Últimamente las circunstancias me obligan a tomar decisiones. Supongo que es lo normal; así son las cosas. El problema (y tratándose de mí siempre tiene que existir uno) es que soy una persona dependiente. No he alcanzado la autonomía necesaria e inherente a los adultos. Si bien no todos los adultos alcanzan el mismo grado de madurez, en mi caso es más que obvio que no sé enfrentarme a distintas pruebas. Como tantas veces, me bloquea el miedo. Y, como la mayor parte del tiempo, se trata de miedo a la pérdida.
No hace mucho comentaba en algunas entradas las decisiones que había emprendido en el ámbito laboral. Seguía (y sigo) a la espera de mi destino. Eso sí, surgieron las oportunidades y con ellas las dudas, la valoración de todas las variables, los nervios y la necesidad urgente de tomar una u otra decisión. En las ocasiones previas, dada mi desesperación, tomé la vía de la suerte, jugué las cartas que disponía y dejé que fuera el azar el que decidiese por mí. Claro está que al probar suerte ya estaba tomando una decisión.
Y esto último es aplicable a las ocasiones, como estos días, en las que no hago nada. Al no hacer nada, estoy teniendo una actitud ante la coyuntura. Es una respuesta más. Es, sin duda, la manifestación de mi decisión. Y al haber decidido, la acción de no hacer nada recibe una reacción. No siempre sé si soy consciente de lo que traen consigo mis decisiones, sobre todo, cuando las decisiones son no mover un dedo.
Siento esto porque me cabrea recurrir a la vía fácil. Es fácil no hacer nada, seguir escondido en mi pecera, disfrutar de mi nueva situación, de la compañía de mi mujer y de las visitas y llamadas de mis amigos. Es lo más fácil, por supuesto. Desde aquí no tengo que enfrentarme directamente a nada y a nadie. No tengo que vivir situaciones presumiblemente desagradables ni mantener conversaciones que sé de antemano serán tensas, evitando, por tanto, los momentos menos confortables de la vida.
Ya hablaba en la entrada anterior sobre la cobardía que me caracteriza. Imagino que los pensamientos de esta tarde están profundamente relacionados. No puedo evitarlo. Me siento culpable. Sé que no soy el único que ha conducido las cosas hasta su estado actual, que no soy responsable. Pero eso no justifica que mis decisiones, aunque únicamente sean dejar pasar las horas y los días, sean las correctas. De hecho, probablemente sean malas decisiones, no sé si las peores, pero no positivas para nadie, ni siquiera para mí mismo.
Llegará el punto en el que sea inevitable mover ficha, en el que obligatoriamente tenga que emprender acciones reales, dejando atrás estos tiempos en los que me basta con ignorar determinados hechos, en olvidar momentos o distraerme con la lectura y mirar películas y mis queridísimas (y necesarias) series. Llegado este punto, actuaré. Por ahora, pese a mi sentimiento de culpabilidad y mi rabia ante esta actitud, parece que seguiré refugiándome.
Como es de imaginar, llevo varias líneas refiriéndome a mi situación familiar. La entrada anterior fue inevitable, necesitaba decir cosas que no digo. Al fin y al cabo, sacar sentimientos de dentro es uno de los motivos más fuertes que me llevaron a escribir y, posteriormente, crear H&F. Pero, además de la determinación de no hacer absolutamente nada y dejar correr el tiempo, tengo que tomar otro tipo de decisiones. Éstas están relacionadas con lo que decía al comienzo, mi situación de espera de destino profesional.
Ha surgido una nueva oportunidad. No es la mejor que se me ha presentado. Las dos anteriores eran bastante preferibles a ésta última, pero no pudo ser. No me llegó el turno y, en el fondo, siendo sincero, sentí que era mejor así. De hecho, sí probé suerte fue para no arrepentirme más tarde, pero para nada estaba convencido. Por ello, como digo, fue un alivio que en sendos casos encontrase una negativa.
Ahora, la situación es peor que antes. Peor porque ha pasado tiempo y, aunque estoy mucho más cerca de mi turno para elegir lugar de trabajo, es posible que en lugar de esperar una semana más tenga que esperar varios meses. Se explica por las fechas en las que estamos, con un puente a tiro de piedra y unas fiestas navideñas que se están haciendo presentes progresivamente. Lo lógico sería que la semana próxima llegase el esperado día. Pero a la vista de lo acontecido esta semana, nada es seguro.
Ahora, la situación es peor que antes. Peor porque ha pasado tiempo y, aunque estoy mucho más cerca de mi turno para elegir lugar de trabajo, es posible que en lugar de esperar una semana más tenga que esperar varios meses. Se explica por las fechas en las que estamos, con un puente a tiro de piedra y unas fiestas navideñas que se están haciendo presentes progresivamente. Lo lógico sería que la semana próxima llegase el esperado día. Pero a la vista de lo acontecido esta semana, nada es seguro.
Lo único bastante probable es elegir lanzar los dados y con ellos decidir mi destino laboral del resto del curso. Y, aunque no sea tan bueno como las dos oportunidades anteriores, tampoco estaría renunciando a un paraíso. De hecho, tengo algo aceptable en una mano y algo incierto en la otra. Ayer estaba casi convencido de quedarme con el pájaro capturado y dejar de fantasear con los ciento volando que planean en mi cabeza. Hoy, sin embargo, y para aumentar mi intranquilidad actual he pensado que prefiero esperar y comprobar qué me ofrece el devenir la semana próxima. Eso sí, tampoco tengo la absoluta certeza de haber tomado ya una decisión firme. Todavía tengo dos días para pensar qué haré y es muy probable que los pase dudando.
Y, como decía, soy dependiente. Necesito de la opinión ajena para tomar mis propias decisiones. Así, cuando paso por situaciones como ésta, pregunto a varias personas qué opinan, qué creen que debería hacer. No quiere decir que finalmente hago lo que me dicen, sólo me deja más tranquilo saber que tengo apoyo pase lo que pase, haga lo que haga, incluso cuando no hago nada.
Seguiré tomando decisiones y, como un hombre, daré la cara antes las consecuencias que vengan, independientemente de si tienen cariz positivo o negativo. Eso sí, no prometo estar tranquilo ni que no me arrepentiré ni que no me quejaré. Estas cosas parecen, hoy por hoy, parte ineludible de mí.
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