Esta mañana me ha vuelto a ocurrir. Las últimas semanas he podido comprobar que se ha convertido en un problema. Ya antes me pasaba, pero estoy convencido de que ahora se ha agudizado. No sé con seguridad el motivo. Imagino unos cuantos. Algunos son más que probables. Pero, como digo, nada es infalible.
El caso es que hoy he vuelto a tener ansiedad ante una llamada de teléfono. No se ha debido a quien llamaba, como he comprobado enseguida. La angustia aparece en cuanto siento la melodía del móvil. Y no es la primera vez que ocurre. No sé cuándo empezó, pero sí lo he notado últimamente.
A veces prefiero no coger la llamada, esperar a que pase y decidir más tarde si devolverla. Otras veces me pone enfermo no poder bajar el volumen (no sé cómo hacerlo) y me acuerdo de mi no tan viejo móvil. También es cierto que no siempre me pasa y cuando lo hace es con una intensidad variable.
He estado indagando para conocer si he desarrollado una nueva fobia que unir a mi lista. He encontrado la telefonofobia. Pero no me es aplicable. Puedo recibir y realizar llamadas. De hecho, algunos días espero la llamada correspondiente para pasarme un buen rato charlando. Y, también, hago las llamadas pertinentes que me conceden acercarme a los amigos y amigas que no tengo espacialmente cerca.
Sin embargo, cada vez que suena el teléfono, tanto el fijo como el celular, me altero. Se me acelera el pulso hasta un punto sorprendente. Claro, en alguien con tendencia a padecer ansiedad o, mejor, en alguien ansioso, no es de extrañar.
Me preocupa, no obstante, haber empeorado o haber creado un nuevo foco de tensión. Esto o no me pasaba o no con tanta intensidad. Ahora que paso muchas horas solo, que casi no hablo con nadie, que casi no salgo a la calle y, por tanto, no tengo interacción social, estoy mucho más vulnerable. Y, como digo, me preocupa ir a peor.
Llevo meses viendo mis mejoras diarias, apreciando cambios en cuanto a mi situación ante el mundo, disfrutando al vencer mis miedos, consiguiendo realizar expectativas que parecían improbables... Y, de repente, aprecio esta pequeña circunstancia. Claro está, no ha llegado sola. He pasado unas semanas con un humor variable, permitiendo que factores ajenos decidiesen mi estado anímico. He advertido mi soledad, mi acomodamiento dentro de mi nueva casa, mis escasos contactos personales. Sabía que me estaba afectando, pero ha sido el dichoso aparato de telecomunicación el que me ha hecho darme cuenta de este deterioro de mi salud emocional.
Nada grave, obvio. Además, está bien tomar conciencia de los propios problemas. Y, mejor todavía, no he descubierto nada nuevo. Únicamente un hecho que demuestra, y viene a sumarse a los ya existentes, que tengo fobia social. El lado negativo es que como ahora estoy cómodo encerrado en mi pecera, disfrutando de las cosas que hay en ella, me he alejado un poco más del mundo. Estoy bien aquí dentro, pero fuera algo peor que antes.
Más allá de mi fobia social de manual, existen argumentos tangibles que revelan el particular miedo al teléfono. Mi alejamiento social no es para con el mundo, que también, si no para algunas personas que antes tenía presentes y ahora casi han desaparecido. Y esto es algo que no termino de digerir. Mientras siga acostumbrándome o aceptándolo o esperando que haya una respuesta acorde a las acciones actuales, es muy probable que siga temiendo la melodía que avisa de las llamadas entrantes.
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