19 de diciembre de 2009

Felicitación

Trata a un hombre tal como es,
y seguirá siendo lo que es;
trátalo como puede y debe ser,
y se convertirá en lo que puede y debe ser.
Goethe
(IESGAdX)

No es la típica felicitación navideña, pero me ha gustado.
Pronto vacaciones y actualizaciones...

12 de diciembre de 2009

Waste of time

The Aveet Brothers - I and Love and You

27 de agosto de 2009

Distinto, como siempre

Hace tiempo que no escribo de verdad. Como otras veces, no es falta de ganas, tampoco de tiempo. Dedico mi tiempo de ocio a la lectura (pues tenía y tengo unos cuantos libros pendientes) y a las series (las de siempre, que tenía aparcadas por la oposición, y algunas nuevas de las que hablaré pronto). De hecho, tengo un post-borrador con todas las ideas para nuevas entradas desde hace un tiempo, y crece por momentos.

Sin embargo, esta noche vuelvo por la misma razón por la que empecé a escribir hace años, con idéntica intención. Es decepcionante, en parte, que eso no haya cambiado. Pero, al final, así es como soy. Y además el sentimiento no es nuevo, ya escribí sobre él en repetidas ocasiones. Sírvame de ejemplo:

Mi felicidad no vale la infelicidad de los otros. No soy nadie para hacer sufrir a los demás. No puedo extender mi amargura hacia quienes me rodean y quieren. Es cierto que soy infeliz. Es cierto que quizá lo sea por siempre. Mi cabeza siempre hará ver las cosas de distinta forma de cómo se presentan ante mis ojos y demás sentidos. Seguiré, siempre, viéndome distinto a aquellos que en mi profunda teoría son iguales. Veré miradas dónde sólo haya personas. Veré comentarios donde sólo existan palabras. Miraré mi rostro en el espejo y siempre será distinto. Distinto a como debería ser o tal vez a como hubiera soñado ser hace ya muchos años.

Pero hoy voy más allá. No tengo un grito desesperado. No estoy triste por mis complejos, dolido por mi diferencia. Vuelvo a sentirme culpable. Y sé que no lo soy. Sé que lo he hecho lo mejor posible. Soy consciente de cuánto he conseguido pese a mis circunstancias y cuánto me han ayudado las mismas. Pero no puedo evitar pensar que podría haberlo hecho mejor, no por mí, por ella y por quienes me han padecido y padecen todavía.

Porque no siempre soy la mejor compañía. Porque no siempre puedo dar lo que cualquiera da. Porque muchas veces no estoy a la altura de la situación, no alcanzo el nivel de exigencia. Porque no acierto con mis formas o pensamientos. Porque no razono. Simplemente, porque no sé hacerlo mejor. Y me comporto mal con los míos, con los de verdad. Me muestro frío o distante. Descargo mi ira de forma indiscriminada y descontrolada. Lanzo palabras envenenadas. Incluso pierdo los nervios y soy, otra vez más, el Apóstol de la Ira.

Lo siento mucho. Siento no hacerlo mejor. Lamento mis actitudes irracionales, infantiles y puede que egoístas. Me avergüenza sobremanera perder el control, las formas, la educación. Y siento muchísimo que sigan siendo las mismas cosas las que me desquician o alteran, que mis cambios de actitud se deban a factores cada vez más absurdos. Siento no ser normal y no haber aprendido a serlo. Aún pretendiendo, no acierto. Y juro que trato de aprender. Lucho por cambiar. Analizo mis errores para procurar no repetirlos. Pero mis hábitos arraigados sobrepasan con facilidad mi barrera de contención, me superan.

Y siento mucho, muchísimo, caer de esta forma.

Para acabar me cito de nuevo con un fragmento del mismo escrito que el anterior, intentando contrarrestar el dramatismo de esta entrada:

Sin embargo, qué precioso es darse cuenta que la felicidad ya está con nosotros. En nosotros mismos, en las personas que nos acompañan en el dolor y la alegría; en las personas amigas que nos quieren y ayudan, casi tanto, como las queremos y quisiéramos ayudarles.

17 de agosto de 2009

Eclesiastés

Todas las cosas del mundo son difíciles: no puede el hombre comprenderlas ni explicarlas con palabras. Nunca se harta el ojo de mirar, ni el oído de oír cosas nuevas.

Nada hay de nuevo en este mundo; ni puede nadie decir: He aquí una cosa nueva; porque ya existió en los siglos anteriores a nosotros...

14 de agosto de 2009

Poder

¿Cómo puede una palabra cambiar por completo el estado de ánimo? ¿Cómo dejo, todavía, que algo sin importancia eclipse un buen día?
Sigo sin aceptar que puedo equivocarme.

5 de julio de 2009

Obrigado

Esta palabra me alegró la noche. Servir de ayuda nos permite sentir importantes o, como mínimo, relevantes. Parece que fue el destino quien hizo que nos encontrásemos. Tuvieron suerte. Nosotros también.

En cualquier caso, un hecho insignificante marcó la diferencia en uno de esos días en los que uno no encuentra demasiado sentido a la realidad. Tampoco es que un par de llamadas o una comprensiva predisposición sea algo de suma importancia. Pero no está mal recordar que todavía ocurren cosas buenas y, mejor, que se puede confiar en el ser humano.

Así que, por nada (con acento portugués). Y buen viaje de regreso a Porto y a vuestra freguesia, si no entendimos mal, Aldoar.

Quizá Hobbes se equivocaba con su Homo homini lupus, aunque la mayor parte del tiempo parece que así sea.

27 de junio de 2009

El arte de ser feliz

Arthur Schopenhauer, el conocido filósofo alemán, en su obra Eudemonología o el arte de ser feliz, explicado en 50 reglas para la vida escribía, entre otros hechos, sobre "la triste esclavitud de estar sometidos a la opinión ajena". Yo todavía no he conseguido librarme de este yugo. Y sabe dios que lo intento.

V. me dice siempre que no me permito equivocarme, que no me relajo, que me castigo constantemente ante las faltas cometidas, que estoy en vilo, en todo momento, para mantener el control... Yo mismo soy opresor y oprimido. Todo se debe a mi arraigado (y particular) concepto del bien y del mal, así como la (o mejor, mi) omnipresente vergüenza.

Y es que en mí se cumplen las palabras del filósofo: "Un juicio nos hiere, aunque conocemos su incompetencia; una ofensa nos enfurece, aunque somos conscientes de su bajeza".

Pero Arthur (para los amigos) no se queda en el pensamiento pesimista, sino que ofrece la cura. Para contrarrestar el dolor que nos produce la crítica ajena, debemos rodearnos de gente positiva, de quien nos quiere y nos acepta como somos y, sobre todo, cultivar la autoestima y tener un juicio positivo sobre nuestro propio valor.

Hay días, no obstante, que las críticas vencen la batalla, que las circunstancias no nos permiten acercarnos a las pocas personas que pueden ayudarnos y que, al final, se nos queda la sensación de hacerlo todo mal para con todo el mundo y, peor todavía, para con nosotros mismos.

Lo sé, soy muy triste. Por eso me conocen como "el triste".

Y como no quiero acabar la entrada con el ánimo abatido, incluyo otra cita de Schopenhauer dedicada a los que hoy me hacen sentir así, sin acritud, con la única intención de recordarme la realidad que habitualmente distorsiono:

"Lo que falta en la mayoría de las cabezas son dos cualidades emparentadas: juzgar y tener ideas propias. Ambas cualidades faltan de una manera increíble y los que no pertenecen a ellos no comprenden la tristeza de su existencia."

24 de junio de 2009

I'm not lost




Gracias, J. Morrison, por Undiscovered.

20 de junio de 2009

Maquiavélico

Mi plan está en marcha. Llevo semanas enteras, quizá meses, preparando la coartada. He movido con perspicacia y soltura cada una de las fichas del juego en que he convertido mi vida este año. Como cada año, por estas fechas, las circunstancias devienen tal y como las he premeditado.

A posteriori
parece muy sencillo manipular a las personas para conseguir que hagan lo que tienes pensado. Es una verdad a medias. Algunas personas son muy fáciles de guiar por el sendero marcado. Otras suponen mayor esfuerzo, pero no alcanzan los límites de mis posibilidades. Al final, como cada año, insisto, consigo que la realidad sea acorde a mis pretensiones, convirtiéndose en una verdadera e irrebatible excusa para el también reiterado fracaso.

Una vez conseguí que mi familia tuviese la culpa. Otra que mi estado de ánimo no fuera el apropiado para el éxito, todo por culpa de la distancia y las decepciones. Algunas veces conseguí razones médicas. Y no fingidas, reales. Es una muestra del inmenso poder que alcanzo cuando me propongo argumentar mis intentos fallidos. Finalmente, este año he logrado extender un rumor en mi trabajo. Bueno, si atendemos al rumor lo de trabajo es en sentido figurado, porque trabajar parece que no trabajo demasiado.

