Hay una característica fundamental en mi personalidad que explica la razón de sentirme solo. Camino cada día dentro de mi coraza, hablo desde las seguras habitaciones de mi fortaleza, me mantengo la distancia del mundo, de la gente. El castillo ha abierto pocas veces sus puertas. Pueden contarse con los dedos de una mano. Algunos han entrado a la fuerza, rompiendo murallas, barreras y luchando contra todo tipo de obstáculos. A otros, los menos, les he dejado pasar por propia voluntad. Finalmente, un par ha conseguido entrar o, mejor, mirar dentro por mi necesidad. Podría sumar un cuarto grupo, aquél compuesto por individuos que han podido visitar parcialmente las instalaciones o que han sido obsequiados con una fotografía del interior de alguno de los salones. El resto del mundo queda postergado a contemplar el baluarte desde la distancia permitida.
Esa distancia establecida, esa limitación constante con el entorno social, ese secretismo exacerbado, esa desmesurada privacidad, determinan que cuando no están presentes aquellos con acceso, o esos otros que pueden conocer una parte o mirar otra, sólo quede la extremada soledad.
No hay nada de malo en estar solo. Cierto grado de soledad es necesario en el hombre adulto. La dependencia es algo que debe permanecer en la niñez y, como mucho, en la juventud. La primera en relación a la familia, la segunda vinculada a otras relaciones sociales. No pretendo exponer que ser adulto conlleva estar solo, como si de un axioma se tratase. No creo en ello. Sí tengo la seguridad en que, a nivel personal, la autonomía se consigue en esa tercera fase de la vida. No por ello debemos alejarnos de familia, amigos y, menos, de la pareja y descendencia (si se tiene). Se trata de eliminar la dependencia.
Traspasar un límite, cruzar la raya, sobrepasar el margen, superar una separación, no tiene porqué ser fácil. Y no lo es, de hecho, en mi caso. No encuentro esto como algo negativo. El lado menos positivo es tener que vivir con las reminiscencias del pasado, memorando actitudes caducas, evocando contínuamente tiempos pretéritos, aunque no lejanos.
Soledad. Sentimiento de los asociales. Son conductas recurrentes entre éstos la incomunicación, el aislamiento, el encierro, el retiro, la separación. Sólo me comunico cuando elijo hacerlo, abandono mi isla, termino con mi encierro y regreso del retiro cuando alguien elimina la distancia que me separa del mundo. Alguien que puede ser cualquiera de los arriba clasificados. Uno de los que pasean por mi particular mundo, o de los que lo contemplan y/o lo conocen parcialmente.
¿Lo que me falta? Pues, bien superar la dependencia, bien tenerles cerca. Me ocupo en conseguir lo primero, mientras tanto, necesito lo segundo. Y el otro día, sentía que no les tenía cerca. Sentía el peso de la pérdida. La diferencia abismal entre la realidad actual y aquella que rememoro como un pasado mejor. Contrasto lo que tenía y lo que tengo. El cociente, como si de una simple operación matemática se tratase, es negativo. Tuve más de lo que tengo, o eso creo en días como al que me refiero.
Por suerte, o por falta de la misma, cuando el tiempo transcurre, el pensamiento cambia y con él, se modifica el sentimiento. El tema es si lo que sobreviene es de lo que hablaba la semana pasada, esa gota que parece la última, pero que lo único que hace es disminuir ligeramente la carga, facilitando la incorporación de nuevos lastres; o, por contra, surge la opción de caminar de frente, de superar la dependencia y abandonar las viejas costumbres.
Echo de menos hablar. Aquellas tardes en las que caminar por la ciudad bastaba para sentirnos a gusto. En las que podíamos tocar cualquier tema, enfrentarnos a cualquier miedo, concebir proyectos, establecer sanos pensamientos.
Esto y mucho más es lo que me falta. La actividad social es la que necesitaba el otro día.
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