19 de noviembre de 2010

Cobarde

Cobarde. Siempre he sido un cobarde. Cobarde por bajar la cabeza y dar la espalda, por no decir cómo me sentía, por no contestar, por callar y otorgar.

Hubo una época en que no podía callar. No había dejado de ser cobarde, pero hablaba o, mejor, gritaba. Atacaba a todos y cada uno de los que me herían. Me defendía con ira, gritos, violencia verbal, portazos y rabia. Pero llegó un día en que no aguantaba más, no podía seguir con esa actitud. No porque no fuese adecuada (que no lo era) sino porque el efecto que tenía sobre mí era peor que seguir siendo cobarde. Y de hecho, ni gritando ni discutiendo dejaba de serlo, pues esa actitud demostraba mi cobardía, mi miedo y mi no saber cómo actuar.

Así, con esta experiencia, tomé una decisión: ser indiferente; en realidad, manifestarme indiferente, mostrar que todo me daba igual cuando obviamente no lo era. Obvio para mí, pues las personas que vieron mi cambio lo admitieron como síntoma de mejoría. Pero callar, pasar de discutir, evitar enfrentamientos no hacía sino empeorar las cosas. Tanto que ahora han olvidado los hechos e incluso yo también confundo las cosas.

Pero no vengo a escribir de ellos en general, vengo a hablarte a ti en concreto; a ti, aunque sepa que no me vas a leer, aunque sé que no te enviaré un mensaje de texto como los tuyos, aun sabiendo que no enviaré el email que he pensado sería tu mejor contestación. Y vengo a escribir porque prefiero sacarlo aunque sólo sea por escrito, aquí, en mi rincón. No sé cuánto tiempo más debe pasar para que sea capaz de mirarte a la cara y contestarte. No sé siquiera si llegará ese momento.

Como sea, ahí van algunas respuestas a tus preguntas y ataques:

- Me parece muy bien que des un paso como el que diste ese miércoles de julio. Lo que no me parece justo es que utilices una excusa para justificar tu acto. Si quieres hacerlo, hazlo con sinceridad.

- No existe posibilidad alguna de mejorar nuestra relación. Sólo puede mejorarse algo que existe. En nuestro caso sería construirla desde un principio. Y llegas, como sabes aunque no lo admitas, más de veinte años tarde.

- No puedes justificar la situación echándole la culpa a los otros porque, aunque puede ser que la tengan en un gran porcentaje, tú nunca has hecho nada para cambiarlo e, incluso, sí has hecho cosas que la empeoraban.

- No digas que admites tus errores si a continuación los relacionas con los míos. Sí, yo he hecho muchas cosas mal, por supuesto. Sí, yo también debería reconocerlas. Pero, una cosa no cambia la otra. Acepta lo que has hecho mal y pide perdón por ello, o déjalo en el pasado.

- No, que te quede claro, no justifican tus faltas la edad que tenías. Porque vale que siendo un crío no eras consciente de lo que decías y hacías, pero es que las cosas que nos separan no son únicamente las de la niñez. Vale que entonces no te comportabas como un buen hermano, pero podías haberlo cambiado al hacerte mayor. Sin embargo, aun siendo mayor que yo, no sólo no ayudaste en nada sino que lo hiciste peor. Tus palabras, nuestras discusiones, tus gritos y tu violencia ya no venían desde la ingenuidad de un niño, sino de la rabia de un joven.

- Y no te permito que digas que has intentado cambiar de actitud en el último año o año y medio, de forma indirecta. Por supuesto que he notado que hacías un esfuerzo. Pero ¿sabes qué? Ese esfuerzo lo he visto como algo vacío, falso, motivado por razones distintas a las necesarias. Y, si lo piensas, yo te he contestado del mismo modo. He sido educado en mis respuestas. He mantenido la calma y las formas. Te he escuchado cuando ha sido necesario, incluso llegué a reírte algunas gracias (algo que te encanta). Pero, como has comprobado y me echas en cara, no ha habido nada más. He sido correcto, pero no he cambiado mi punto de vista.

- Y me dices que te has cansado de esforzarte y ver que me da igual. ¿Acaso no te das cuenta de que ya no importa? No hago las cosas para vengarme, para hacerte daño a ti o a los tuyos. Tienes lo que mereces e, insisto, no como respuesta vengativa o justa, sino como respuesta automática.

- Así que viniendo a mí, a hablarme, a explicarte y justificarte sólo consigues ponerme nervioso (no por tus palabras, sino por la situación), rabioso (esta vez sí por tus palabras) y me haces sentir culpable (porque inteligentemente usas las palabras en tu favor, tocándome mis puntos débiles).

