11 de octubre de 2010

Invitación

El mail que sí envié recibió como única respuesta una frase breve invitándome a acudir el viernes a una comida. Esperaba una respuesta más amplia y menos contundente. Esperaba unas líneas, no muchas, tratándose de quien es mi interlocutora. Tampoco es que me sorprenda la invitación. No es la primera vez y, imagino, no será la última.

Nos remontamos a junio, al viernes en que acabé. Había sido un día lleno de emociones, también de tristeza. Llevaba varias semanas sufriendo porque ese día iba a llegar. Claro, la incertidumbre tampoco ayudaba. Y tampoco era la primera vez que a lo largo del curso me entristecía pensar en mi partida. No sabía cuándo sería y, al final, tuve la suerte de estar casi hasta el último momento. Ya me expuse ante los padres y madres en la última reunión. Después, hasta mediados o finales de mayo, no confirmé que terminaría el curso. Finalmente, con la tranquilidad de saber que tenía, como mínimo, cuatro semanas más, me propuse aprovecharlas en todos los sentidos.

Y, con la distancia, puedo decir que no lo logré del todo. Recuerdo el agobio de última hora, los temas que no iba a poder impartir, los ejercicios que dejé sin corregir en condiciones, los trabajos recogidos fuera de plazo, los últimos exámenes parciales, finales y de recuperación. Bueno, me habían advertido que el final de curso era así. Y así fue. Pues a todo este trabajo tenía que unir el trabajo previo a las cada vez más cercanas oposiciones y algún informe tutorial que no esperaba tener que hacer. Eso sí, aproveché las últimas clases con cada uno de mis grupos (excepto uno, que se dedicó a hacer lo que todos los meses precedentes).

Llegamos al viernes en cuestión. A lo largo de la mañana, fui despidiéndome de muchas personas, algunas convertidas en importantes. Y emoción tras emoción, fiesta tras fiesta, llegó el momento final. Terminé una hora antes, como cada viernes, pero esperé hasta la última clase para poder ver por última vez a algunos alumnos y profesores. Después, intentándome aferrar a ese año, a ese Instituto, a esas personas, busqué excusas para permanecer más minutos por allí.

Cuando ya estaba todo hecho, cuando terminé las despedidas por teléfono con algunos padres, subí las escaleras a recoger mis regalos y bártulos. Miré por el hueco de la escalera y estaba ella, la receptora del mencionado email. Sus palabras fueron: hoy te vienes a comer conmigo. No contesté, pero como más tarde me confirmaría, mi cara respondió por mí. Así que, aun sin palabras, acepté la invitación. Minutos más tarde estaba subido a un coche, olvidando que tenía que recoger mis pertenencias en el piso de alquiler, de camino al campo de uno de mis compañeros. Yo no lo sabía. No sabía dónde iba, no quién estaría. Pero tenía que ir.

Durante las horas que duró la comida y la sobremesa, conseguí eliminar parte de la tensión acumulada. Mis compañeros consiguieron que me olvidase del final. Me sorprendió porque no eran precisamente los compañeros con los que más relación había tenido. Tenía, y tengo, una buena opinión formada por casi todos ellos. Pero nunca imaginé que sería invitado a formar parte de su club. Y no, no entré a formar parte. No formo parte del mismo. Pero sí participé de una de esas comidas.

El caso, volviendo a la respuesta a mi misiva, es que la invitación para el viernes es tan abierta que desconocía todo. No sé con quién estoy invitado a comer, no sé a qué hora, desconozco el lugar... Era lógico pensar que sería con los miembros del club. La última vez que les vi, me insistieron en hacerles visitas y participar en sus encuentros. Les dije que me avisaran y, si podía, acudiría. Pero también era posible que fueran otras personas las que querían comer conmigo. Al final, el email que mandé, pese a tratar de evitar mostrar mi estado anímico, era casi tan revelador como el que ahora es una entrada de mi blog. Así que pensé que, tal vez, para ayudarme con el ánimo, para darme las fuerzas (como han hecho durante meses), me invitaban a comer. Pero la intención de escribir un segundo email era precisamente no querer causar lástima, ni siquiera pedir ayuda. Lo que pasa es que esto es algo que siempre termino haciendo.

Al final, ayer me llamó otra persona para confirmar mi asistencia a la comida. Así supe que la misma era con los del club y no con otros compañeros. Claro, tampoco sé cuántos pertenecen al selecto grupo. Pero, la persona que me llamó me sorprendió gratamente. Primero, porque es una de las personas con las que compartí la comida en junio de las que apenas sé nada. Segundo, porque desde el mismo día de aquella comida, no ha dejado de demostrarme afecto, preocupación o interés. Y como desconozco el motivo, me desconcierta.

Como sea, al final no iré a comer este viernes. No descarto acudir a otros encuentros cuando esté trabajando, máxime si estoy algo más cerca que ahora. La verdad, me apetece volver, aunque sólo sea por unas horas. Me apetece hablar con la gente, ver ese mundo al que he pertenecido. Pero, creo que si vuelvo es por unas razones distintas a reunirme alrededor de la mesa con estas personas. No es que no me seduzca la idea, es que otros motivos me mueven con mayor fuerza. Y volver, como pude comprobar a principios del mes pasado, todavía duele.

Seguiré esperando nuevas invitaciones.

Declino la invitación, por esta vez.

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