invitación para el viernes es tan abierta que desconocía todo. No sé con quién estoy invitado a comer, no sé a qué hora, desconozco el lugar... Era lógico pensar que sería con los miembros del club. La última vez que les vi, me insistieron en hacerles visitas y participar en sus encuentros. Les dije que me avisaran y, si podía, acudiría. Pero también era posible que fueran otras personas las que querían comer conmigo. Al final, el email que mandé, pese a tratar de evitar mostrar mi estado anímico, era casi tan revelador como el que ahora es una entrada de mi blog. Así que pensé que, tal vez, para ayudarme con el ánimo, para darme las fuerzas (como han hecho durante meses), me invitaban a comer. Pero la intención de escribir un segundo email era precisamente no querer causar lástima, ni siquiera pedir ayuda. Lo que pasa es que esto es algo que siempre termino haciendo.

Al final, ayer me llamó otra persona para confirmar mi asistencia a la comida. Así supe que la misma era con los del club y no con otros compañeros. Claro, tampoco sé cuántos pertenecen al selecto grupo. Pero, la persona que me llamó me sorprendió gratamente. Primero, porque es una de las personas con las que compartí la comida en junio de las que apenas sé nada. Segundo, porque desde el mismo día de aquella comida, no ha dejado de demostrarme afecto, preocupación o interés. Y como desconozco el motivo, me desconcierta.

Como sea, al final no iré a comer este viernes. No descarto acudir a otros encuentros cuando esté trabajando, máxime si estoy algo más cerca que ahora. La verdad, me apetece volver, aunque sólo sea por unas horas. Me apetece hablar con la gente, ver ese mundo al que he pertenecido. Pero, creo que si vuelvo es por unas razones distintas a reunirme alrededor de la mesa con estas personas. No es que no me seduzca la idea, es que otros motivos me mueven con mayor fuerza. Y volver, como pude comprobar a principios del mes pasado, todavía duele.

Seguiré esperando nuevas invitaciones.

Declino la invitación, por esta vez.

10 de octubre de 2010

Plegaria

Antes de dormirme esa noche me vino a la mente la conocida plegaria de la serenidad:
"Que Dios me conceda serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo, y la sabiduría para apreciar la diferencia".

Marlon Morgan, Las voces del desierto

Hay cosas que no podemos cambiar, totalmente cierto. El problema es aceptarlo o no. Es un inconveniente no aceptar esta realidad porque mientras perdure la esperanza en el cambio, perdurará la distorsión de la realidad. Si es invariable, no tiene sentido permanecer a la espera de la variación. Lo inteligente sería asumir la realidad. Y si no lo más inteligente, al menos lo más adecuado.

Hay cosas que sí podemos cambiar, también totalmente cierto. El problema es encontrar el valor para hacerlo. El valor o aquello que se convierta en motor y causa del cambio. Por tanto, primero es necesario aceptar que es posible el cambio. Más tarde, buscar argumentos para emprender las acciones requeridas para la consecución del objetivo.

Las dos ideas, lo que no se puede cambiar y lo que sí se puede a través del "valor", coinciden en un mismo punto. Ambas se encuentran ante la Aceptación. El problema es cómo aceptar la realidad cuando la imagen que se tiene de la misma está distorsionada. Pero ¿cómo saber qué es real y qué distorsionado? ¿Cómo diferenciar las distorsiones del pasado con las posibles distorsiones actuales?

En la Plegaria de la Serenidad se nos ofrece una respuesta: "la sabiduría para poder discernir". Hace ahora poco más de un año que dejé aparcado mi 2º Proceso. En realidad, quedó a un lado la persona que colaboraba en este camino. El proceso es inherente a mí y ha seguido en mi espalda todo este tiempo. Incluso ha evolucionado gracias a la nueva realidad que supuso el cambio de trabajo, de ciudad, de interacción social, de posición, de identidad.

El problema no está en que no acepto aquello que sé no puede cambiarse. Es cierto que algunas cosas no las termino de aceptar por el dolor que producen, pero la mayoría ya están aceptadas. Vale, de acuerdo, las más importantes son las que más duelen y, claro está, las que más necesidad de aceptación requieren. Y fallo en estas, pero es cuestión de tiempo.

El problema podría encontrarse en la segunda frase de la plegaria. Hay cosas que sí puedo cambiar y no consigo el valor suficiente para lanzarme a la acción. Es cierto que no son cosas tan importantes como las que no acepto que no pueden cambiar, pero sí las cambiase me ayudarían a estar mejor. Y como, hoy por hoy, no puedo quejarme de mi realidad, digamos que me ayudarían a tener menos distracciones frente a objetivos que sí son importantes.

Pero, el verdadero problema está en no saber discernir las cosas que pueden cambiarse de las que no pueden ser cambiadas. Porque mientras pienso que con un hecho determinado no tengo más remedio que aceptarlo, dejo de barajar las posibles acciones que conducirán a un cambio. Y, porque mientras pienso que puedo cambiar algunas realidades, me obceco en acciones que no llevan a ninguna parte, ya que, como decía, hay cosas que no pueden cambiarse.

