5 de noviembre de 2008

Y ya van dos!

Dice el refrán que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Suele añadirse que, para bien o no, se confirma demasiadas veces. Y, además, en ocasiones son más de dos las veces que tropezamos con lo mismo.

No pasa nada, si es para bien. Pero suele ser para mal. Siempre digo que las cosas pasan por algo, o porque tienen que pasar, y que de todos nuestros errores aprendemos siempre una lección. La cuestión es, ¿qué ocurre cuando repetimos el error? (Y he aquí las dos veces) Puede pensarse que es por casualidad, quizá por incapacidad de verlo venir o, incluso, porque no aprendimos la primera vez que pasó.

El destino es caprichoso, eso dicen. Y no hay más que contemplar desde la distancia las cosas ocurridas en nuestras vidas para poder afirmar sin error que es cierto, así es. Ahora hay que pensar en si creemos o no en las casualidades. Si bien hay circunstancias que no buscamos, la mayoría vienen determinadas por nuestras acciones. Nuestro comportamiento, nuestras palabras (y, también, nuestros silencios), nuestras decisiones, incluidos nuestros hábitos, son un componente decisivo ante las situaciones que se nos presentan cada día.

En cuanto a verlo o no venir, hay un asunto claro y que viene en forma de refrán: no hay más ciego que el que no quiere ver. Acertada, se presenta, la sabiduría popular. Es posible que estemos tan ocupados pensando o viviendo otras cosas, que no tenemos, o nos nos detenemos, el minuto necesario para darnos cuenta de aquéllo que se nos avecina. Analizar si nuestra incapacidad de ver es voluntaria o no debe ser una prioridad si pretendemos comprender el por qué nos ha vuelto a ocurrir y cómo evitarlo en un futuro.

Aprender o no de nuestros errores es una ardua tarea, por su parte. Es necesario, casi siempre, un esfuerzo personal. Querer aprender es fundamental. Obvio, a veces, aprendemos del error automáticamente, creamos barreras que nos impidan caer de nuevo, establecemos límites imaginarios hacia aquello que nos ha herido, ponemos tierra de por medio.

En mi caso, ya van dos. Dos veces las que he tropezado con el mismo gran error. Si bien es cierto que ahora, en la actualidad, estoy aprendiendo a solucionar mi crónica actitud de resbalar y precipitarme al vacío por las mismas causas, todavía me queda un largo camino por recorrer. Sin embargo, pese a hallarme en medio del proceso de mejora, por llamarlo de alguna manera, he cometido simultáneamente mi gran error. Quizá la primera vez no lo fue, sólo el resultado final obtenido. Puede que ahora esté cometiendo el primer error, al creer que es posible, que podía obtener lo que no obtuve en primera instancia.

La primera vez no estaba bajo control. La segunda, al contrario, podía evitarse. Y no lo he hecho. He escuchado, en las palabras y frases que se me decían, únicamente aquello que quería escuchar. He alimentado el sentimiento que nacía con argumentos irracionales. He creado expectativas y esperanzas en eso que sé imposible. Y lo he hecho convenciéndome a diario de que lo hacía por desesperación, o porque me era inevitable. La muerte es inevitable, ese destino no puede cambiarse. Sí se puede, por contra, tomar decisiones contrarias a nuestra voluntad, o más todavía elegir cuáles son nuestras voluntades.

He establecido, desde siempre, una clara división entre las personas. De un lado, las pasionales, aquéllas que se dejan llevar por sus sentimientos. Por otra parte, en frente de las primeras, se encuentran las personas razonables, las que piensan antes de hablar, las que analizan sus actos. Ilustración vs Romanticismo. Los extremos nunca son buenos, casi nunca. O, como se dice, en el término medio se encuentra el equilibrio.

Normalmente me auto-denomino romántico-ilustrado. Lo cierto es que, tampoco en esto, me encuentro en el centro. Soy, más bien, de los que piensan en exceso, ya lo dije, y de los que intentan mantener el control de lo que ocurre. Me desesperan los cambios de planes. Me asusta no manejar lo que pasa a mi alrededor o, mejor dicho, no estar bien informado.

Como sea, cuando pensé en escribir esta entrada, lo hice en un día de la semana que acaba en el que sentía con fuerza la crudeza de la decepción. Confirmé y, por ello me decepcioné, que había estado equivocado respecto a algo y a alguien. Que las cosas no se corresponden con la imagen que de ellas he ido estableciendo, que no he querido verlo, porque quería tener fe, creer que podía ocurrir, que esta vez (a diferencia de la anterior) sí se haría realidad. Y duele, cómo duele, ver que has cometido, de nuevo, el error.

El lado bueno de esto es que ni siquiera ante la decepción tengo la absoluta seguridad de estar equivocado. Puede que erre al pensar que erraba, o puede, casi seguro, que siga engañándome.
De todos modos, da igual. Así es mi vida. Prefiero las dudas a las certezas, elijo creer antes que ver, esperanza frente al miedo a la realidad.

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