Son numerosas las veces que he pensado en esta entrada. He dado vueltas y vueltas a las ideas que quería expresar. Pensé hacer un resumen de lo acontecido. También narrar los hechos desde la emoción. No me decidía en ser o no objetivo. Tampoco en si contar todo el día o sólo los hechos que más disfruté. Al final, sin determinación alguna, sírvanme estas líneas como homenaje a uno de los días más importantes de la vida de dos de las personas más importantes de la mía.
Si en la Primera Vez hablaba de la despedida de soltero, lo siguiente no podía ser otra cosa que escribir sobre la Boda. Llevo meses hablando de ello. Bromeando con el título de la película que protagonizasen Julia y Cameron. Sólo por el título de la misma. Tanto he hablado de la sorpresa que les estábamos preparando a los novios, que comprendería que algunos compañeros de trabajo estuviesen deseando que llegase el día del enlace y cambiásemos de tema, definitivamente. En mi favor diré que el acontecimiento era para mí importante por muchas razones. Por encima de todas, la importancia que les concedo a los dos en mi existencia.
Cuando pienso en la mañana del sábado 21 de marzo, recuerdo la tensión que sentía al pensar que no llegaría a tiempo. No quería perderme nada, quería estar a su lado en todo momento. Recuerdo reírme al pensar en mi tendencia a exagerar las cosas. Es mi forma de sentir, no tengo otra. El caso es que llegamos a tiempo. No pude colocarle a él su prendido, las circunstancias lo impidieron. Pero sí participé junto al resto de amigos en la sesión fotográfica.
La siguiente imagen que retengo es, ya en la iglesia, la entrada de ella. El total de los presentes contemplamos la llega de la radiante (nunca mejor dicho) novia, acompañada de su (emocionado) padre. Miré al altar y vi a la madrina al borde de las lágrimas, luchando por mantener la compostura. A su lado, nervioso y con la boca seca, esperaba él, impaciente. Es, quizá, el momento más emotivo del día. Puede que ellos no puedan elegir un instante concreto. Yo me quedo, sin ninguna duda, con esta visión. Me emocionó ver el encuentro. A su paso, sólo pude decirle repetidamente "guapa". Pensándolo, ahora, no sé qué imagen pude dar. Pero hice lo que sentía. La veía, como digo, radiante.
Otro momento, pero menos importante, fue al leer las preces (o peticiones). No sé si se notó lo nervioso que estaba. No importa demasiado. Sí puedo afirmar lo orgulloso que me sentí por haber sido elegido para ello. Intenté mantener la calma. Mejor, intenté encontrar algo de calma. Les miré, a los cuatro, al finalizar cada frase. No puedo decir cuánto tiempo mantuve la mirada. Pero puse intención, al menos.
El cuarto momento memorable es el de la entrega de la sorpresa. Llevábamos tiempo preparándola. No era más que un detalle, una muestra de afecto. Y creo que así fue entendida por los novios y demás invitados. Me quedo con las frases de él y ella al abrazarnos. Y me las reservo para mí. Dicen que "la intención es lo que cuenta". Pues eso. Y, siendo objetivo, el resultado final estuvo bastante bien.
Si hay otros hechos que no olvidaré nunca, son los pequeños detalles que me tocaron directamente el corazón. Aquellas pequeñas cosas, como decía la canción de Joan Manuel. Desde gestos que me abrazaban y transmitían calor, a palabras que me emocionan, todavía. Las muestras de cariño, la atención recibida, el interés demostrado, los abrazos y las palabras, me hicieron sentir, de verdad, especial. Y ella, la madre del novio, se encargó de que lo supiese, recordándomelo insistentemente. Me sentí, más que nunca, parte de la familia.
Y es así como recordaré este día. El día del enlace matrimonial de dos personas a las quiero, a las que necesito y a las que siempre consideraré (como llevo años haciendo) parte de mi familia del alma (expresión que utilicé habitualmente en P,I. NdE.). Un día marcado por un Enlace que, personalmente, estuvo repleto de pequeños enlaces y conexiones.
Gracias, amigo.
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