Me muestro escéptico ante las teorías sobre energía vital que se me plantean. Pensando en ello, encuentro, sin embargo, algunos argumentos para empezar a creerlas.
Una vieja amiga, E. (a la que me referiré aquí como Omega, si es que hablo de ella alguna vez más), define la energía como una sustancia vital, universal, infinita e inagotable. El primer adjetivo es aceptable, incluso ineludible. El segundo, la universalidad, me parece más rebatible. Y de si es o no finita o agotable, no sé qué opinar. Tampoco sé si es o no renovable, al menos, aquella a la que dedico esta pequeña entrada.
Me refiero a la Energía definida como fuente de nuestra existencia. Me cuentan que nacemos con una energía, que perdura a través de los años vividos, pero de la que hacemos, habitualmente, un mal uso. Algo así como que tenemos una cantidad de la que empleamos una parte importante a las tareas cotidianas. Usamos nuestra energía para realizar nuestros trabajos. Usamos una parte para con nuestros allegados. Otra porción está dedicada a nosotros mismos, por ejemplo, a nuestro esfuerzo intelectual. También podemos dedicarla al ocio y disfrute. La cuestión es si el uso es correcto o equivocado.
Equivocado es cuando nos centramos en exceso en una de las facetas de nuestras vidas. No podemos dar todo lo que tenemos a nuestro trabajo, por mucho que nos guste (en su caso) o por un sentimiento de responsabilidad u obligación. Equivocado es, igualmente, centrar nuestros esfuerzos en pensar en los demás o, por el contrario, pensar únicamente en nosotros. Más erróneo es todavía si dedicamos una fracción considerable a pensar en aquellas cosas que nos atormentan. Un ejemplo de esto sería dedicar nuestro tiempo a una determinada preocupación por una de las características de nuestra personalidad, bien centrarse en un aspecto físico o en una actitud.
Lo correcto sería controlar nuestras acciones, administrar nuestra energía de modo que abarquemos todas aquellas cosas que son ineludibles y nos quede suficiente para las otras cosas que nos importan de esta realidad en que vivimos.
No tengo más tiempo para desarrollar este asunto, aunque no es necesario darle más vueltas. En una frase, concretaría la idea sobre la energía diciendo que lo mejor que podemos hacer para sentirnos bien (o mejor) es conseguir una estabilidad y un equilibrio entre todas las esferas de nuestra vida personal. Y, más aún, eliminar o, como mínimo, minimizar aquellos objetos en los que proyectamos excesiva porción de energía, sobre todo cuando no son verdaderamente importantes.
Como sea, es posible que mañana modifique la entrada, quizá no. Pero quería escribir esta noche sobre este concepto para no dejarlo en el cajón del olvido.
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