14 de abril de 2009

¿Naturaleza?

Yo también sé lo que es una madre. No sé qué se siente, no soy mujer; y, como hombre, todavía no he sido padre. Pero sí soy, como todo el mundo, hijo. Y como tal he experimentado la relación que existe entre progenitores y descendiente. Los que me conocen, saben a ciencia cierta que los míos no son un modelo a seguir, o si lo son, lo son como "no deben ser" o como ejemplo de lo que está mal.

Lo que sí está (verdaderamente) mal es lo que siento. Siempre que puedo afirmo que siento indiferencia, que quiero que llegue el momento de decir adiós para siempre. Aseguro tener ganas de cerrar la puerta, definitivamente. Digo no querer saber nada más. Pero tampoco en esto estoy siendo sincero. Quizá honesto a medias. Una parte de mí, una enorme, quiere poner un punto y final. Otra, aun pequeña, mantiene viva la esperanza.

Una cosa es lo que pienso y otra, muy distinta, lo que siento. Razonadamente son muchos los motivos que me llevan a tomar la decisión de acabar por siempre. Cualquiera podría entenderme. Muchos me alentarían a hacerlo. (Algunos ya lo hacen) Sin embargo, tengo miedo a ese momento. Y, peor, tengo cierta esperanza en que todavía, aunque parezca mentira, puede solucionarse.

Y lo siento, lo siento mucho. Me duele sentir así. Rabia. Rabia por mi indecisión. Ira por plantearme el olvido, la disculpa. A veces creo que sería más fácil si me pareciera un poco a ellos. Si, como ellos, hiciese como que nada ha pasado. Así se comportan, como si ninguna de las razones que nos distancian fuese real, como si el pasado no existiese o no se correspondiese con la realidad que recuerdo vívidamente. No quiero parecérmeles en esto, tampoco.

Hay algo que me arrastra, incontroladamente, a estar cerca. Como si existiese una gravedad que me convierte en un satélite que no puede alejarse del planeta al que pertenece. Como si los actos humanos, los errores cometidos, la decepción, la falta de cariño, no fuesen suficientes para acabar con la ley natural que vincula a hijos y padres.

Me viene a la cabeza esas personas que cuentan sus penurias en programas de tv (lamentables, por otra parte) y buscan a personas que al nacer les abandonaron, les dieron en adopción o casos similares. Y pese a todo tienen esa necesidad. No sé si puedo comprenderles. Mi situación es distinta. Parece que esa misma fuerza de atracción inevitable, les obliga a buscar y perdonar.

Y me cuestiono:
¿Tan grave es lo que me han hecho para alejarme?

¿Qué clase de persona sería si hiciese algo así?

¿Qué pensaría la familia, los conocidos, mis amigos?

¿Podría vivir con la culpa?

Y muchas más preguntas que terminan fomentando mis miedos ante la (inminente) realidad futura, acrecentando las dudas ante la necesidad de tomar decisiones, impidiendo concentrarme en lo que (ahora) importa, aumentando el sentimiento de culpabilidad y, además, impidiéndome dar el paso definitivo a la madurez.

Precisamente es eso, madurez. No sé si los sentimientos contradictorios se deben a la falta de madurez. Si es el niño (y, por tanto, la dependencia paterna) el que habla o es mi moral. No sé qué es lo que alimenta esa pequeña esperanza, si la necesidad o ése vínculo del que hablo. Si preguntase, cualquiera me diría que una madre es lo más grande, la persona más importante de la vida de cualquier persona. Yo contestaría que siempre hay una excepción. Y no me equivocaría. Lo que no tengo seguro es si habla mi resentimiento, mi odio o mi dolor, y no mi razón.

Es difícil. Es muy difícil porque soy parte. No puedo ser objetivo. No sé si cuando razono, pretendo o razono realmente. Quizá no importe, sólo importe lo que siento, lo que es mejor para mí. Es algo, una decisión, que tendré que tomar en su momento. Intentaré hacer lo mejor que pueda. Espero saber discernir y elegir la opción correcta. Hasta entonces, procuraré centrarme y pensar lo necesario.


Siempre digo que debo centrarme, pero sigo en las misma... ¿No tengo remedio?

1 comentario:

  1. El diablo te tienta con pensamientos peregrinos. El sendero se bifurca por el ancho mundo. No podemos tomar todos los caminos. Pero el río sigue su curso sin preguntar y sin dudar. Cuando el caminante llega a un pueblo, se para a pernoctar. El río sigue día y noche, tranquilo o violento, seco o desbordado. El caminante se sienta un día y no se levanta más. El río nunca cesa, a no ser porque su madre Tierra se lo mande.

    El diablo te ha puesto pensamientos divergentes para que no te concentres. Ejercita la concentración. Calla la voz de tu pensamiento. Piensa (alguna vez) en tercera persona y contémplate a ti mismo durante un rato. Luego vuelve a ti, pero no tengas esa conciencia verbal sobre ti, siente sin palabras. Calla al diablo.

    Un abrazo.

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