Y sin embargo, cuando me dijiste todas estas cosas, sólo pude callar, como siempre, aguantar los minutos hasta que pude dejar de mirarte y de escucharte. Cogí el coche y me fui a la Ciudad pensando a quién acudir. Pensé en llamar a V., intentar tener una sesión de urgencia esa semana. Pensé en los dos amigos que viven allí. Pensé que era mejor no molestar a nadie. Así que dejé el coche cerca de la fortaleza y estuve unos minutos contemplando la gran avenida que desciende al mar. Al final, sin calma pero algo más relajado, descendí las escaleras y me fui a comprar libros.

Quedé en darte una respuesta. Estuve pensando mucho en qué contestarte. Lo he seguido teniendo presente estos casi cuatro meses. No contestar a tu invitación, eso lo tenía claro desde el principio: no voy a tener por ahijado a un hijo tuyo. Y si eres algo razonable lo entenderás fácilmente. Pero, además, no voy a aceptarlo por la forma en que me lo dijiste. Si no te diste cuenta, y lo dudo, fue un chantaje. Quieres ganarme de esta forma y a mí me parece mezquino incluso para ti. Tienes otro hermano que se sentirá lleno de orgullo de ser el padrino de su sobrino. Ese otro hermano sí es y ha sido tu hermano siempre. A él no tienes que prometerle nada, ni ofrecerle nada a cambio. Y tu mujer y tú estaréis más tranquilos siendo así.

Pero ni siquiera por estas respuestas que no te he dado en estos meses he venido hoy. Sí, también tenía que sacarlo fuera, dejarlo escrito. Pero han sido tus últimas palabras las que me han hecho sentir peor, tu último ataque lleno de odio. Y a este mensaje también te contestaré aquí y ahora:

- No, tienes razón; tu hija, mi sobrina, no tiene la culpa de nuestra (inexistente) relación. Ella no tiene que pagar tus desprecios y mi indiferencia. Ella es inocente. Tan inocente aun que no puede haberle sentado mal que no llamase. Estoy convencido que ni siquiera es capaz de recordar a quién vio ese día y quién faltó. Así que, aun pudiendo estar equivocado, creo que a quien he ofendido no ha sido a la niña, sino a su madre y a su padre. 

- Resulta que el mundo no gira entorno vuestro. Resulta que cada uno tiene sus dichas y sus desdichas. Cada cual tiene que ocuparse de sus asuntos. Y los míos, ese día, me mantuvieron ocupado contribuyendo a que olvidase el día que era. Ni siquiera me acordé y tú has pensado que lo hice para herir. Poco me conoces para pensar de esa forma. Pues aun sin gustarme, me he tragado lo necesario para que tu hija, mi sobrina, no pagase nuestra indiferencia.

- Además, si tu mensaje no hubiese sido tan hiriente, mi respuesta hubiese sido otra. Esta tarde me hubiese pasado por su fiesta, hubiese llevado un regalo, hubiese mantenido conversaciones con vosotros aunque no me interesen lo más mínimo... En definitiva, me hubiese comportado como esperabas.

- Y, ¿sabes por qué creo que te importa tanto? No creo que sea porque ahora, de buenas a primeras, quieras tenerme en tu vida. Creo que quieres mantener el contacto estricto y necesario para que los demás no pregunten, para que los demás no sospechen, para seguir creyéndote la realidad que te has montado. Y, ¿sabes?, yo también distorsiono la realidad y también me encantaría que fuera de otra forma.

- Así que, cuando quieras recibir algo de mi parte, me lo pides sin chantajes emocionales, sin meter a tus hijos de por medio, aceptando tu culpabilidad y dejando que yo acepte o no la mía.

- Eso sí, no tengas la desvergüenza de decir que todavía no entiendes qué ha pasado entre nosotros, que no sabes qué me has hecho. Te diré que me parece lo más cínico que te he oído decir y, como ambos sabemos, el cinismo te caracteriza.

Ese será el problema. Ese será mi problema. No sabes qué me has hecho porque nunca te lo he dicho, porque aun habiendo discutido, nunca dije cómo me hacías sentir, nunca manifesté cómo me sentía, qué cosas me herían, qué necesitaba... Pero, que te quede bien claro, NUNCA has estado para mí cuando te he necesitado. Si quieres pensar eso, adelante, sigue creyendo que no has hecho nada malo, que todo ha sido correcto por tu parte. Pero no vengas quejándote, déjame tranquilo por y para siempre.

Y todo, como decía al principio, por haber sido un cobarde.

Mea culpa.

Y peor, sigo siéndolo y no veo hasta cuando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario