27 de noviembre de 2010

Resaca

Después de todo lo que conté en la entrada anterior, ayer intenté que la tristeza no durase mucho tiempo. Quise impedir una caída emocional. Aproveché que las circunstancias trajeron una llamada telefónica (que llegaba con retraso) y decidí cumplir con una promesa anoche mismo. Así que pasamos la tarde escogiendo comida, planeando la preparación, la distribución, teniendo en cuenta los gustos de nuestros invitados. Por fin, y después de varios intentos fallidos, vendrían a cenar los únicos que permanecen en mi mundo tras cerrar la fase de Cuatrocaminos. 

Pensé que me sentaría bien distraerme recordando momentos vividos, conociendo las novedades más interesantes de los últimos meses en los que yo no estaba, criticando a los de siempre y, sobre todo, poniéndonos al día con lo último de nuestra vida personal. Porque si hay algo que nos une no es haber compartido un lugar de trabajo. 

Han pasado meses desde la última vez que tuvimos conversaciones como las de anoche. Y aunque podría decir que todo sigue igual, sé que no sería absolutamente cierto. Las personas tenemos momentos mejores y peores, todo el mundo lo sabe. Estas personas no están pasando por uno de los buenos. Me tienen acostumbrado a eso, pero esta vez, aun tratando de no demostrarlo demasiado, vi desconcierto y preocupación en unos ojos, tristeza y cansancio en otros y, en los terceros, mucha ansiedad. No creo que los acontecimientos sean tan graves como para pensar en graves consecuencias. Más bien todo lo contrario, un pequeño bache en una vida más o menos ordenada (al menos en los dos primeros). En la tercera, es cierto, las cosas vienen de atrás y todavía permanecerán durante unos meses o algún año, no sé. Pero, en este caso es algo inevitable. Lo superará, sin duda.

Pero no me encuentro en este estado por las noticias recibidas, más cuando digo que casi no hablaron de estas cosas, sólo las pude identificar en algunas frases y, sobremanera, en sus gestos. Estoy así porque comí bastante, y no eran horas. Cuando me acosté, además de cansado y con la cabeza cargada, me notaba empachado. Supongo que más por la comida fue que volví a beber oro líquido. No he dejado este vicio, pero sí he cambiado sustancialmente mi hábito de consumo. Ahora casi nunca bebo y, cuando lo hago, casi no puedo beber dos vasos seguidos.

Pero ayer era un día difícil. Fue uno de esos días en los que, cuando volvía caminando del trabajo, paraba en el mismo kiosco a comprar la botella más grande de este líquido. Entonces bebía porque estaba triste, con pocas ganas de hacer nada, con muchas ganas de rendirme. Ya el jueves di el primer paso para volver a ser el mismo de entonces. Tuve control. Anoche no. Tampoco es que bebiera más que nunca, para nada. Es sólo que he perdido la costumbre. 

No obstante, más allá de la posible (o poco creíble) resaca física por consumo de un refresco cola o por engullir bastantes alimentos, tengo resaca emocional. Demasiadas emociones en un mismo día: el concurso perdido, la apuesta laboral perdida, la ausencia de noticias y retos, las fechas en las que estamos, los últimos acontecimientos familiares, mi dolor ante la incertidumbre de algunas cosas importantes, las conversaciones que necesito tener y cuando las tengo en lugar de ofrecerme calma espiritual me producen mala conciencia, el sentimiento de culpabilidad que nunca me da tregua, los problemas de los que me importan, las circunstancias irremediables, mi tradicional acomodamiento en la mierda afectiva, mi inacción, mis quejas constantes, el desánimo actual y, otra vez, la culpa. 

Quisiera explicarme mejor, identificar con claridad y transmitir lo que me pasa, los elementos que me han dejado la sensación de resaca. Pero parece que sigo sin cumplir con ninguno de los tres argumentos de la plegaria de la serenidad. Ni acepto lo que no puede cambiar, ni tengo valor pues soy un cobarde, y, lo peor, no distingo entre lo que puede y no puede cambiarse. Siempre dudando, siempre inseguro, siempre culpable.

Lo dejo aquí porque esta entrada no es más que una manifestación de mi autocompasión. O quizás no.

P.D. Según blogger esta es mi entrada 100. No es del todo cierto, pues tengo un par creadas que no llegué a publicar y siete u ocho que son borradores o títulos para futuras entradas. Así que esperaré a celebrar el honor de haber llegado a mi centésima entrada cuando sea totalmente cierto.

26 de noviembre de 2010

De turbación y desesperanza

Hace casi un mes publicaba De ilusiones y miedos. Sólo han pasado unas semanas, pero a día de hoy ya hay respuestas para todos los interrogantes de aquella mañana. Y el resultado titula esta nueva entrada.

En primer lugar hablé de una pequeña oportunidad que quise aprovechar. Era, como advertí, algo con poca importancia, pero yo se la concedí por dos motivos: el posible premio me apetecía considerablemente y la ilusión de participar y optar a éste. No he ganado, ni siquiera sé si habré estado cerca. También es cierto, como señalé, que me decidí a última hora, no dediqué tiempo, lo hice porque quería participar pero no sabía cómo. Luego está el tema del talento o carencia del mismo. No creo que el resultado refleje esta aptitud, quizá sí y esté equivocado. Sea como sea, no ha podido ser. ¿Otra vez será? No sé si habrá otra vez...

A continuación, me referí a un nuevo reto. Éste sí que lo cogí con gran entusiasmo. Me parecía un privilegio. Sentía que tenía una gran responsabilidad, aunque no sabía sobre qué era responsable. En pocos días cumplí con mi cometido, lo envíe y recibí la ansiada respuesta. Eso sí, como tantas veces, no recibí la que esperaba. Se me agradeció el esfuerzo, se mi hizo partícipe del resto del proceso, se me invitó a estar al tanto de las novedades,... pero no se me dijo nada más. Ya no he vuelto a tener contacto con las personas que me ofrecieron esta ocupación. Tal vez no pasé la prueba; tal vez ni siquiera fuera una prueba. Sea como sea, espero recibir un nuevo reto pronto; no me importa que el resultado sea el mismo que la vez primera.

En tercer y último lugar, indiqué que no todo era bueno y que, como muestra, esa misma semana que parecía llena de oportunidades (e ilusiones) vino acompañada de un miedo. Hablaba de una prueba que tenía que pasar para conseguir el mil veces mencionado nuevo destino. Al final tomé una decisión y recibí una contestación pocos días después. El resultado, creo haberlo dicho ya, fue negativo. Sin embargo lo tomé bien, pues no estaba tan seguro de la decisión que había emprendido y, además, todavía había tiempo. El problema es que las semanas han pasado y sigo en la misma situación. Sabía que podía pasar, que era evidente. Esta semana me vi en la misma tesitura, volví a hacer listados de pros y contras, a pasar nervios, a mostrarme inseguro, a necesitar que pasasen los días para que ocurriese lo que tenía que ocurrir, fuera cual fuese mi decisión. Ésta fue no hacer nada, dejar pasar esta oportunidad y esperar mi turno. Estaba tan cerca que aun sabiendo lo que había pasado la semana anterior, estaba convencido de que esta vez sí me acompañaría la suerte. Sea como sea, tampoco ha podido ser.  

No obstante, también tenía esperanzas. Ahora mismo ya no las tengo. He estado dos veces rozando con mis manos el preciado momento y en ambas ocasiones he visto alejarse el cumplimiento de mi anhelo.

En unos días empezamos diciembre y, con él, llegamos a Navidad. Nunca me han gustado estas fiestas. Tengo muchas razones que lo justifican. Las del año pasado no fueron tan malas como las anteriores, quizás por el cambio de espacio. Este año tengo nuevas razones para poder, al menos, disfrutarlas. Sólo espero que los últimos acontecimientos familiares y laborales no terminen de fastidiar mi estado anímico y me convierta, una vez más, en la peor de las compañías.

Me despido por ahora con un halo de tristeza que sólo mostraré aquí. Nada cambiaré repitiéndome en mis quejas. Pero no lo hago por no ser cansino, sino porque no me apetece escuchar las frases que todo el mundo me repite continuamente. Puede que no les falte razón, pero una cosa no quita la otra. Hoy, y ante las circunstancias, estoy decepcionado, turbado y desesperanzado.

24 de noviembre de 2010

Sueños

Llevo más de una semana así. Cierro los ojos, los abro y me veo en otro escenario. No es un lugar desconocido, al contrario. De hecho, el otro día lo visité, rápidamente, sin mucha ilusión o motivación. Tanto que salí tan veloz como pude. No es que me traiga malos recuerdos, algunos están ahí, pero son poco importantes. Tampoco, creo, será porque lo echo de menos. Cuando me marché, juré no volver jamás. Y esto no es la primera vez que lo he llevado a cabo. Podría decirse que a lo largo de mi existencia he ido dejando aparcados escenarios y personas según iban pasando las distintas fases vitales. Tampoco es algo que haga voluntariamente. Ocurre, sin más. Evidentemente existe alguna explicación; y ésta está relacionada con mi forma de actuar o, directamente, de ser. Sea como sea, es una realidad innegable.

Sin embargo, como digo, vuelvo esta vez al lugar. Es mi primer día de regreso. Me encuentro con rostros conocidos, hablamos, compartimos el resumen de lo acontecido en este año y pico que hemos dejado de compartir. Y me pongo a trabajar. Y estoy tranquilo, feliz tal vez. Como si el último año no hubiese existido o, peor, como si no hubiese sido relevante. Por supuesto, es todo lo contrario. No lo entiendo, cuando reflexiono sobre ello; mientras ocurre, lo disfruto incluso. 

Insisto, no creo que sea porque lo echo de menos. Sí, es verdad, hace unas semanas, al estar frente a la entrada principal y divisar desde la distancia ciertos lugares y personajes, sentí cierta nostalgia. Pero no pensé en que quería seguir formando parte de aquello, al contrario, sentí que una vez fui parte de algo que ya no importaba nada en absoluto. Pensé en los años compartidos con aquellas personas que se habían convertido en pocos meses en desconocidos a los que saludar forzosamente para mostrar educación. Y recordé cuántos esfuerzos realizaba para integrarme. Y sé que ni siquiera llegué a tocar con la punta de mis dedos la ansiada integración. Al final, nunca fui uno más, sólo alguien en paralelo. 

La novedad o, mejor, lo extraño es la presencia de personas que conocí allí y, como yo, se bajaron del barco antes de mí. Es posible que a estas personas sí las extrañe. Tengo que admitir que en mi estancia siempre fueron mejores los que estuvieron de paso, que los permanentes. Sí, algunos de los segundos también fueron importantes, también permanecen en mi vida. Pero fueron los primeros los que mejores momentos me dieron. Además, siempre agradecía a la suerte que vinieran poco a poco, teniendo siempre, en cada estación, la compañía perfecta. 

Pero más extraña es la presencia de personas que son más ajenas a este lugar. Personas que ni siquiera han pasado unos minutos por él, dado que viven a kilómetros de distancia. Sólo lo justifica el hecho de que en este caso sí les echo de menos, sí me hacen falta, sí los trae mi memoria a diario. Y aunque, hoy por hoy, me alegro de ello, pienso que sería mejor empezar a olvidar. Olvidar, porque es lo que siempre he hecho. Olvidar, porque sería lo menos doloroso, porque es preferible. Porque, lo más probable sea que nunca más nos encontremos.

Pero, como tantas veces, no está en mi mano elegir. Dejaré que sea el tiempo el que decida el momento en el que ya no tenga tan presentes a los ausentes. Mientras tanto, seguiré esperando novedades. No debe de quedar mucho para que se cierre una etapa y comience la siguiente. Ésta se cerrará como pasó con las precedentes, la nueva me llenará una vez más.

¿Y cómo no me voy a levantar cansado si me paso la noche trabajando en Cuatrocaminos y hablando con tanta gente?

22 de noviembre de 2010

Regalos

En un correo de ayer La Más Grande (apodo que le di a una buena compañera de trabajo y amiga) me halagaba con una frase cariñosa. No es la primera vez y, seguro, no será la última. Tampoco es la primera vez que tengo que decirle que no sea tan humilde y recordarle que ella sí que vale. Por algo es La Más Grande.