Sabiduría para diferenciar unas de otras. Éste sí debe ser uno de mis objetivos.

5 de octubre de 2010

Walkabout

A principios de verano recibí como regalo un libro de una autora que no conocía, Marlon Morgan. El título, Las Voces del Desierto, tampoco me era conocido. Sin embargo, sí había oído hablar de él unos pocos meses antes. En una de las comidas de los jueves con los compañeros de trabajo, alguien habló sobre el mismo. Parece que varios eran los que lo habían leído y otros tantos los que (o al menos eso dijeron) pretendían leerlo. El caso es que por entonces no me llamó la atención, me pareció curioso, nada más.  

Cuando llegó a mis manos, ante mi desconocimiento, únicamente valoré el detalle que había tenido la persona que me lo regalaba. Valoré su esfuerzo y su más que buena intención. Así que acepté con una sonrisa y agradecí con un abrazo de despedida.

Semanas más tarde, ya acabadas las oposiciones, acabé el libro que tenía a medias y empecé con Las Voces del Desierto. Tras leer el prólogo recordé de forma clara la citada comida de jueves y las palabras de los que sí lo conocían, lo hubiesen leído o no. Lo primero que hice fue escribir a esa compañera que había insistido en la lectura y que, por lo poco que yo había leído, tenía razón: merecía la pena.

La historia está basada en hechos reales y por ello, pero sobre todo por lo que en el libro se cuenta, se hace necesario elegir una actitud ante el relato. Puedes creerla a pie juntillas, a medias o no creerte nada. Y, de hecho, la autora dedica el prólogo a advertir al posible lector. Como otras veces, usaré unas líneas del libro para aclarar esto:

"Si por el contrario quien lee estas páginas es de los que escuchan los mensajes, éste le llegará alto y claro. Lo sentirá en las entrañas, en el corazón, en la cabeza y en la médula de los huesos."

Sólo diré que la protagonista es una doctora que es elegida para recibir un premio por una tribu de aborígenes australianos. Cuando llegue a la "ceremonia" será "invitada" a realizar un walkabout en el Outback australiano, algo así como un retiro espiritual por el desierto junto a la mencionada tribu.

Desde el principio me gustó la manera de narrar los hechos. Disfruté cada uno de los capítulos, cada uno de los acontecimientos enumerados. Tanto, que al acabar el libro, me sentí muy satisfecho y feliz de haberlo recibido.

A lo largo de sus páginas se tocan temas variados como el dolor, los deseos, la vida y el paso del tiempo, la evolución y el cambio, los sueños, la igualdad, el miedo, la autoestima y el sufrimiento. Son muchas las frases que he marcado para el recuerdo. Por ello, no las incluyo ahora en esta entrada. No descarto otras entradas en los próximos días encabezadas con alguna de ellas y mis ideas al respecto.

Pero sí dejaré algunas ahora:

"Empecé a comprender que por el corazón humano pasaba algo más que sangre."

"Era verdad, la rendición es sin duda la respuesta correcta en ciertas circunstancias."

"La sangre y los huesos los encuentras en todos los hombres. En lo que difieren es en el corazón y la intención."

Y lo dejo ya porque he decidido retomar el blog ahora que tengo tiempo. Lo he tenido abandonado en cuanto a publicaciones. Lo he visitado a veces para releerme y pensar. Al fin y al cabo, siempre he acudido a él en determinados momentos y el actual se les parece bastante. 

4 de octubre de 2010

Benedetti

No te rindas, por favor no cedas,

aunque el frio queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se esconda y se calle el viento,
 
(···)
 
porque esta es la hora y el mejor momento.
 
Sigo teniendo en mi escritorio el papel que escribí con estas palabras. Pero no le presto la atención de antes.

3 de octubre de 2010

Sin novedad en el frente

Buenos días,

Siento no haberte escrito antes. Es algo que tenía pendiente hacer pero no he hecho esperando el momento adecuado. Y no es que me falte el tiempo. De hecho no me falta porque sigo esperando destino. Y aquí llega la razón de no escribir. La espera es más larga de lo esperado. Es cierto, sabía que los recortes llegarían pero, sinceramente, no esperaba que la bolsa tardase tanto tiempo en salir y que llamasen tan poco. Por tanto, tiempo no me falta. El problema es en qué invierto este tiempo. Y como se trata de mi, pues lo dedico a pensar más de lo debido. Pensar no es malo, desde luego. Lo malo es pensar con actitud derrotista o tremendista. Pero, tampoco es algo nuevo en mí. A lo que importa: no te he escrito antes porque esperaba estar de otro humor. Así voy, a días.

Intento mantenerme ocupado. He visto unas cuantas películas que tenía pendientes, también algunas series históricas (he pasado de Espartaco a la Edad Media y, de ahí, a la II Guerra Mundial). Algunas producciones son muy recomendables y ya he tomado nota para alguna posible actividad en mi materia. También he estado leyendo, menos de lo que me gustaría, la verdad. Y apunté en mi lista de libros pendientes algunos que "la más Grande" me dijo le habías recomendado. También he ido aceptando tus recomendaciones vía facebook. Veo que te has convertido en una experta. Y me sorprenden las posibilidades que ofrece la red social.