Pero no estoy hablando por hablar. Daré hechos que ratifiquen cómo he llegado al éxito en la preparación de la coartada para el fracaso. Es decir, cómo he ido preparando el terreno para poder justificar mi verdad: que soy incapaz de cambiar por mí mismo; que no apruebo la oposición porque no quiero; que prefiero sentirme mal y poder lamentarme.

- He conseguido que un compañero no me hable.

- He conseguido que hable mal de mí delante de muchos compañeros.

- He colaborado en la difusión del rumor que pone en cuestión mi esfuerzo diario.

- He llegado a ser comparado con la tía más perra que hay en la empresa en estos momentos. (Al menos en un nivel profesional similar, porque hay cada ejemplar en otros niveles...).

- He pasado de ser aceptado por todos a poder hablar con libertad únicamente con 3 o 4 personas.

- He sembrado la desconfianza en mis superiores.

Ahora ya puedo decir que estoy mal; que me siento culpable; que no entiendo qué he hecho mal; que no lo merezco. Y todo para que dentro de dos semanas pueda decir que no he aprobado porque no estaba bien. Vamos un plan maquiavélico perfecto.

Y hasta aquí el sarcasmo. Lo único que puedo agradecer a quienes me creen capaz de urdir semejante plan y, mejor todavía, de llevarlo hasta el éxito, es que me consideran muy, pero muy inteligente. La cuestión es, ¿acaso no es más fácil conseguir lo que se quiere frente a preparar las excusas para la ausencia de éxito? Quizá crean que soy tan idiota como inteligente me hacen con sus más que absurdos pensamientos en esta teoría de la prevención del FOSP (del islandés: síndrome de fracaso post-oposicional).

Ahora, una vez más, toca estudiar.

Y al Señor Melena (el 'Salvador'), a su amigo Alisio, a la tía más perra y a quienes han participado de los improcedentes comentarios sólo me resta decirles, que si mi plan (el único que tengo) va como debería, no volverán a tener la oportunidad de darme la despedida que me han ofrecido hoy al coger las vacaciones.

19 de junio de 2009

¡Vaya Semanita!

Arte Románico. Discusiones fraternales. Inventario. Lesión. Discusiones no fraternales. Momentos cómicos.

Arte Gótico. Un season finale. Momentos de 'asombro'. Dolor físico. Despedida. Conversaciones interesantes, pero sobre todo intrascendentes. Un poco, muy poco, de Fama. Terapia. Encuentro. Vueltas y más vueltas a la cabeza. Nervios ante las inminentes pruebas. Música (e Hispasónicos). Llamadas.

Arte Renacentista. Imágenes de obras de arte. Conversaciones inesperadas y de compromiso. Decepciones o, mejor dicho, realidades lejanas a mis deseos. Tensión en el trabajo. Pérdida de control. Oscuridad. Atisbos de luz. Abatimiento. Pantalones cortos.

Arte Barroco (espero). Lanzamientos. Calor, mucho calor. Cuenta atrás. Algunos correos. Reuniones no gratas. Esperanzas y Miedos.

Y mañana: vacaciones, por fin.

12 de junio de 2009

Amenzado o Advertido

Y me pregunto ¿qué hago mal?

Enconces me digo: paciencia te queda una semana y, con suerte (y justicia) poco más de dos meses.

Pero, de verdad, no entiendo qué pasa, qué hago o por qué (me) ocurren estas cosas.

En fin, a lo mío. Ahora, estudiar.

7 de junio de 2009

Vega

Ya incluí un canción de Vega en Una de ayer. Hoy, de nuevo, aprovecho que ha salido hace poco más de un mes su nuevo disco, Metamorfosis, para recomendar su música. Como muestra, este precioso tema: A salvo.


6 de junio de 2009

Linares, ¡grita conmigo!

Hoy he estado en otro CuatroCaminos. Visto lo visto, los de mi empresa o bien no saben lo que tienen o , si lo saben, no lo demuestran suficiente.

¡Somos un equipo!
(por poco tiempo, espero)

5 de junio de 2009

Dicotomía

En lo personal estoy dolido; en lo profesional ilusionado. Y todo porque uno se termina cansando de la repetición de acontecimientos...

4 de junio de 2009

Ineludible

No puedo evitarlo. No está en mi mano. Y lo siento. Siento no tener el control. Veo cómo ocurren las cosas a mí alrededor y nada puedo hacer para impedirlas o modificarlas. No siento culpabilidad, tan sólo me siento abatido.

Veamos hacia dónde me llevan las circunstancias. Pero sin caer en la pasividad. Mañana contestaré a las preguntas pendientes.

29 de mayo de 2009

Zancadillas

Eso hago todo el tiempo: ponerme obstáculos para caer, para encontrar motivos que justifiquen mi retirada, para provocar mi rendición, para regresar a la seguridad de lo conocido.

Y todo por culpa del miedo.


Esta entrada es sólo para mostrar mi estado actual y para advertir a los posibles lectores que he colgado dos entradas normales. Una, Privilegio, que tenía escrita y debía haberla colgado hace semanas. La otra algo que dice mucho de mi hoy, pese a haberlo escrito hace un año...

Hace un año...

Hoy, si no me equivoco, es la primera vez que publico un texto pre-H&F. Como ya dije en alguna de mis primeras entradas, el blog sería la prolongación de lo que ya hacía antes: escribir para desahogarme, para descargar, para pensar, incluso para regodearme en mis propias miserias.

Ahora, ante la ausencia de tiempo (y siento decirlo insistentemente, pero más siento no poder dedicar unas horas para expresar cómo me siento estas semanas) he decidido colgar un fragmento de uno de mis "Pensamientos, Impresiones. Necesidad de escribir". El motivo es que el pasado jueves, al volver a casa desde el trabajo empecé a sentir cosas que me recordaron cómo me sentí ese mismo jueves, un año antes.


Pena de Muerte. Cadena Perpetua.
(...) Y tanto que disfruto de la soledad. Cómo no voy a sentirme cómodo estando solo. Me alejo de los unos, acusándoles de sus errores. Me alejo de los otros, porque conocen mi pasado, porque ante ellos soy vulnerable. Marco mi distancia con ella, para no hacerle daño, me digo; por no saber qué hacer en ningún momento. El entorno laboral se queda en su lugar cada vez que cierro la puerta. Cinco horas al día: cinco de fingir ser uno más, horas de pedir ayuda con la mirada, con frases desesperadas ocultas tras un humor pesimista. Hay excepciones. Excepciones que pueden pasear por cada rincón de la fortaleza. No necesitan pedir permiso, lo hacen sin más.

Pena de Muerte. Son fiestas en la ciudad. La gente ha salido de sus casas con un entusiasmo que no corresponde en absoluto con la realidad socio-económica que vive la población. Son los únicos días del año, por encima de cualquier otro período vacacional o festivo, en los que los problemas quedan postergados una semana. Se omiten las discusiones. Se actúa sin razonamiento previo. Se vive, se disfruta.
Y vuelvo a pensar en la muerte.

La muerte es una desgracia para muchos. Un final irreversible. Conlleva tristeza a quienes se quedan y tienen que convivir con un nuevo compañero de viaje, el desamparo. Una vida que acaba, unas vidas que continúan destrozadas para siempre. Los corazones rotos se reconstruyen. Las heridas quedan siempre. Unas veces cicatrices, otras veces vacíos profundos y oscuros.

Pero también es una salida. No sabemos muy bien hacia dónde. No obstante, es la puerta de emergencia del contexto en que vivimos. Visualizo cortes longitudinales sobre mis muñecas. He aprendido que no debe cortarse las venas de forma transversal. La yugular parece mejor opción, todavía. No me preocupa lo que venga después, si es que hay algo. Necesito un final, feliz o no, para este momento. No quiero vivirlo. No quiero pasar por esto.

Cadena Perpetua. Vivir aferrado a una idea. Continuar engañado o sobrevivir al descubrimiento de la verdad. La verdad tiene varias caras. La de hoy, la fría y dolorosa Soledad. Salgo de casa con la esperanza de despejar la mente. Busco respirar un aire menos viciado que el de mi cuarto. Llevo horas muertas sin hacer prácticamente nada, salvo dejarme hundir en mis emociones. Esperaba una propuesta que no llegó. Tal vez porque quien debía proponer esperaba lo mismo de mi. Decido llamar. Ha decido tomar una dirección opuesta a mi planteamiento. Termino vistiéndome y saliendo solo, solo como nunca. No porque no lo haya estado antes. Más solo porque tengo conciencia de mi soledad.

Camino por las calles que un día no me daban miedo. He descubierto, también, que soy fóbico. Mi ansiedad proviene de una fobia. No sé muy bien cuál. Intuyo que será fobia social. Observo, con mi avance, a la gente alrededor. Permito que la soberbia se adueñe de mi primera reacción. Orgullo: la primera línea defensiva. Actitud crítica.

No puedo, lamentablemente, frenar el cambio de actitud. La melancolía llega. Recuerdos de tiempos pretendidamente felices. ¿Por qué me he alejado de todos y todo? ¿Voy a seguir haciéndolo? Y una retahíla de preguntas que vienen a reafirmar el mismo tipo de duda y cuestión.

Morir o Vivir. Vivir así, morir ya. Triste juventud y madurez vacía. Final romántico. Paz. Calma. Quisiera poder elegir entre Pena de Muerte y Cadena Perpetua. Creo, no obstante, que no tengo opción. La elección está tomada. La decisión es inamovible. Voy a vivir. Ahora, quisiera sentir que vivir dejará de ser en algún momento una cadena perpetua.
Victoria, necesito Victoria.


Y hasta aquí esta muestra de una crisis emocional provocada por las mismas razones que ayer me tentaban a la oscuridad.

Lo triste sería pensar que en un año no ha cambiado nada la situación. En verdad no lo ha hecho. Pero sería sorprendente y delatador que yo no hubiese cambiado nada de actitud. Puedo decir que la tendencia es a caer, pero intento razonar y mantenerme en calma para hacer lo que realmente importa ahora: estudiar. No lo consigo del todo. Estoy a medio camino, como el reformismo borbónico...

En fin, vuelvo a los temas.

20 de mayo de 2009

Privilegio

Llevo días sin actualizar. No significa que me olvide de mi H&F. Tampoco que no tenga nada que contar. De hecho, se me pasan muchas ideas por la cabeza. Sin embargo la cercanía de las pruebas de oposición y el estrés ante lo que queda por estudiar (y esperar que, llegado el repaso, todo esté donde debe) me dejan poco tiempo. Pero no es una razón suficiente para no publicar mi privilegio.

A lo largo de los años he escrito numerosas páginas narrando mis desventuras, señalando mi mala suerte, sintiendo que nada ocurría según mis deseos y, en definitiva, remarcando lo triste que es mi vida. Y si bien no (todo) han sido paranoias, sentirme así es sólo una parte de lo que he vivido. Sin embargo, dentro de mi espiral destructivo y negativo me costaba enormemente girar la cabeza hacia la luz que tenía presente en mi vida. A veces lo conseguía, pero sin entrega. Volvía sin esfuerzo a mi oscuridad, al lamento ante las circunstancias que me había tocado vivir, a pensar en el suicidio.

Últimamente, no sé si por cansancio, por cambio de actitud o madurez (quizá), camino hacia esa dirección. Mantengo en mi mente a cada una de las personas y razones que son verdadera luz en mi existencia. Entonces me doy cuenta de la suerte que he tenido y tengo. Lo he pasado muy mal, pero todo el mundo tiene etapas. Lo paso mal, todavía, en determinados momentos, a veces durante días. Como cualquier persona, supongo.

Ahora me siento bien. Miro hacia la luz. Valoro mis logros, mis pertenencias, mis metas vencidas, mis compañeros en el camino. Y doy a gracias (¿a la vida?).

No haré, no obstante, un listado de privilegios, daré sólo un ejemplo:

No todo el mundo puede recibir un regalo como éste; no todo el mundo puede oír una de sus canciones preferidas de la boca de su amigo; no todo el mundo tiene amigos como los míos; y las palabras no tienen la misma fuerza e intensidad en dos voces distintas; así, aunque a veces no lo vea o lo demuestre, sé que la suerte me acompaña, o que dios me ha bendecido, o que mi destino es favorable, o lo que quiera decirse.

He aquí el privilegio:

Rock'n'roll suicide de D. Bowie versionado por Jüân

No he podido encontrar la manera o, mejor, no he podido por falta de tiempo aprender a subir un archivo de audio directamente al blog. Sin embargo, aprovecho mi carencia para recomendar la música de mi mejor amigo. (Pinchando sobre su nombre, podéis visitar su perfil, su blog y sus otras composiciones musicales. Recomiendo La Nube Anterior y, por supuesto, Islandia. En este caso es una versión que le pedí, pero en Hispasónicos podéis disfrutar descubriendo sus composiciones).

A ti, desde aquí, mi pequeña parcela de esparcimiento, te vuelvo a dar las gracias. Y te recuerdo que en pasar los exámenes, tenemos (si todavía quieres) empezar el proceso de grabación de mi estreno mundial...

Post Post: Suicidio es la entrada que queda pendiente. En ella explicaré mi vínculo casi obsesivo con pensamientos suicidas a lo largo de mi vida. Una parte está grabada en el móvil, el resto está sólo en mi memoria. Queda pendiente, pues.

17 de mayo de 2009

¿Life on Mars?

Mi padre: Martín, cariño, la comida está en la mesa. Te estamos esperando.

Yo, en mis pensamientos: ¿en casa de quién me he despertado? ¿dónde estoy?


P.D. Y si no pasa nada, esta misma tarde publicaré "Privilegio".

13 de mayo de 2009

Momento del día

A un inglés: "mi compañero le va a cambiar una de las tumbonas, parece que está mojada, puede que de pis de gato". (en inglés)

Y el inglés contesta: "no, no hace falta. Después de tres copas no huelo ni siento" (mitad español, mitad inglés, mitad alcohólico).

P.D. Por ahora, pese a no querer dejar de lado el blog, hasta las oposiciones sólo habrá pequeñas actualizaciones. Hoy, con el momento más cómico de ayer.

30 de abril de 2009

Algún día...

Muchas veces, delante del espejo, repito estas dos palabras. A veces las digo al compararme, al mirar. Otras veces cuando tengo pensamientos poco optimistas. Y las digo incitándome a tener paciencia, a esperar sabiendo que todo llega, que las cosas vienen a su debido tiempo.

Algún día... despertaré en mi propio hogar.

Algún día... trabajaré en algo que me satisfaga.

Algún día... me sentiré completo.

Algún día... superaré las pérdidas, aceptando la realidad.

Algún día... estaré tranquilo.

Algún día... conseguiré ser feliz, con lo bueno y lo malo que tiene la vida.

Algún día... sabré que todo mereció la pena.

Algún día... dejaré de intentar averiguar lo que los demás piensan o sienten.

Algún día... me gustaré frente al espejo.

Algún día... venceré mis miedos.

Algún día... viviré.


Y, ¿hasta entonces? No lo sé. No se puede vivir esperando. Hay que vivir. Ahora es el momento. Cada día. Las cosas, como digo, llegan a su tiempo. Y cada vez las tengo más cerca. No puedo desistir, tengo que seguir luchando, debo encontrar fuerzas para aguantar las últimas semanas (y los últimos meses) hasta que, por fin, lleguen (algunas de) las metas.

Algún día... todo va a cambiar.

29 de abril de 2009

25 de abril de 2009

Raro

¿Tan difícil es entender cómo me siento? ¿Tan absurdo es que me sienta así?

Durante los últimos años, cada vez que llegaba el momento tenía una caída emocional. Me afectaba que las circunstancias fuesen contrarias a la normalidad. Tenía una recompensa: me sentía vencedor al haber ido ganando y recogiendo consideraciones de mis cercanos. Pero siempre me parecía escaso. No conseguía llenar el vacío, no borraba los años previos. Supongo que no sabía valorarlo o, quizá, la falta era más importante que lo que tenía.

Cuando no tienes nada y encuentras te sientes bendecido. Cuando la bendición desaparece es fácil caer en el oscuro pozo de siempre, incluso hacerlo con más fuerza y crudeza. Aunque algunos piensen que nada he cambiado, estoy convencido de que estoy mejor que hubiese estado hace uno, dos o más años. No puedo negar que me afecta. No puedo evitar sentirlo. Es fácil dejarme llevar por la tentación. Es mi habitual pauta de comportamiento.

Habría llorado, y no lloro. Intento entenderlo, barajando los argumentos que justifiquen cómo han sido los hechos. Quiero comprender, creo que lo comprendo. Lo que pasa es que me duele. Y aunque quiero no puedo evitarlo. Sé que no es bueno tener estas necesidades, pero las tengo. Me hacía falta. Lo esperaba. Y estuve bien mientras todavía quedaba tiempo. Después llegó la confirmación del miedo. Lo que temía que ocurriese terminó pasando. Y quise restarle importancia. Y le resté importancia. Pero sigo queriendo, sigo esperando, sigo sin entenderlo.

Lo siento. Siento seguir siendo así. Quiero ser fuerte, independiente, adulto. Pero tampoco pido nada del otro mundo, sólo algo normal, lo que todo el mundo tiene, la maldita normalidad. Es como si no bastase con ser, o haber sido, diferente todo el tiempo y tuviese que seguir viviendo a la fuerza en un mundo paralelo, en un castigo que me impide hacer y tener los que los demás hacen y tienen. Y me pregunto qué he hecho o qué hago. Me planteo si lo merezco, si lo busco, si no sé hacerlo bien. Y todas estas preguntas me parecen más absurdas que el sentirme de la forma en que me siento.

No pasa nada, no es para tanto. Al menos es lo que debería pensar. No puedo evitar, sin embargo, sentirme raro.

17 de abril de 2009

Se acerca...

Estoy cerca de la rendición. No es una derrota. El balance final puede parecérsele. No es una derrota.

Quizá sea verdad que todo tiene un límite. Al final, para bien o no, será lo mejor. No se puede vivir permanentemente en una transición. Cada proceso tiene sus fases. Conseguir un objetivo implica un esfuerzo, una acción, un trabajo. Cuando el primer intento es fallido, tras un período de duelo, ponemos en marcha, de nuevo, el motor que nos lleve a la consecución de nuestro propósito. Cuando fracasamos por segunda vez, el lamento se hace mayor. Tanto que cuesta recuperarse y encontrar voluntad para volver a luchar por el sueño. Sin embargo, es posible. De hecho, repetimos una y otra vez, siempre que no desaparezca la aspiración.

Mi problema debe ser que me he perdido en el transcurso de una de esas caídas. Debí pensar que me había recuperado y lo intenté, por ello, una tercera y una cuarta vez. Pero lo he hecho por inercia. Por la misma fuerza que me incita a realizar muchas de las tareas diarias. Y no son formas. No lo son, al menos, para alcanzar determinadas metas.

Cuando desaparece la ambición por el objetivo, cuando lo único importante es cumplir con las obligaciones, la lucha carece de sentido. Nadie combate por algo en lo que no cree. Y si lo hace, lo hace por motivos distantes del premio a lograr.

Y es que este mundo es para quien sabe enfrentarse a lo que se le presenta; el que acepta las reglas y decide qué hacer con ellas; ése que lucha por su bien y, más todavía, disfruta de sus ganancias. Al no valorar los puntos intermedios, no tener en cuenta las pequeñas victorias y, lo que es peor, quedarse únicamente con la (gran) derrota, se está caminando hacia un final.

Por eso, a veces, siento que no estoy viviendo, que (todavía) estoy dentro de un cuerpo y de una vida que no me pertenecen. Percibo con indiferencia. A veces, vuelvo a los catorce años al pensar que, con suerte, al despertar a la mañana siguiente todo habrá cambiado. Regreso a la ingenuidad que me llevaba a creer que todo era una prueba y, como tal, tendría su final. Después, todo sería normal. Sólo es mi tendencia conductual, mi fe en lo sobrenatural.

Antes me enfadaba al pensar en la injusticia. El bien y el mal, no sé. Mi concepto sobre lo que está bien se ha mantenido intacto. No tanto lo que siento que está mal. Me revienta pensar que este año será distinto. Cuando hablo de ello, insisto en que este es el año. Cuando pienso en ello, deposito todas las esperanzas que soy capaz de engendrar. Lo digo. Termino creyéndolo. Pero en mi fuero interno sé que no es verdad. Ha de hacerse más de lo que hago, lo sé. No es cuestión de merecer o no el triunfo. Hay que cumplir.

Y yo no cumplo porque estoy perdido, no sé ni cuánto tiempo hace. Siempre he oído que las oposiciones son una carrera de fondo, que sólo alcanza la meta el que resiste hasta el final. Y se acerca a la verdad. Pero, no basta con resistir, hay que hacerlo luchando, poniendo interés, echando el resto. En mi caso no sé si es por falta de madurez, por miedo a la realidad inherente a aprobar la plaza, por incapacidad personal, por desidia o simplemente insatisfacción. Sea como sea, sigo intentándolo, agotando el tiempo y las opciones, sin entrega alguna.

Es cansancio, supongo. Siempre lo hemos dicho, quema demasiado. Espero que sólo sea una noche de debilidad. No pensaré en el tiempo que queda, no en lo que debería haber hecho, ni tampoco en lo que queda por hacer. Seguiré el ritmo, estudiaré y, llegada la hora, lucharé con las armas y conocimientos que haya obtenido hasta el momento.

Y lo mismo para el resto de cosas que, en mi vida, funcionan de la misma forma que mis estudios de oposición.

14 de abril de 2009

¿Naturaleza?

Yo también sé lo que es una madre. No sé qué se siente, no soy mujer; y, como hombre, todavía no he sido padre. Pero sí soy, como todo el mundo, hijo. Y como tal he experimentado la relación que existe entre progenitores y descendiente. Los que me conocen, saben a ciencia cierta que los míos no son un modelo a seguir, o si lo son, lo son como "no deben ser" o como ejemplo de lo que está mal.

Lo que sí está (verdaderamente) mal es lo que siento. Siempre que puedo afirmo que siento indiferencia, que quiero que llegue el momento de decir adiós para siempre. Aseguro tener ganas de cerrar la puerta, definitivamente. Digo no querer saber nada más. Pero tampoco en esto estoy siendo sincero. Quizá honesto a medias. Una parte de mí, una enorme, quiere poner un punto y final. Otra, aun pequeña, mantiene viva la esperanza.

Una cosa es lo que pienso y otra, muy distinta, lo que siento. Razonadamente son muchos los motivos que me llevan a tomar la decisión de acabar por siempre. Cualquiera podría entenderme. Muchos me alentarían a hacerlo. (Algunos ya lo hacen) Sin embargo, tengo miedo a ese momento. Y, peor, tengo cierta esperanza en que todavía, aunque parezca mentira, puede solucionarse.

Y lo siento, lo siento mucho. Me duele sentir así. Rabia. Rabia por mi indecisión. Ira por plantearme el olvido, la disculpa. A veces creo que sería más fácil si me pareciera un poco a ellos. Si, como ellos, hiciese como que nada ha pasado. Así se comportan, como si ninguna de las razones que nos distancian fuese real, como si el pasado no existiese o no se correspondiese con la realidad que recuerdo vívidamente. No quiero parecérmeles en esto, tampoco.

Hay algo que me arrastra, incontroladamente, a estar cerca. Como si existiese una gravedad que me convierte en un satélite que no puede alejarse del planeta al que pertenece. Como si los actos humanos, los errores cometidos, la decepción, la falta de cariño, no fuesen suficientes para acabar con la ley natural que vincula a hijos y padres.

Me viene a la cabeza esas personas que cuentan sus penurias en programas de tv (lamentables, por otra parte) y buscan a personas que al nacer les abandonaron, les dieron en adopción o casos similares. Y pese a todo tienen esa necesidad. No sé si puedo comprenderles. Mi situación es distinta. Parece que esa misma fuerza de atracción inevitable, les obliga a buscar y perdonar.

Y me cuestiono:
¿Tan grave es lo que me han hecho para alejarme?

¿Qué clase de persona sería si hiciese algo así?

¿Qué pensaría la familia, los conocidos, mis amigos?

¿Podría vivir con la culpa?

Y muchas más preguntas que terminan fomentando mis miedos ante la (inminente) realidad futura, acrecentando las dudas ante la necesidad de tomar decisiones, impidiendo concentrarme en lo que (ahora) importa, aumentando el sentimiento de culpabilidad y, además, impidiéndome dar el paso definitivo a la madurez.

Precisamente es eso, madurez. No sé si los sentimientos contradictorios se deben a la falta de madurez. Si es el niño (y, por tanto, la dependencia paterna) el que habla o es mi moral. No sé qué es lo que alimenta esa pequeña esperanza, si la necesidad o ése vínculo del que hablo. Si preguntase, cualquiera me diría que una madre es lo más grande, la persona más importante de la vida de cualquier persona. Yo contestaría que siempre hay una excepción. Y no me equivocaría. Lo que no tengo seguro es si habla mi resentimiento, mi odio o mi dolor, y no mi razón.

Es difícil. Es muy difícil porque soy parte. No puedo ser objetivo. No sé si cuando razono, pretendo o razono realmente. Quizá no importe, sólo importe lo que siento, lo que es mejor para mí. Es algo, una decisión, que tendré que tomar en su momento. Intentaré hacer lo mejor que pueda. Espero saber discernir y elegir la opción correcta. Hasta entonces, procuraré centrarme y pensar lo necesario.


Siempre digo que debo centrarme, pero sigo en las misma... ¿No tengo remedio?

12 de abril de 2009

South of the border...

Si bien los primero días de la semana se presentaban cargados de nostalgia y desánimo, al comenzar el puente y refugiarme en la lectura (igual que el fin de semana) encontré de nuevo el camino. Si bien Salinger y su "Guardián..." me habían conquistado desde las primeras letras, consiguiendo mantener la atención, no esperaba menos de Murakami.

Conocí a Haruki Murakami por recomendación de un amigo. Éste había leído dos de sus novelas. Las dos le habían hecho disfrutar. Una más que la otra, cierto. El caso es que aproveché un pequeño viaje a un pueblo cercano a la otra gran ciudad de la mi provincia, para pasar por ésta y sorprender a mi vieja amiga de la universidad. En el lugar donde trabajaba adquirí mi primer libro de Haruki, Tokio Blues: Norwegian Wood. Pronto dedicaré una entrada. Diré, por ahora, que de las dos novelas recomendadas es la que menos le gustó a él. A mí me gustó tanto, que poco después compré dos libros más. Uno, el que protagoniza este post y otro que, seguro, comentaré pronto.

Al sur de la frontera, al oeste del sol es un libro que ya he recomendado y seguiré recomendando por mucho tiempo. No es difícil encontrar en las contracubiertas de los libros de Haruki frases de críticos, especialistas, periodistas que hacen referencia a la adicción que genera el escritor sobre sus lectores. Puedo asegurar que mi admiración se debe al contenido de las dos novelas que he leído (y disfrutado) y no a las opiniones de nadie, ni siquiera de quien me recomendó las lecturas. Así, confieso: estoy enganchado.

El próximo de Murakami será Sputnik, mi amor. Después, Kafka en la orilla, libro que me regalaré por mi cumpleaños en un par de semanas. Más tarde, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y Sauce ciego, mujer dormida. Por último, en cuanto se publique la edición Maxi Tusquets, After Dark. Seguramente no será hasta el verano, los primeros. Los tres últimos cuando el tiempo y las obligaciones lo permitan. Además, tengo otras lecturas pendientes que dejaré para después de la oposición. Mil soles espléndidos, el espléndido segundo libro de Hosseini será el último libro hasta julio, a excepción de los manuales de arte e historia.

Para seguir la costumbre, he aquí unos fragmentos de la obra:

"En este mundo hay cosas que son recuperables y otras que no. Y el paso del tiempo es algo definitivo. Una vez has llegado hasta aquí, ya no puedes retroceder. ¿No crees? - Asentí-. A mí me parece que con el paso del tiempo hay cosas que se solidifican. Como el cemento dentro de un cubo. Y entonces ya no se puede retroceder. Lo que quieres decir es que el cemento que tú eres ya ha fraguado del todo y que no es posible ningún otro tú que el de ahora, ¿no es así?"

"
Entonces no lo sabía. No sabía que era capaz de herir a alguien tan hondamente que jamás se repusiera. A veces, hay personas que pueden herir a los demás por el mero hecho de existir.
"

"Se tomaba en serio cuanto le decía y me alentaba siempre. Yo solía hablarle de mi futuro. De lo que quería hacer, de cómo quería ser. No eran, en su mayoría, más que los típicos sueños irrealizables propios de los chicos de esa edad. Pero ella me escuchaba con interés. Y me animaba. '
Seguro que serás una persona maravillosa. Hay algo magnífico dentro de ti', aseguraba. Y lo decía en serio. Era la única persona que me había hablado de esa forma en toda mi vida."

"Por primera vez en mi vida, sentía una profunda aversión hacia mí mismo.
(...) Sabía que si me encontrara en la misma situación, volvería a hacer lo mismo. (...) Reconocerlo fue doloroso. Pero era la pura verdad.
Por supuesto, al tiempo que le hice daño, también me lo hice a mí mismo. De aquellos años hubiera debido extraer varias lecciones. Pero, años después, al volver la vista atrás, supe que sólo había aprendido una cosa importante. La conciencia de que, al fin y al cabo, el ser humano que yo era podía hacer el mal. Jamás en la vida había querido perjudicar a nadie. Pero fueran cuales fuesen mis motivos o intenciones, si mis necesidades me empujaban, podía convertirme en un ser egoísta y cruel. Un ser humano que, esgrimiendo razones plausibles, infligía una herida certera y definitiva en alguien a quien tendría que haber mimado."

"Hay muchas maneras de vivir. Hay muchas maneras de morir. Pero eso no tiene ninguna importancia. Al final, sólo queda el desierto. El desierto es lo único que vive de verdad."

Y hasta aquí. Tengo unas cuantas citas más. Pero no sé hasta qué punto es legal esto de publicar frases de un libro. Tampoco quiero alargar la entrada. Creo, además, que son más que suficientes para entender la razón de mi inclinación por Haruki.

Recomiendo, pues, Al sur de la frontera, al oeste del Sol.

9 de abril de 2009

De ´Salinger´

Tras acabar, a dios gracias, la lectura del comentado libro de Casavella, estuve pensando en la necesidad de dedicar íntegramente mi tiempo libre al estudio, teniendo presente la proximidad de las pruebas opositoriales. Sin embargo, pese a que el tiempo dedicado al estudio va ampliándose progresivamente, el fin de semana quise leer un libro que compré el pasado verano. Y así fue. Dos tardes en las que, además de estudiar a griegos y romanos, pude disfrutar con los sucesos de un fin de semana en la vida del joven Holden Caufield. Éste es el protagonista de El Guardián entre el centeno de J.D. Salinger.

Como ya hice en Vampiro, no reseñaré el libro. Sí lo recomiendo con insistencia. Es una obra ligera, de fácil lectura, con un lenguaje más que cotidiano. Lleva escondido un mensaje, una crítica, que se ofrece con nitidez al leer el desprecio que siente Holden por casi todas las personas que conoce. Una excepción es su hermana pequeña. También el recuerdo de su fallecido hermano, Allie. Sin embargo, reniega de la sociedad que le rodea y, sobre todo, del comportamiento de la gente. No diré más. Sólo repito que es muy recomendable.

Dejo aquí tres fragmentos que permanecen señalados en mi edición de El Guardián... .

- La vida es una partida, muchacho. La vida es una partida que uno juega de acuerdo con las reglas.
- Sí, señor. Ya lo sé. Lo sé.

De partida, un cuerno. Menuda partida. Si te toca en el lado de los peces gordos, desde luego que es una partida, lo reconozco. Pero como te toque en el otro lado, donde no hay ningún pez gordo, ¿qué tiene eso de partida? Nada. De partida, nada.

Me gusta esta reflexión. No me quedo con la idea de separar la realidad entres peces de distinto tamaño o poder. Me gusta la idea de considerar la vida como una partida. Yo mismo escribía hace más de un año, a finales de 2007 si no me equivoco, Oscuro Pasajero. Éste es uno de esos textos que componen mis escritos antes de H&F. Concluía la última frase con estas palabras:

(...)en este juego que es la vida, en esta partida que todavía no me decido a perder (aunque dejé de tener posibilidades de éxito hace ya mucho tiempo).

Por otro lado, no hace demasiado, grabé unas reflexiones con el móvil. Una noche, al salir de casa, estrené la opción de grabadora de mi nuevo teléfono. Aproveché esa posibilidad para guardar unas ideas que después se convertirían en una nueva entrada. La verdad es que se quedó por el camino, un borrador perdido en alguna carpeta de mi ordenador. Lo importante es que de nuevo me refería a la vida como un juego, como una partida, mejor. Y hablaba de alguien que disfruta siendo un jugador, que aceptando que la vida no es más que un juego, utiliza las cartas que posee para divertirse jugando con su vida y, cuando puede, con la de los demás. A veces me revienta.

En otro momento del libro, cambiando de tema, afirma el protagonista:

Nueve de cada diez de los que lloran a lágrima viva por esas cosas tan falsas de las películas en el fondo son unos desalmados. En serio.


Sé muy bien a qué se refiere Holden. Marqué la frase porque yo soy de los que se emocionan con las películas y, mucho más, con las series. Si lo hago es porque vivo como si fuesen reales las cosas que suceden a los protagonistas. Empatizo con los personajes. Unas veces por las cosas que tenemos en común, porque me veo reflejado. Otras por vivir como yo no vivo, por tener lo que nunca tendré o he tenido. La mayor parte de las veces, las series me sirven como distracción, me permiten cambiar de estado de ánimo, despreocuparme. Pero no hablaré más sobre series, quizá en un futuro post.

Por último, las frases que dan sentido al título de la novela:

Estoy de pie, al borde de un precipicio de locos. Y lo que tengo que hacer es agarrar a todo el que se acerque al precipicio, quiero decir que si van corriendo sin mirar adónde van, yo tengo que salir de donde esté y agarrarlos. Eso es lo que haría todo el tiempo. Sería el guardián entre el centeno y todo eso. Sé que es una locura, pero es lo único que me gustaría hacer. Sé que es una locura.

No puedo decir que yo sea como el guardián, ni que haya pensado antes en serlo. Sí he estado unas cuantas veces cerca de algún precipicio. He tenido suerte y he encontrado a personas que han impedido mi caída. Pero, lo más importante es que he aprendido que no hay mejor guardián que uno mismo; que para poder ser salvador, hay que salvarse primero.

Queda recomendado el libro de Salinger.

3 de abril de 2009

Enlaces

Son numerosas las veces que he pensado en esta entrada. He dado vueltas y vueltas a las ideas que quería expresar. Pensé hacer un resumen de lo acontecido. También narrar los hechos desde la emoción. No me decidía en ser o no objetivo. Tampoco en si contar todo el día o sólo los hechos que más disfruté. Al final, sin determinación alguna, sírvanme estas líneas como homenaje a uno de los días más importantes de la vida de dos de las personas más importantes de la mía.

Si en la
Primera Vez hablaba de la despedida de soltero, lo siguiente no podía ser otra cosa que escribir sobre la Boda. Llevo meses hablando de ello. Bromeando con el título de la película que protagonizasen Julia y Cameron. Sólo por el título de la misma. Tanto he hablado de la sorpresa que les estábamos preparando a los novios, que comprendería que algunos compañeros de trabajo estuviesen deseando que llegase el día del enlace y cambiásemos de tema, definitivamente. En mi favor diré que el acontecimiento era para mí importante por muchas razones. Por encima de todas, la importancia que les concedo a los dos en mi existencia.

Cuando pienso en la mañana del sábado 21 de marzo, recuerdo la tensión que sentía al pensar que no llegaría a tiempo. No quería perderme nada, quería estar a su lado en todo momento. Recuerdo reírme al pensar en mi tendencia a exagerar las cosas. Es mi forma de sentir, no tengo otra. El caso es que llegamos a tiempo. No pude colocarle a él su prendido, las circunstancias lo impidieron. Pero sí participé junto al resto de amigos en la sesión fotográfica.

La siguiente imagen que retengo es, ya en la iglesia, la entrada de ella. El total de los presentes contemplamos la llega de la radiante (nunca mejor dicho) novia, acompañada de su (emocionado) padre. Miré al altar y vi a la madrina al borde de las lágrimas, luchando por mantener la compostura. A su lado, nervioso y con la boca seca, esperaba él, impaciente. Es, quizá, el momento más emotivo del día. Puede que ellos no puedan elegir un instante concreto. Yo me quedo, sin ninguna duda, con esta visión. Me emocionó ver el encuentro. A su paso, sólo pude decirle repetidamente "guapa". Pensándolo, ahora, no sé qué imagen pude dar. Pero hice lo que sentía. La veía, como digo, radiante.

Otro momento, pero menos importante, fue al leer las preces (o peticiones). No sé si se notó lo nervioso que estaba. No importa demasiado. Sí puedo afirmar lo orgulloso que me sentí por haber sido elegido para ello. Intenté mantener la calma. Mejor, intenté encontrar algo de calma. Les miré, a los cuatro, al finalizar cada frase. No puedo decir cuánto tiempo mantuve la mirada. Pero puse intención, al menos.

El cuarto momento memorable es el de la entrega de la sorpresa. Llevábamos tiempo preparándola. No era más que un detalle, una muestra de afecto. Y creo que así fue entendida por los novios y demás invitados. Me quedo con las frases de él y ella al abrazarnos. Y me las reservo para mí. Dicen que "la intención es lo que cuenta". Pues eso. Y, siendo objetivo, el resultado final estuvo bastante bien.

Si hay otros hechos que no olvidaré nunca, son los pequeños detalles que me tocaron directamente el corazón. Aquellas pequeñas cosas, como decía la canción de Joan Manuel. Desde gestos que me abrazaban y transmitían calor, a palabras que me emocionan, todavía. Las muestras de cariño, la atención recibida, el interés demostrado, los abrazos y las palabras, me hicieron sentir, de verdad, especial. Y ella, la madre del novio, se encargó de que lo supiese, recordándomelo insistentemente. Me sentí, más que nunca, parte de la familia.

Y es así como recordaré este día. El día del enlace matrimonial de dos personas a las quiero, a las que necesito y a las que siempre consideraré (como llevo años haciendo) parte de mi familia del alma (expresión que utilicé habitualmente en P,I. NdE.). Un día marcado por un Enlace que, personalmente, estuvo repleto de pequeños enlaces y conexiones.

30 de marzo de 2009

Satélites

Beyoncé nos regala su voz con este Satellites en su último disco, I am a Sasha Fierce:


29 de marzo de 2009

Castigo

Muchas veces lo siento así. Creo que merezco lo que me ocurre. Empiezo a pensar y concluyo, siempre, con la misma reflexión: es mi culpa.

Culpable por mantener determinados pensamientos. Culpable por permanecer impasible. Culpable por no cambiar algunas de mis ideas. Culpable por no aceptar las cosas como vienen y esperar que vengan como quiero. Culpable, también, por resistirme frente al avance, lo nuevo. Culpable, además, por alimentar las esperanzas y crear nuevas expectativas, ésas de las que hablo frecuentemente. Y culpable por resignarme.

Me viene al pensamiento la idea del karma. (Y pese a no haber visto nunca la serie, me acuerdo de My name is Earl). Un concepto oriental al que se recurre asiduamente para justificar los acontecimientos personales, una forma de entender que cuando algo bueno ocurre es porque lo merecías y, por contra, cuando te pasa algo negativo es que has hecho méritos para merecer el castigo. Algo así como la causa y el efecto.

Si bien todos nuestros actos tienen su reflejo, unas consecuencias, es irracional considerar cada hecho consecuencia del anterior. Claro está que lo que nos viene, en el trabajo por ejemplo (enlazando con los cambios de los que hablaba hace poco) es un reflejo de nuestras acciones. No existe, lo creo con firmeza, ni un dios-juez ni una balanza, nada ni nadie, que determine cuándo merecemos recompensas, cuándo castigos.

A veces merezco el castigo. A veces lo busco.

Recuerdo el refrán "Somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios". Lo mismo para con nuestros actos.

Y todo esto porque el otro día hablaba con una vieja amiga que me decía que, nuevamente, su suerte había provocado el fracaso y la pérdida. Le contesté que no es la suerte, ni el destino ni nada que se le parezca. Que no es que esté escrito que todo le vaya mal. Puede que las cosas no le salgan como espera, pero eso no implica que sea su sino. Tampoco justifica el derrotismo ni la tendencia a la negatividad. Y como nos parecemos mucho, y tantas veces me he sentido como se sentía el sábado, le transmití consejos que yo mismo he recibido. La insté a cambiar de actitud. La empujé hacia la lucha.

Esta vida es así. No hay otra. Nos toca vivir. Sólo hay una salida para evitarla y no es, precisamente, la mejor opción.

24 de marzo de 2009

Vampiro

Ayer terminé de leer, por fin, la última novela de Francisco Casavella, ganadora del Premio Nadal 2008, Lo que sé de los vampiros. Una novela que compré con una idea sobre su contenido que cambió radicalmente después de la lectura de las primeras, no sé, 50 páginas quizá. Si pensé que se centraría en la expulsión de los jesuitas, donde parte la historia, me di cuenta enseguida que Casavella aprovechó un elaborado personaje para presentar la realidad del siglo XVIII, concretamente el final del mismo, los años que fueron transición a un Nuevo Mundo, como al final de la misma novela se refiere.

En líneas generales, se nos presenta la expulsión de la Compañía de San Ignacio de Loyola en España y el inicio de un viaje que llevará al protagónico, Martín de Viloalle, a la Roma papal, un mundo lleno de artistas, mecenas y estafadores, donde conocerá a un personaje que es pilar fundamental de toda la narración, Welldone. Con él viajará por toda Europa, visitará las cortes más emblemáticas, los hechos más significativos hasta que, de regreso a su tierra y, dada las circunstancias, termine en medio de la Revolución Francesa. Una época llena de cambios que el autor conoce a la perfección, relatando con todo lujo de detalles cualquier momento cotidiano relacionado limpia y coherentemente con los hechos históricos.

No contaré nada más, no pretendo reseñar el libro. Ni siquiera lo recomiendo. Así como me parece fascinante la cantidad de información que el fallecido Casavella poseía sobre la época, considero que el lenguaje empleado dificulta, a veces, la lectura. Pero sí quería dejar escritas algunas frases que marqué al leerlas, costumbre que mantengo desde hace unos años.

He aquí algunas de las frases que me gustaron, o tocaron, de Lo que sé de los vampiros:


- Con sólo pensarlo, una máscara había caído y en su lugar nacía la verdad, que en sí misma no es ni buena ni mala, pero requiere, para entenderla, cierta fortaleza de ánimo.

- Está escrito el morir, no hay duda. Pues que muera uno bien harto de gozosas embestidas.

- Los hombres siempre se quitan la vida por vergüenza. La vergüenza, ése es el veneno del tiempo. Pero la vergüenza se olvida, Martín. Olvidemos nuestra vergüenza como los demás nos olvidan a nosotros. Con el tiempo...

