10 de octubre de 2010

Plegaria

Antes de dormirme esa noche me vino a la mente la conocida plegaria de la serenidad:
"Que Dios me conceda serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo, y la sabiduría para apreciar la diferencia".

Marlon Morgan, Las voces del desierto

Hay cosas que no podemos cambiar, totalmente cierto. El problema es aceptarlo o no. Es un inconveniente no aceptar esta realidad porque mientras perdure la esperanza en el cambio, perdurará la distorsión de la realidad. Si es invariable, no tiene sentido permanecer a la espera de la variación. Lo inteligente sería asumir la realidad. Y si no lo más inteligente, al menos lo más adecuado.

Hay cosas que sí podemos cambiar, también totalmente cierto. El problema es encontrar el valor para hacerlo. El valor o aquello que se convierta en motor y causa del cambio. Por tanto, primero es necesario aceptar que es posible el cambio. Más tarde, buscar argumentos para emprender las acciones requeridas para la consecución del objetivo.

Las dos ideas, lo que no se puede cambiar y lo que sí se puede a través del "valor", coinciden en un mismo punto. Ambas se encuentran ante la Aceptación. El problema es cómo aceptar la realidad cuando la imagen que se tiene de la misma está distorsionada. Pero ¿cómo saber qué es real y qué distorsionado? ¿Cómo diferenciar las distorsiones del pasado con las posibles distorsiones actuales?

En la Plegaria de la Serenidad se nos ofrece una respuesta: "la sabiduría para poder discernir". Hace ahora poco más de un año que dejé aparcado mi 2º Proceso. En realidad, quedó a un lado la persona que colaboraba en este camino. El proceso es inherente a mí y ha seguido en mi espalda todo este tiempo. Incluso ha evolucionado gracias a la nueva realidad que supuso el cambio de trabajo, de ciudad, de interacción social, de posición, de identidad.

El problema no está en que no acepto aquello que sé no puede cambiarse. Es cierto que algunas cosas no las termino de aceptar por el dolor que producen, pero la mayoría ya están aceptadas. Vale, de acuerdo, las más importantes son las que más duelen y, claro está, las que más necesidad de aceptación requieren. Y fallo en estas, pero es cuestión de tiempo.

El problema podría encontrarse en la segunda frase de la plegaria. Hay cosas que sí puedo cambiar y no consigo el valor suficiente para lanzarme a la acción. Es cierto que no son cosas tan importantes como las que no acepto que no pueden cambiar, pero sí las cambiase me ayudarían a estar mejor. Y como, hoy por hoy, no puedo quejarme de mi realidad, digamos que me ayudarían a tener menos distracciones frente a objetivos que sí son importantes.

Pero, el verdadero problema está en no saber discernir las cosas que pueden cambiarse de las que no pueden ser cambiadas. Porque mientras pienso que con un hecho determinado no tengo más remedio que aceptarlo, dejo de barajar las posibles acciones que conducirán a un cambio. Y, porque mientras pienso que puedo cambiar algunas realidades, me obceco en acciones que no llevan a ninguna parte, ya que, como decía, hay cosas que no pueden cambiarse.

Sabiduría para diferenciar unas de otras. Éste sí debe ser uno de mis objetivos.

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