El caso es que releyendo algunas de las entradas que empiezo y no termino, o que titulo esperando más tarde tener tiempo para darle forma, o que simplemente no les llega el momento, he encontrado varios fragmentos de la obra que hablaba en la entrada Walkabout. Fragmentos que señalé con su lectura y que dije que volvería a ellos con algunas entradas y reflexiones de temática diversa, dado que la autora, Marlon Morgan, recogía bastantes temas.

He aquí el fragmento en cuestión:

Un regalo sólo es un regalo cuando das a una persona lo que ella desea, y deja de ser regalo cuando das lo que tú deseas que tenga. Un regalo no obliga a nada. Se da sin condiciones. Las personas que lo reciben tienen derecho a hacer con él lo que quieran: usarlo, destruirlo, regalarlo, lo que sea. Es suyo, sin condiciones, y el que lo da no espera nada a cambio. Si no se corresponde con estos criterios, no es un regalo y debería clasificarse de alguna otra manera.

Pero también recordaba a personas de mi país que hacían regalos constantemente y ni siquiera eran conscientes de ello. Son personas que te ofrecen palabras de aliento, que comparten sus anécdotas contigo, que ofrecen a los demás un hombro en el que apoyarse o que, simplemente, son amigos que no te fallan jamás.

El párrafo importante, ahora, es el segundo. Se refiere a personas que son un regalo. Por suerte he encontrado unas cuantas a lo largo de mi existencia. Algunas todavía permanecen a mi lado, otras sólo estuvieron en un momento concreto, pero siempre el adecuado. Y aunque puede la que la mayoría de las entradas que escribo sean tristes, o expresen odio, o sean de tintes negativos, también tengo un lado menos malo. A veces, sólo a veces, (intento) soy positivo. Y además, aunque no lo diga tantas veces como debería, estoy agradecido a cada una de esas personas que han sido y son un regalo en mi vida.

Luego están las personas que son regalos no sólo para mí, sino para cualquier persona. Éstas son difíciles de encontrar, pero existen. Cuando encuentres una, no la pierdas. O, al menos, haz como yo: intentarlo.


21 de noviembre de 2010

Decisiones

Últimamente las circunstancias me obligan a tomar decisiones. Supongo que es lo normal; así son las cosas. El problema (y tratándose de mí siempre tiene que existir uno) es que soy una persona dependiente. No he alcanzado la autonomía necesaria e inherente a los adultos. Si bien no todos los adultos alcanzan el mismo grado de madurez, en mi caso es más que obvio que no sé enfrentarme a distintas pruebas. Como tantas veces, me bloquea el miedo. Y, como la mayor parte del tiempo, se trata de miedo a la pérdida.

No hace mucho comentaba en algunas entradas las decisiones que había emprendido en el ámbito laboral. Seguía (y sigo) a la espera de mi destino. Eso sí, surgieron las oportunidades y con ellas las dudas, la valoración de todas las variables, los nervios y la necesidad urgente de tomar una u otra decisión. En las ocasiones previas, dada mi desesperación, tomé la vía de la suerte, jugué las cartas que disponía y dejé que fuera el azar el que decidiese por mí. Claro está que al probar suerte ya estaba tomando una decisión.

Y esto último es aplicable a las ocasiones, como estos días, en las que no hago nada. Al no hacer nada, estoy teniendo una actitud ante la coyuntura. Es una respuesta más. Es, sin duda, la manifestación de mi decisión. Y al haber decidido, la acción de no hacer nada recibe una reacción. No siempre sé si soy consciente de lo que traen consigo mis decisiones, sobre todo, cuando las decisiones son no mover un dedo.

Siento esto porque me cabrea recurrir a la vía fácil. Es fácil no hacer nada, seguir escondido en mi pecera, disfrutar de mi nueva situación, de la compañía de mi mujer y de las visitas y llamadas de mis amigos. Es lo más fácil, por supuesto. Desde aquí no tengo que enfrentarme directamente a nada y a nadie. No tengo que vivir situaciones presumiblemente desagradables ni mantener conversaciones que sé de antemano serán tensas, evitando, por tanto, los momentos menos confortables de la vida.

Ya hablaba en la entrada anterior sobre la cobardía que me caracteriza. Imagino que los pensamientos de esta tarde están profundamente relacionados. No puedo evitarlo. Me siento culpable. Sé que no soy el único que ha conducido las cosas hasta su estado actual, que no soy responsable. Pero eso no justifica que mis decisiones, aunque únicamente sean dejar pasar las horas y los días, sean las correctas. De hecho, probablemente sean malas decisiones, no sé si las peores, pero no positivas para nadie, ni siquiera para mí mismo.

Llegará el punto en el que sea inevitable mover ficha, en el que obligatoriamente tenga que emprender acciones reales, dejando atrás estos tiempos en los que me basta con ignorar determinados hechos, en olvidar momentos o distraerme con la lectura y mirar películas y mis queridísimas (y necesarias) series. Llegado este punto, actuaré. Por ahora, pese a mi sentimiento de culpabilidad y mi rabia ante esta actitud, parece que seguiré refugiándome.

Como es de imaginar, llevo varias líneas refiriéndome a mi situación familiar. La entrada anterior fue inevitable, necesitaba decir cosas que no digo. Al fin y al cabo, sacar sentimientos de dentro es uno de los motivos más fuertes que me llevaron a escribir y, posteriormente, crear H&F. Pero, además de la determinación de no hacer absolutamente nada y dejar correr el tiempo, tengo que tomar otro tipo de decisiones. Éstas están relacionadas con lo que decía al comienzo, mi situación de espera de destino profesional.

Ha surgido una nueva oportunidad. No es la mejor que se me ha presentado. Las dos anteriores eran bastante preferibles a ésta última, pero no pudo ser. No me llegó el turno y, en el fondo, siendo sincero, sentí que era mejor así. De hecho, sí probé suerte fue para no arrepentirme más tarde, pero para nada estaba convencido. Por ello, como digo, fue un alivio que en sendos casos encontrase una negativa.

Ahora, la situación es peor que antes. Peor porque ha pasado tiempo y, aunque estoy mucho más cerca de mi turno para elegir lugar de trabajo, es posible que en lugar de esperar una semana más tenga que esperar varios meses. Se explica por las fechas en las que estamos, con un puente a tiro de piedra y unas fiestas navideñas que se están haciendo presentes progresivamente. Lo lógico sería que la semana próxima llegase el esperado día. Pero a la vista de lo acontecido esta semana, nada es seguro.

Lo único bastante probable es elegir lanzar los dados y con ellos decidir mi destino laboral del resto del curso. Y, aunque no sea tan bueno como las dos oportunidades anteriores, tampoco estaría renunciando a un paraíso. De hecho, tengo algo aceptable en una mano y algo incierto en la otra. Ayer estaba casi convencido de quedarme con el pájaro capturado y dejar de fantasear con los ciento volando que planean en mi cabeza. Hoy, sin embargo, y para aumentar mi intranquilidad actual he pensado que prefiero esperar y comprobar qué me ofrece el devenir la semana próxima. Eso sí, tampoco tengo la absoluta certeza de haber tomado ya una decisión firme. Todavía tengo dos días para pensar qué haré y es muy probable que los pase dudando.

Y, como decía, soy dependiente. Necesito de la opinión ajena para tomar mis propias decisiones. Así, cuando paso por situaciones como ésta, pregunto a varias personas qué opinan, qué creen que debería hacer. No quiere decir que finalmente hago lo que me dicen, sólo me deja más tranquilo saber que tengo apoyo pase lo que pase, haga lo que haga, incluso cuando no hago nada.

Seguiré tomando decisiones y, como un hombre, daré la cara antes las consecuencias que vengan, independientemente de si tienen cariz positivo o negativo. Eso sí, no prometo estar tranquilo ni que no me arrepentiré ni que no me quejaré. Estas cosas parecen, hoy por hoy, parte ineludible de mí.

19 de noviembre de 2010

Cobarde

Cobarde. Siempre he sido un cobarde. Cobarde por bajar la cabeza y dar la espalda, por no decir cómo me sentía, por no contestar, por callar y otorgar.

Hubo una época en que no podía callar. No había dejado de ser cobarde, pero hablaba o, mejor, gritaba. Atacaba a todos y cada uno de los que me herían. Me defendía con ira, gritos, violencia verbal, portazos y rabia. Pero llegó un día en que no aguantaba más, no podía seguir con esa actitud. No porque no fuese adecuada (que no lo era) sino porque el efecto que tenía sobre mí era peor que seguir siendo cobarde. Y de hecho, ni gritando ni discutiendo dejaba de serlo, pues esa actitud demostraba mi cobardía, mi miedo y mi no saber cómo actuar.

Así, con esta experiencia, tomé una decisión: ser indiferente; en realidad, manifestarme indiferente, mostrar que todo me daba igual cuando obviamente no lo era. Obvio para mí, pues las personas que vieron mi cambio lo admitieron como síntoma de mejoría. Pero callar, pasar de discutir, evitar enfrentamientos no hacía sino empeorar las cosas. Tanto que ahora han olvidado los hechos e incluso yo también confundo las cosas.

Pero no vengo a escribir de ellos en general, vengo a hablarte a ti en concreto; a ti, aunque sepa que no me vas a leer, aunque sé que no te enviaré un mensaje de texto como los tuyos, aun sabiendo que no enviaré el email que he pensado sería tu mejor contestación. Y vengo a escribir porque prefiero sacarlo aunque sólo sea por escrito, aquí, en mi rincón. No sé cuánto tiempo más debe pasar para que sea capaz de mirarte a la cara y contestarte. No sé siquiera si llegará ese momento.

Como sea, ahí van algunas respuestas a tus preguntas y ataques:

- Me parece muy bien que des un paso como el que diste ese miércoles de julio. Lo que no me parece justo es que utilices una excusa para justificar tu acto. Si quieres hacerlo, hazlo con sinceridad.

- No existe posibilidad alguna de mejorar nuestra relación. Sólo puede mejorarse algo que existe. En nuestro caso sería construirla desde un principio. Y llegas, como sabes aunque no lo admitas, más de veinte años tarde.

- No puedes justificar la situación echándole la culpa a los otros porque, aunque puede ser que la tengan en un gran porcentaje, tú nunca has hecho nada para cambiarlo e, incluso, sí has hecho cosas que la empeoraban.

- No digas que admites tus errores si a continuación los relacionas con los míos. Sí, yo he hecho muchas cosas mal, por supuesto. Sí, yo también debería reconocerlas. Pero, una cosa no cambia la otra. Acepta lo que has hecho mal y pide perdón por ello, o déjalo en el pasado.

- No, que te quede claro, no justifican tus faltas la edad que tenías. Porque vale que siendo un crío no eras consciente de lo que decías y hacías, pero es que las cosas que nos separan no son únicamente las de la niñez. Vale que entonces no te comportabas como un buen hermano, pero podías haberlo cambiado al hacerte mayor. Sin embargo, aun siendo mayor que yo, no sólo no ayudaste en nada sino que lo hiciste peor. Tus palabras, nuestras discusiones, tus gritos y tu violencia ya no venían desde la ingenuidad de un niño, sino de la rabia de un joven.

- Y no te permito que digas que has intentado cambiar de actitud en el último año o año y medio, de forma indirecta. Por supuesto que he notado que hacías un esfuerzo. Pero ¿sabes qué? Ese esfuerzo lo he visto como algo vacío, falso, motivado por razones distintas a las necesarias. Y, si lo piensas, yo te he contestado del mismo modo. He sido educado en mis respuestas. He mantenido la calma y las formas. Te he escuchado cuando ha sido necesario, incluso llegué a reírte algunas gracias (algo que te encanta). Pero, como has comprobado y me echas en cara, no ha habido nada más. He sido correcto, pero no he cambiado mi punto de vista.

- Y me dices que te has cansado de esforzarte y ver que me da igual. ¿Acaso no te das cuenta de que ya no importa? No hago las cosas para vengarme, para hacerte daño a ti o a los tuyos. Tienes lo que mereces e, insisto, no como respuesta vengativa o justa, sino como respuesta automática.

- Así que viniendo a mí, a hablarme, a explicarte y justificarte sólo consigues ponerme nervioso (no por tus palabras, sino por la situación), rabioso (esta vez sí por tus palabras) y me haces sentir culpable (porque inteligentemente usas las palabras en tu favor, tocándome mis puntos débiles).

Y sin embargo, cuando me dijiste todas estas cosas, sólo pude callar, como siempre, aguantar los minutos hasta que pude dejar de mirarte y de escucharte. Cogí el coche y me fui a la Ciudad pensando a quién acudir. Pensé en llamar a V., intentar tener una sesión de urgencia esa semana. Pensé en los dos amigos que viven allí. Pensé que era mejor no molestar a nadie. Así que dejé el coche cerca de la fortaleza y estuve unos minutos contemplando la gran avenida que desciende al mar. Al final, sin calma pero algo más relajado, descendí las escaleras y me fui a comprar libros.

Quedé en darte una respuesta. Estuve pensando mucho en qué contestarte. Lo he seguido teniendo presente estos casi cuatro meses. No contestar a tu invitación, eso lo tenía claro desde el principio: no voy a tener por ahijado a un hijo tuyo. Y si eres algo razonable lo entenderás fácilmente. Pero, además, no voy a aceptarlo por la forma en que me lo dijiste. Si no te diste cuenta, y lo dudo, fue un chantaje. Quieres ganarme de esta forma y a mí me parece mezquino incluso para ti. Tienes otro hermano que se sentirá lleno de orgullo de ser el padrino de su sobrino. Ese otro hermano sí es y ha sido tu hermano siempre. A él no tienes que prometerle nada, ni ofrecerle nada a cambio. Y tu mujer y tú estaréis más tranquilos siendo así.

Pero ni siquiera por estas respuestas que no te he dado en estos meses he venido hoy. Sí, también tenía que sacarlo fuera, dejarlo escrito. Pero han sido tus últimas palabras las que me han hecho sentir peor, tu último ataque lleno de odio. Y a este mensaje también te contestaré aquí y ahora:

- No, tienes razón; tu hija, mi sobrina, no tiene la culpa de nuestra (inexistente) relación. Ella no tiene que pagar tus desprecios y mi indiferencia. Ella es inocente. Tan inocente aun que no puede haberle sentado mal que no llamase. Estoy convencido que ni siquiera es capaz de recordar a quién vio ese día y quién faltó. Así que, aun pudiendo estar equivocado, creo que a quien he ofendido no ha sido a la niña, sino a su madre y a su padre. 

- Resulta que el mundo no gira entorno vuestro. Resulta que cada uno tiene sus dichas y sus desdichas. Cada cual tiene que ocuparse de sus asuntos. Y los míos, ese día, me mantuvieron ocupado contribuyendo a que olvidase el día que era. Ni siquiera me acordé y tú has pensado que lo hice para herir. Poco me conoces para pensar de esa forma. Pues aun sin gustarme, me he tragado lo necesario para que tu hija, mi sobrina, no pagase nuestra indiferencia.

- Además, si tu mensaje no hubiese sido tan hiriente, mi respuesta hubiese sido otra. Esta tarde me hubiese pasado por su fiesta, hubiese llevado un regalo, hubiese mantenido conversaciones con vosotros aunque no me interesen lo más mínimo... En definitiva, me hubiese comportado como esperabas.

- Y, ¿sabes por qué creo que te importa tanto? No creo que sea porque ahora, de buenas a primeras, quieras tenerme en tu vida. Creo que quieres mantener el contacto estricto y necesario para que los demás no pregunten, para que los demás no sospechen, para seguir creyéndote la realidad que te has montado. Y, ¿sabes?, yo también distorsiono la realidad y también me encantaría que fuera de otra forma.

- Así que, cuando quieras recibir algo de mi parte, me lo pides sin chantajes emocionales, sin meter a tus hijos de por medio, aceptando tu culpabilidad y dejando que yo acepte o no la mía.

- Eso sí, no tengas la desvergüenza de decir que todavía no entiendes qué ha pasado entre nosotros, que no sabes qué me has hecho. Te diré que me parece lo más cínico que te he oído decir y, como ambos sabemos, el cinismo te caracteriza.

Ese será el problema. Ese será mi problema. No sabes qué me has hecho porque nunca te lo he dicho, porque aun habiendo discutido, nunca dije cómo me hacías sentir, nunca manifesté cómo me sentía, qué cosas me herían, qué necesitaba... Pero, que te quede bien claro, NUNCA has estado para mí cuando te he necesitado. Si quieres pensar eso, adelante, sigue creyendo que no has hecho nada malo, que todo ha sido correcto por tu parte. Pero no vengas quejándote, déjame tranquilo por y para siempre.

Y todo, como decía al principio, por haber sido un cobarde.

Mea culpa.

Y peor, sigo siéndolo y no veo hasta cuando.

10 de noviembre de 2010

Today I've got nothing to lose



(Milow - The Ride)

9 de noviembre de 2010

De ilusiones y miedos

Los últimos días han sido diferentes al resto de los días en mis últimas semanas.

Primero fue porque me enteré de algo interesante. Bueno, para mí lo es. Es alguno minúsculo, con muy poca importancia, pero me apetecía probar suerte. Estuve indeciso y casi a última hora decidí intentarlo. Ahora sólo queda esperar. Eso sí, me hacía más ilusión a priori. Lo que pasa es que no tenía inspiración. O, peor, carezco de talento. Sea como sea, todavía existe una posibilidad, no sé si pequeña o diminuta. Pero, existe. Ahora, sólo queda esperar el resultado. A finales de mes lo sabré.

En segundo lugar, el sábado recibí un "reto". No venía titulado de esta forma y, de hecho, tampoco me lo planteaban como tal. Sin embargo, yo me lo tomé de este modo. Acepté sin dudarlo. Como siempre, dubitativo en cuanto a mi aptitud para conseguir algo, sobre todo tratándose de lo que es. Pero la ilusión es un fuerte motor. Así que, ilusionado, empecé el trabajo. Es cierto que la fantasía no sólo se refiere al hecho concreto, sino a lo que puede venir después. Probablemente nada, salvo nuevos retos. Por ahora, estoy contento con haber sido "premiado" con esta oportunidad. Después, ya podré valorarlo de forma más objetiva. Quizá en unos días sepa algo o más. Aunque, repito, lo más probable es que me den las gracias y un nuevo trabajo a realizar. Sea como sea, me siento agraciado.

Y como no todo puede ser bueno llegó la prueba a la que me refiero en la entrada anterior y que además se relaciona con el "séptimo" que no llega. La espera por una nueva plaza de trabajo ha sido más larga de lo imaginado. Las noticias que iban saliendo no han sido favorecedoras. La ilusión y el nerviosismo inicial ante la expectativa cambiaron, casi radicalmente, hace dos meses. Desde entonces, la espera ha sido desesperación. Días de desánimo con algún momento de tranquilidad al renacer la esperanza. Después, el miedo. Miedo a que no llegue nunca o llegue tarde. Miedo a perder algo que tanto cuesta alcanzar y logré el curso pasado.

Todo sería más fácil si no hubiese estado pendiente de cada palabra, de cada acontecimiento, de cada movimiento. Sería mejor haber vivido al margen. Pero no puedo cambiar mi comportamiento pasado. Sólo me queda esperar qué tiene el destino preparado. Es cierto que en mi mano estaba desechar la última opción, pero hacerlo suponía un alto riesgo. Y aunque tengo poco que ganar y, quizá, menos que perder, no he podido resistirme a jugármela. He dado un paso, muy meditado pero realizado impulsivamente. Ahora, como digo, sólo me queda esperar. Mañana tendré una respuesta. Puede que sea decisiva, completa o incompletamente. Pero pase lo que pase, supondrá un paso más.

Mientras espero, volveré a mi "reto". Cuanto antes acabe, antes podré tener alguna noticia. Y dadas las circunstancias, ésta podría venirme realmente bien.

7 de noviembre de 2010

Prueba

Dios me pone a prueba una vez más.

Y ahora sí que no sé qué hacer...

El lunes pediré información, esperaré las últimas nuevas e intentaré tomar una determinación que elimine la duda y represente un paso hacia delante.