- Martín duda que fuera san Ignacio el autor de la frase "No ser abarcado por lo grande, sino contenido por lo más pequeño". Son palabras demasiados humildes para tan enardecido personaje.

- Los temores se vuelven rumores que se vuelven hechos: no hay nada como imaginar desgracias para crear las condiciones que las hagan realidad.

- Saben, contra lo que digan esos petimetres, que no es héroe quien muere por su bandera, sino quien hace que el enemigo muera por la suya.


Y nada más. Lo dicho, no hago ni reseña ni recomendación. Tan sólo dejar aquí las frases y, en pocas palabras, una reflexión. La misma que se hace casi al final del libro. En esta vida, cada cual tiene sus propios vampiros. Y yo, Martín, como el de Viloalle, no podía ser la excepción.

¡Hasta pronto!

20 de marzo de 2009

El 'Campañas'

Así me llaman ya, el "Campañas".

Tengo unas cuantas entradas pensadas, algunas pendientes de ser terminadas, otras que tan sólo son ideas.

El cambio marcó mi viernes. Cuando todo parecía seguir su curso habitual, la casi esperada noticia llegaba. Dejo, temporalmente, el puesto de trabajo que llevo ejerciendo desde hace cerca de tres años. La crisis, de la que todo el mundo habla aunque la mayor parte del tiempo se presente como un rumor, empieza a hacerse sentir. Continúan, por el pueblo, el cierre de fábricas; se oyen despidos y dramas familiares. Sigue sin tocar directamente a nadie de mi entorno, ni familiares, ni amigos ni siquiera conocidos. Yo sigo optimista, valga la paradoja, y mantengo que pronto vendrán tiempos mejores. Poco entiendo de economía y menos me he informado, así que nada puedo decir.

En Cuatrocaminos los efectos del fenómeno se manifiestan en el descenso de ventas. Un descenso palpable, aunque no preocupante. Primero fueron las no renovaciones de aquellos contratados temporalmente. Ahora llegan las reestructuraciones de los fijos. Sigo pensando que todo se trata de una técnica de proteccionismo en la que el objeto que se pretende cuidar no son ni los empleados ni los clientes, la lucha es mantener el beneficio. No importan demasiado las personas, ni las de fuera, ni las de dentro.

Como sea, el caso es que abandono, forzosamente y sin resistencia, mi lugar de trabajo. Mi pasillo ya no es mi pasillo. Mis libros ya no serán mis libros. Ya no hablaré con los proveedores, ni con los comerciales de las editoriales, ni estaré informado de las novedades y los lanzamientos. Ahora venderé muebles de jardín, pérgolas, tumbonas y hamacas. El cambio de sección, jefe y compañeros, no viene acompañado de mejoras. No cobraré más. No amplían mi jornada parcial a completa. No cambian, al menos por el momento, mi horario. Me alejan de mis apoyos emocionales, también de mis "enemies".

Veremos cómo me siento a partir de mañana, lunes.

Tengo una esperanza. Espero que el, en teoría, empeoramiento de las condiciones laborales se torne en positivo como una razón fuerte para centrarme por completo en el estudio, dedicar con ahínco el tiempo que queda hasta que la oposición comience de nuevo. Ojalá sea un aliciente para luchar de verdad, una vez por todas.

Echaré de menos los briefings matutinos, los comentarios sobre baile y bailarines, las recomendaciones literarias y fílmicas. Extrañaré a algunos compañeros. Y, sobre todo, hacer lo único que me gusta hacer en esta empresa.

Me dedicaré, sin entregarme como antes, a mis nuevas ocupaciones. Al final, son ellos los que pierden. Dejan al frente de mi sección a dos personas que no llegan a los niveles deseables, una por tener arraigadas unas pautas de comportamiento contraproducentes, la otra por su incapacidad personal y su falta de aptitud e interés. Desaprovechan el potencial que tantas veces han reconocido que poseo, para ponerme al frente de algo que cualquiera podría hacer. Y lo hacen por la confianza que me tienen, o eso dicen. Tendré que creerlo, puesto que llegada la Campaña de Texto, mi campaña, regresaré al puesto que nunca debí dejar, demostrando que la misma es mi cruz y que puede llevarla hasta donde me pidan. Pero ya lo he dicho, no voy a esforzarme ahora, ni por la campaña "del buen tiempo" ni, llegado el momento, la campaña "de juguetes".

Seré el "campañas", sí. Pero lo seré a mi manera. Ahora trabajaré con menos empeño, con menos dedicación, más desinteresadamente.

El cambio ha llegado, pero no esperan las consecuencias.

13 de marzo de 2009

Primera vez

El viernes pasado pensé que debía escribir esto. Todavía no había ocurrido nada, pero sabía que nuestra primera vez (juntos) sería especial. Sé que nunca olvidaré ese día. Lo pasamos genial. Desde muy temprano hasta entrada la noche.

El lugar escogido fue perfecto. La naturaleza ofrece formas espectaculares. El pueblo, pequeño, nos acogió rápido. Caminamos hacia nuestro destino. Una vez allí, hicimos lo que queríamos hacer, lo que habíamos planeado. Al principio estuve nervioso, mucho. La idea preconcebida no era cercana a la realidad. Sí lo eran los nervios. Imaginaba que, llegado el momento, me pondría histérico. Nada más empezar se me aceleró el corazón. Después con la repetición, ganando experiencia, logré alcanzar la calma, sin perder la excitación, pero disfrutando. No sé cuánto tiempo pasó, sólo que el goce fue general. Al terminar, supe que debíamos volver allí en otra ocasión. Volveré, espero.

Caminamos de nuevo hasta encontrar el lugar para celebrar (mejor, continuar celebrando), descansar y reponernos físicamente. Lo cierto es que la comida no fue suficiente para obtener una fortaleza aceptable para el resto del día. Quedé roto. No tengo costumbre. Aún esta mañana podía encontrar alguna molestia en mis articulaciones.

Por la tarde, antes de regresar a la Ciudad, hicimos una parada. El lugar no era tan especial como el de la mañana, pero se nos antojó apropiado. Caminamos, reímos, nos disfrazamos e, incluso, corrimos. Unas cuantas fotos inmortalizaron estos y los momentos previos. Creo que debimos tomarlo con más calma. El recóndito paraje exigió un esfuerzo físico que terminó de abatirme.

Ya en la Ciudad descansamos, nos duchamos, merendamos y nos preparamos para continuar. Queríamos alargar el día, hacerlo eterno o, como mínimo, más duradero. Una cena supuestamente exótica nos ayudó para vivir las últimas horas. Cenamos, bebimos, anduvimos, hablamos, reímos, contemplamos el mundo nocturno y la fauna que lo habita. La falta de costumbre, el cansancio y las obligaciones del día después, pusieron fin a la noche de fiesta. Nos retiramos. Empezamos algo que no terminaría hasta el lunes. Y dimos por finalizada la primera vez...

La primera despedida de soltero es sin duda especial. No siempre las primeras veces lo son, pero para mí (al menos) ha sido un gran día. Las "Covetes dels Moros" me impactaron, me aceleraron el pulso y, como digo, me rompieron. La subida a la montaña, disfrazado, me terminó destrozando. La ducha y la merienda supusieron, junto a la compañía, otro momento que no olvidaré. Y por la noche, pese a nos disfrutar de la fiesta como el resto de gente, me divertí (como la mayor parte del tiempo que pasamos juntos).

Lo pasé en grande... la primera vez.


Post entrada (o Post post, jeje): pensé escribir esta entrada para contrastar con el tono serio, melancólico, triste o negativo de la mayor parte del blog. Se me ocurrió que podía tener gracia. No sé si lo he conseguido, pero seguía apeteciéndome recoger aquí este acontecimiento. Escrito está.

10 de marzo de 2009

La "Conversación"

Tengo pendiente publicar una entrada. La tengo pensada desde el viernes, aproximadamente. Sé muy bien qué quiero decir, cómo quiero hacerlo y, si no la escribí entonces, es porque era necesario que algunos acontecimientos ocurriesen en la realidad, que pasasen desde mi pensamiento (o expectativa) al mundo real.

Ayer di un paso enorme. Puede que, desde fuera, nadie pueda verlo como tal. Sin duda, para mí fue decisivo. No me sorprende, he hecho cosas similares en otras ocasiones. La vergüenza estaba presente. Pero se me ofrecía seguridad y confianza plena, y pude avanzar. No lo he hecho solo, como de costumbre. Ya llegarán tiempos mejores.

