Hace casi un mes publicaba De ilusiones y miedos. Sólo han pasado unas semanas, pero a día de hoy ya hay respuestas para todos los interrogantes de aquella mañana. Y el resultado titula esta nueva entrada.
En primer lugar hablé de una pequeña oportunidad que quise aprovechar. Era, como advertí, algo con poca importancia, pero yo se la concedí por dos motivos: el posible premio me apetecía considerablemente y la ilusión de participar y optar a éste. No he ganado, ni siquiera sé si habré estado cerca. También es cierto, como señalé, que me decidí a última hora, no dediqué tiempo, lo hice porque quería participar pero no sabía cómo. Luego está el tema del talento o carencia del mismo. No creo que el resultado refleje esta aptitud, quizá sí y esté equivocado. Sea como sea, no ha podido ser. ¿Otra vez será? No sé si habrá otra vez...
A continuación, me referí a un nuevo reto. Éste sí que lo cogí con gran entusiasmo. Me parecía un privilegio. Sentía que tenía una gran responsabilidad, aunque no sabía sobre qué era responsable. En pocos días cumplí con mi cometido, lo envíe y recibí la ansiada respuesta. Eso sí, como tantas veces, no recibí la que esperaba. Se me agradeció el esfuerzo, se mi hizo partícipe del resto del proceso, se me invitó a estar al tanto de las novedades,... pero no se me dijo nada más. Ya no he vuelto a tener contacto con las personas que me ofrecieron esta ocupación. Tal vez no pasé la prueba; tal vez ni siquiera fuera una prueba. Sea como sea, espero recibir un nuevo reto pronto; no me importa que el resultado sea el mismo que la vez primera.
En tercer y último lugar, indiqué que no todo era bueno y que, como muestra, esa misma semana que parecía llena de oportunidades (e ilusiones) vino acompañada de un miedo. Hablaba de una prueba que tenía que pasar para conseguir el mil veces mencionado nuevo destino. Al final tomé una decisión y recibí una contestación pocos días después. El resultado, creo haberlo dicho ya, fue negativo. Sin embargo lo tomé bien, pues no estaba tan seguro de la decisión que había emprendido y, además, todavía había tiempo. El problema es que las semanas han pasado y sigo en la misma situación. Sabía que podía pasar, que era evidente. Esta semana me vi en la misma tesitura, volví a hacer listados de pros y contras, a pasar nervios, a mostrarme inseguro, a necesitar que pasasen los días para que ocurriese lo que tenía que ocurrir, fuera cual fuese mi decisión. Ésta fue no hacer nada, dejar pasar esta oportunidad y esperar mi turno. Estaba tan cerca que aun sabiendo lo que había pasado la semana anterior, estaba convencido de que esta vez sí me acompañaría la suerte. Sea como sea, tampoco ha podido ser.
No obstante, también tenía esperanzas. Ahora mismo ya no las tengo. He estado dos veces rozando con mis manos el preciado momento y en ambas ocasiones he visto alejarse el cumplimiento de mi anhelo.
En unos días empezamos diciembre y, con él, llegamos a Navidad. Nunca me han gustado estas fiestas. Tengo muchas razones que lo justifican. Las del año pasado no fueron tan malas como las anteriores, quizás por el cambio de espacio. Este año tengo nuevas razones para poder, al menos, disfrutarlas. Sólo espero que los últimos acontecimientos familiares y laborales no terminen de fastidiar mi estado anímico y me convierta, una vez más, en la peor de las compañías.
Me despido por ahora con un halo de tristeza que sólo mostraré aquí. Nada cambiaré repitiéndome en mis quejas. Pero no lo hago por no ser cansino, sino porque no me apetece escuchar las frases que todo el mundo me repite continuamente. Puede que no les falte razón, pero una cosa no quita la otra. Hoy, y ante las circunstancias, estoy decepcionado, turbado y desesperanzado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario