Ayer terminé de leer, por fin, la última novela de Francisco Casavella, ganadora del Premio Nadal 2008, Lo que sé de los vampiros. Una novela que compré con una idea sobre su contenido que cambió radicalmente después de la lectura de las primeras, no sé, 50 páginas quizá. Si pensé que se centraría en la expulsión de los jesuitas, donde parte la historia, me di cuenta enseguida que Casavella aprovechó un elaborado personaje para presentar la realidad del siglo XVIII, concretamente el final del mismo, los años que fueron transición a un Nuevo Mundo, como al final de la misma novela se refiere.
En líneas generales, se nos presenta la expulsión de la Compañía de San Ignacio de Loyola en España y el inicio de un viaje que llevará al protagónico, Martín de Viloalle, a la Roma papal, un mundo lleno de artistas, mecenas y estafadores, donde conocerá a un personaje que es pilar fundamental de toda la narración, Welldone. Con él viajará por toda Europa, visitará las cortes más emblemáticas, los hechos más significativos hasta que, de regreso a su tierra y, dada las circunstancias, termine en medio de la Revolución Francesa. Una época llena de cambios que el autor conoce a la perfección, relatando con todo lujo de detalles cualquier momento cotidiano relacionado limpia y coherentemente con los hechos históricos.
No contaré nada más, no pretendo reseñar el libro. Ni siquiera lo recomiendo. Así como me parece fascinante la cantidad de información que el fallecido Casavella poseía sobre la época, considero que el lenguaje empleado dificulta, a veces, la lectura. Pero sí quería dejar escritas algunas frases que marqué al leerlas, costumbre que mantengo desde hace unos años.
He aquí algunas de las frases que me gustaron, o tocaron, de Lo que sé de los vampiros:
- Con sólo pensarlo, una máscara había caído y en su lugar nacía la verdad, que en sí misma no es ni buena ni mala, pero requiere, para entenderla, cierta fortaleza de ánimo.
- Está escrito el morir, no hay duda. Pues que muera uno bien harto de gozosas embestidas.
- Los hombres siempre se quitan la vida por vergüenza. La vergüenza, ése es el veneno del tiempo. Pero la vergüenza se olvida, Martín. Olvidemos nuestra vergüenza como los demás nos olvidan a nosotros. Con el tiempo...
- Martín duda que fuera san Ignacio el autor de la frase "No ser abarcado por lo grande, sino contenido por lo más pequeño". Son palabras demasiados humildes para tan enardecido personaje.
- Los temores se vuelven rumores que se vuelven hechos: no hay nada como imaginar desgracias para crear las condiciones que las hagan realidad.
- Saben, contra lo que digan esos petimetres, que no es héroe quien muere por su bandera, sino quien hace que el enemigo muera por la suya.
Y nada más. Lo dicho, no hago ni reseña ni recomendación. Tan sólo dejar aquí las frases y, en pocas palabras, una reflexión. La misma que se hace casi al final del libro. En esta vida, cada cual tiene sus propios vampiros. Y yo, Martín, como el de Viloalle, no podía ser la excepción.
¡Hasta pronto!
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