No me arrepiento. Me alegro, totalmente. Es algo que quería hablar desde hacía unos meses. He tenido algunas oportunidades que desaproveché hasta que, finalmente, llegó el momento. "Lo he dicho" o "Se lo he contado" son frases que desde la tarde hasta hace unas pocas horas ocupaban, descontrolada y repetitivamente, mi pensamiento. Sigo inquieto. No he caído. Bueno, he tenido unos minutos de riesgo. A veces es tan sencillo dejar que ocurra, es imposible resistirse todo el tiempo.

Todo el mundo me ha notado distinto. Unos piensan que hoy estaba serio. Algunos que, quizá, mi semblante era resultado de la cita médica. Y no es una idea del todo alejada de la verdad. Unos pocos han pensado que sigo siendo muy raro y me hace gracia, no pueden imaginar que soy totalmente opuesto a como me presento ante ellos. La peluquería no es mi lugar favorito. Bueno, los que quedan ni siquiera se han percatado de mi seriedad. No importa, nada importa lo que piensen.

Tengo ganas de que pasen unos días; de observar con detenimiento las palabras dichas, las metáforas empleadas y, sobre todo, las respuestas recibidas. Tengo la sensación de haber dejado el diálogo a medias. Siento que falta algo, una pieza que complete y ponga punto al tema.

Tengo una extraña sensación.

No quisiera darle demasiadas vueltas al asunto. Quiero, de hecho, aprender a no pensar excesivamente, a dejar que las ideas fluyan, a parar de recrearme en los juegos de palabra, en los gestos, como si fuese poseedor de un conocimiento o capacidad superior que me permite obtener, con certeza, conclusiones fidedignas e irrebatibles. A veces las palabras no vienen acompañadas de connotaciones, tan sólo denotan su significado objetivo. Y mi tendencia, por si acaso existen dudas, es la de buscar obsesivamente todos los posibles mensajes ocultos. Lo peor, que no me quedo con eso, sino que de entre todas las posibilidades elijo, por inercia, la más negativa.

Esta vez es distinto. El proceso, el segundo de los procesos, deja ver claramente la evolución. No sólo me ha conducido a este encuentro sino que me ha otorgado herramientas para sobrellevarlo.

Además de las frases señaladas, mi pensamiento también ha insistido en la necesidad de una llamada para comprobar que todo está bien, que nada ha cambiado. Objetivamente puedo decir que sí ha habido un cambio, he superado (hemos superado, mejor) un límite que impuse hace ya demasiado tiempo. También he pensado en el abrazo que quise pedir y no reclamé. Al igual que con la llamada, detuve el impulso. Si quiero alcanzar la independencia de la que hablaba en otra entrada, debo superar estos comportamientos con aquellos de los que dependo.

En cualquier caso, estoy feliz. Nervioso todavía, pero feliz. Claro que, si esta entrada puede considerarse como una esperanza, no puedo obviar el miedo que nace inherente. Miedo a la pérdida, miedo a dar marcha atrás. Si a veces, quizá excesivamente, rememoro el pasado como un tiempo mejor (un pasado concreto, el universitario); no puedo, no obstante, olvidar que también he tenido años negativos que no quiero revivir, meses de distancia e incomunicación.

Mi deseo, que sigamos adelante, sin descanso, aunque con control, sin caer en la dependencia, sin buscar protección o cubrir carencias emocionales.

Al final no haré la llamada, por el momento. Igual si escribo un mail. En el fondo este texto es otro de esos impulsos. No puedo evitarlo. Por un lado, porque me gusta recoger estos pensamientos, estas circunstancias especiales, aquí en el blog (como prolongación de P,I. NE.). También, porque no puedo contener la necesidad. Lo peor, hoy no he estudiado.

4 de marzo de 2009

Caminar

Decidieron compartir melancolías,
soledades y fantasmas a la par,
miedos locos, tristezas y alegrías,
y juraron no engañarse nunca más.

Decidieron vadear el ancho muro
que separa la mentira del perdón
y revolcarse en el olvido hasta borrar
las heridas de una espina envuelta en flor.

Es mejor caminar
que parar y ponerse a temblar.
Es mejor caminar
que parar y ponerse a temblar.

Hoy la vida les sonríe, dios dirá
si el futuro les depara un buen color,
regalándoles otra oportunidad
de empezar con su pie bueno, ya van dos.

Y mil veces más tendrán que recorrer
la vereda más incierta y perdonar.
Mientras no les lluevan piedras les irá mejor que bien
ojalá que el sol no deje de brillar.

Es mejor caminar
que parar y ponerse a temblar.
Es mejor caminar
que parar y ponerse a temblar.

Y confío en que no olviden el infierno
y los motivos que les llevaron allí,
y que la vida no les guíe hasta lo negro
espiral de donde no hay forma de salir.

Y una lágrima es mayor que el mar entero
cuando el viento lleva a lomos la traición,
porque la vida se convierte en un invierno
tenebroso para dos.

Es mejor caminar
que parar y ponerse a temblar,
es mejor caminar
que parar y ponerse a temblar.


Hoy actualizo con una canción de Revolver, Es mejor caminar, perteneciente al álbum "Mestizo". Precisamente caminaba, de regreso de CuatroCaminos, cuando la han puesto en la radio. Tiene cerca de cinco años, creo, y la incluí en mi lista de canciones preferidas del grupo liderado por Carlos Goñi. Al escucharla me he acercado a realidades pretéritas. Lo malo es que, si hace unos años me sentía identificado con el espíritu del tema, todavía hoy sigo sintiendo la necesidad de caminar, de dejar de estar inmóvil y temblando. Además, dado que el otro día hablaba sobre la necesidad de vivir, vivir de verdad, me parece un buen acompañamiento musical para mis letras y propósitos.

No colgaré, por esta vez, un YouTube, no me convencían los vídeos que había.

Caminaré...

27 de febrero de 2009

Viviré

(...)Asimismo, hace un mes escribía "Vacío".
De cómo había desaparecido la chispa de la existencia.
Saber que vives porque no puedes controlarlo.
Vivir muerto ya(...)
Decepcionado, Julio '07.


Tengo que aprender a vivir.

Es duro abrir los ojos y descubrir la Verdad. Hasta ahora he hablado de mi fortaleza interior, de esa parte íntima y personal que ocultaba celosamente de los demás. Un castillo misterioso con mi yo más vulnerable, más sincero. Algo que me aleja ostensiblemente de la deseada normalidad. He gastado tanto tiempo y energía en construir esos límites, en distanciarme del mundo con el objetivo de protegerme, de refugiarme frente a los ataques o enfrentamientos, que no he sido consciente de que al mismo tiempo que dejaba tierra de por medio, me separaba voluntariamente de la vida.

Numerosos son los refranes y dichos populares que se refieren a la importancia de vivir el momento, de tener presente el Presente, dejar a un lado las preocupaciones de futuro y desterrar de la cabeza los malos acontecimientos del pasado. Yo he vivido, sin embargo y casi sin saberlo, constantemente en el pasado. Vivo, de hecho, sufriendo mis propios actos ante miedos (ahora) irracionales. Empleo demasiada voluntad a pensamientos innecesarios, a limitaciones personales, a mantener el control.

Me preocupo excesivamente por mis cosas, mi imagen (la imagen que doy y tienen los demás), mis actos. Me limito, me cohíbo, me encierro. Renuncio, inconscientemente, a la libertad. Lo hago porque concedo extrema importancia a mi entorno, a las personas que lo componen. Un ejemplo: al mantener una conversación, aún usando un registro que se adecúe al contexto, cualquier persona expondría su determinación, su opinión respecto al tema objeto de conversación; sin embargo, yo pienso con detalle qué palabras son las más adecuadas, qué opiniones las más correctas, con la única intención de pasar desapercibido, de evitar enfrentamientos o, más sencillo, no exponerme.

Existen, no obstante, momentos de libertad. Con los míos, casi siempre. Por ello, esos momentos son los que me hacen sentir realmente libre, totalmente normal y me acercan a la felicidad. Creo que ninguno conoce la verdadera magnitud de sus actos y palabras. Es un hecho indiscutible mi más que apreciable mejoría después de estar con alguno de ellos. Mi recuperación sistemática, diría.
Aunque todo tiene un lado negativo. En este caso es que cuando no estoy bien, cuando estoy ciertamente mal, me ablando, me achico, me vuelvo un niño esperando la protección paternal. Es algo momentáneo, en seguida recupero fuerzas y convierto (mejor, convertimos) el momento al placer.

Por ahora, seguiré adelante con la rutina. Debo centrarme en la oposición y dejar al margen los cambios, insignificantes o no. Me desenvuelvo bien en mi propio mar, aún con el inconveniente de vivir a la deriva. En unos meses podré tomar, por fin, decisiones encaminadas a mi propia satisfacción, mi búsqueda de la felicidad. Hasta entonces, y mientras no cambie mi realidad, identificaré miedos, aceptaré derrotas y errores, y sobremanera, fortaleceré mis esperanzas.

Tengo que aprender a vivir.