24 de noviembre de 2010

Sueños

Llevo más de una semana así. Cierro los ojos, los abro y me veo en otro escenario. No es un lugar desconocido, al contrario. De hecho, el otro día lo visité, rápidamente, sin mucha ilusión o motivación. Tanto que salí tan veloz como pude. No es que me traiga malos recuerdos, algunos están ahí, pero son poco importantes. Tampoco, creo, será porque lo echo de menos. Cuando me marché, juré no volver jamás. Y esto no es la primera vez que lo he llevado a cabo. Podría decirse que a lo largo de mi existencia he ido dejando aparcados escenarios y personas según iban pasando las distintas fases vitales. Tampoco es algo que haga voluntariamente. Ocurre, sin más. Evidentemente existe alguna explicación; y ésta está relacionada con mi forma de actuar o, directamente, de ser. Sea como sea, es una realidad innegable.

Sin embargo, como digo, vuelvo esta vez al lugar. Es mi primer día de regreso. Me encuentro con rostros conocidos, hablamos, compartimos el resumen de lo acontecido en este año y pico que hemos dejado de compartir. Y me pongo a trabajar. Y estoy tranquilo, feliz tal vez. Como si el último año no hubiese existido o, peor, como si no hubiese sido relevante. Por supuesto, es todo lo contrario. No lo entiendo, cuando reflexiono sobre ello; mientras ocurre, lo disfruto incluso. 

Insisto, no creo que sea porque lo echo de menos. Sí, es verdad, hace unas semanas, al estar frente a la entrada principal y divisar desde la distancia ciertos lugares y personajes, sentí cierta nostalgia. Pero no pensé en que quería seguir formando parte de aquello, al contrario, sentí que una vez fui parte de algo que ya no importaba nada en absoluto. Pensé en los años compartidos con aquellas personas que se habían convertido en pocos meses en desconocidos a los que saludar forzosamente para mostrar educación. Y recordé cuántos esfuerzos realizaba para integrarme. Y sé que ni siquiera llegué a tocar con la punta de mis dedos la ansiada integración. Al final, nunca fui uno más, sólo alguien en paralelo. 

La novedad o, mejor, lo extraño es la presencia de personas que conocí allí y, como yo, se bajaron del barco antes de mí. Es posible que a estas personas sí las extrañe. Tengo que admitir que en mi estancia siempre fueron mejores los que estuvieron de paso, que los permanentes. Sí, algunos de los segundos también fueron importantes, también permanecen en mi vida. Pero fueron los primeros los que mejores momentos me dieron. Además, siempre agradecía a la suerte que vinieran poco a poco, teniendo siempre, en cada estación, la compañía perfecta. 

Pero más extraña es la presencia de personas que son más ajenas a este lugar. Personas que ni siquiera han pasado unos minutos por él, dado que viven a kilómetros de distancia. Sólo lo justifica el hecho de que en este caso sí les echo de menos, sí me hacen falta, sí los trae mi memoria a diario. Y aunque, hoy por hoy, me alegro de ello, pienso que sería mejor empezar a olvidar. Olvidar, porque es lo que siempre he hecho. Olvidar, porque sería lo menos doloroso, porque es preferible. Porque, lo más probable sea que nunca más nos encontremos.

Pero, como tantas veces, no está en mi mano elegir. Dejaré que sea el tiempo el que decida el momento en el que ya no tenga tan presentes a los ausentes. Mientras tanto, seguiré esperando novedades. No debe de quedar mucho para que se cierre una etapa y comience la siguiente. Ésta se cerrará como pasó con las precedentes, la nueva me llenará una vez más.

¿Y cómo no me voy a levantar cansado si me paso la noche trabajando en Cuatrocaminos y hablando con tanta gente?

No hay comentarios:

Publicar un comentario