Te decía que no había novedades y no lo tengo tan claro. Supongo que no hay novedad porque no veo cambios, porque sigo esperando y no llega. La novedad será, quizá, mi actitud. Y no es nada nuevo para mí, pues la apatía o el desánimo han convivido conmigo por años... Pero igual para algunas personas que me han conocido este año sí es algo nuevo. Supongo que sigo idealizando mi paso por allí. Además, sigo echándoos de menos a todos. Y como no hago nada, salvo esperar, me dedico a pensar. Y pienso mal, siempre. Mal porque me obceco en el lado negativo.

Y no me gusta nada este email. No te había escrito antes para no transmitir mi negatividad y termino escribiendo sobre ello.

Palabras que denotan mi estado actual.

Decidido, voy a escribir un nuevo correo para poder contestarte.

19 de septiembre de 2010

Hoy

17 de abril de 2010

Distancia

No termino de decidir qué es lo que pasa. No sé si es cansancio, otra vez. Quizá sea mi actitud derrotista y pesimista. Si bien es cierto que ando gritando a los cuatro vientos lo feliz que me siento en los últimos meses, existen momentos o días como los actuales. Días de tristeza incontrolada, pensamientos negativos, ausencia de ganas, soledad.

Se puede estar solo estando acompañado, rodeado de decenas de personas. No me he quejado demasiado (o nada) por vivir fuera de casa. La distancia con mi mundo me supone, semanalmente, cierto alivio al alejarme de muchas personas de mi entorno, al tiempo que cierta pérdida al separarme de mis únicos apoyos y compañía.

Con todo, allí me siento bien la mayor parte del tiempo. Disfruto de mi trabajo como nunca imaginé. Disfruto de la compañía de mis colegas de profesión y, por supuesto, de mis alumnos y alumnas. Pero las tardes son diferentes. Tengo muchas cosas que preparar, actividades que planificar, asuntos que organizar y, cómo no, estudiar para las oposiciones. Pese a ello, a veces paso horas muertas sin hacer nada, mirando la tele sin mirar, callejeando por un pueblo que no tiene grandes atractivos, sólo por el hecho de evadirme.

El caso es que, todavía, me dejo arrastrar hacia ese lado oscuro que ha sido mi vida durante años. Me dejo pasear por las calles de la ciudad en ruinas que fue mi encierro consentido. Vuelvo a ser el niño que se defiende del mundo exterior e hiriente. Lo comprendo, no puedo dejar de ser quien soy en unas semanas o meses. No he dejado de serlo después de año y medio de terapia. Insisto, es comprensible. Demasiado dolor demasiado tiempo. Demasiada rabia demasiado contenida.

Sin embargo, como digo, vivo feliz. Siento que me encuentro en un momento inmejorable, en una circunstancia agradable y placentera. Estos días no son más que una manifestación del recuerdo y una parte inevitable dado que continúo con prácticas inconvenientes. Y es que, en este caso, eliminar ciertas conductas parece, hoy por hoy, imposible. ¿Cómo desaprender tu forma de hablar? ¿Cómo modificar tus maneras de expresión? ¿Cómo mirar distinto a como has mirado toda tu vida? Con esfuerzo, dedicación y mucha disciplina se podría, imagino, cambiar la forma de pensar. Y trabajo, mucho. Pero me queda largo camino por recorrer. Por ahora, me conformo con conocer la razón del qué y del cómo hago las cosas.

Ha pasado casi un año desde aquel "Algún día...". Algunos de esos deseos o expectativas se han ido cumpliendo:

- Todavía no despierto en mi propio hogar, pero es algo inminente.

- Trabajo en algo que me satisface muchísimo. Tanto que, cuando acabe, temo pasarlo muy mal.

- Estoy más tranquilo, menos ansioso.

- (Casi) He dejado de intentar saber qué piensa o siente la gente por o de mí.

- He vencido unos cuantos miedos (y creía que no podría hacerlo).

No obstante, sigo insatisfecho conmigo mismo, con mi apariencia; no termino de aceptar la realidad, no acepto la pérdida. Aún no sé si mereció o no la pena haber pasado por esa circunstancia. Y me queda mucho por hacer para afirmar que vivo sin afectarme, aceptando lo bueno y lo malo que tiene esta vida.

Pero mi intención era hablar de la soledad que siento. Solo, por la distancia que me separa de la poquita gente importante. Solo, por el tiempo que dejo correr antes de decidirme a hacer una visita o tomar el teléfono y llamar unos minutos. Solo, por obcecarme en una imagen parcial de la realidad. Solo, por volver a esperar; por crear expectativas que sé de antemano no ocurrirán. Y solo, porque lo elijo más allá del daño, para evitar. La evitación ha sido y es, sin duda, uno de mis principales rivales y defectos.

Dicen que la distancia es el olvido; pero yo no olvido.

1 de enero de 2010

Oscuro pasajero

“Y es la única voz que oyes,

la única voz que quieres oír.

Y le perteneces,

a esta… sombra propia;

a este… oscuro pasajero”.