Muchas veces lo siento así. Creo que merezco lo que me ocurre. Empiezo a pensar y concluyo, siempre, con la misma reflexión: es mi culpa.
Culpable por mantener determinados pensamientos. Culpable por permanecer impasible. Culpable por no cambiar algunas de mis ideas. Culpable por no aceptar las cosas como vienen y esperar que vengan como quiero. Culpable, también, por resistirme frente al avance, lo nuevo. Culpable, además, por alimentar las esperanzas y crear nuevas expectativas, ésas de las que hablo frecuentemente. Y culpable por resignarme.
Me viene al pensamiento la idea del karma. (Y pese a no haber visto nunca la serie, me acuerdo de My name is Earl). Un concepto oriental al que se recurre asiduamente para justificar los acontecimientos personales, una forma de entender que cuando algo bueno ocurre es porque lo merecías y, por contra, cuando te pasa algo negativo es que has hecho méritos para merecer el castigo. Algo así como la causa y el efecto.
Si bien todos nuestros actos tienen su reflejo, unas consecuencias, es irracional considerar cada hecho consecuencia del anterior. Claro está que lo que nos viene, en el trabajo por ejemplo (enlazando con los cambios de los que hablaba hace poco) es un reflejo de nuestras acciones. No existe, lo creo con firmeza, ni un dios-juez ni una balanza, nada ni nadie, que determine cuándo merecemos recompensas, cuándo castigos.
A veces merezco el castigo. A veces lo busco.
Recuerdo el refrán "Somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios". Lo mismo para con nuestros actos.
Y todo esto porque el otro día hablaba con una vieja amiga que me decía que, nuevamente, su suerte había provocado el fracaso y la pérdida. Le contesté que no es la suerte, ni el destino ni nada que se le parezca. Que no es que esté escrito que todo le vaya mal. Puede que las cosas no le salgan como espera, pero eso no implica que sea su sino. Tampoco justifica el derrotismo ni la tendencia a la negatividad. Y como nos parecemos mucho, y tantas veces me he sentido como se sentía el sábado, le transmití consejos que yo mismo he recibido. La insté a cambiar de actitud. La empujé hacia la lucha.
Esta vida es así. No hay otra. Nos toca vivir. Sólo hay una salida para evitarla y no es, precisamente, la mejor opción.
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