Imagen obtenida en GoogleEste fin de semana he podido descubrir la historia de Camino, una película de Javier Fesser en la que narra la historia de la enfermedad y muerte de una niña de once años, Camino. Dirigida y escrita por Fesser y protagonizada por Nerea Camacho, Carmen Elías y Mariano Venancio, entre otros. No haré una ficha técnica, que para eso existen numerosas páginas.
Se trata de una historia basada en hechos reales, pero no biográfica. La forma en que la chiquilla vive su enfermedad viene determinada por la educación recibida. Se nos muestra a una familia del Opus Dei emprendiendo una batalla contra la enfermedad recién diagnosticada a la menor de sus hijas. Un niña que se enfrenta a su problema, y a los cambios que conlleva en su vida, de una manera cristiana, aceptando la voluntad del Señor, asumiendo el sufrimiento y dolor físico como algo ineludible, etc. Pero además, se nos muestra el nacimiento del amor. Aparece Jesús, un niño del taller de teatro, del que Camino se quedará prendada. El desarrollo de los acontecimientos nos ofrecerá momentos como el de las dudas del padre ante la actitud de la madre, las verdaderas razones de la hija mayor, Nuria, para ingresar en una casa de la "Obra de Dios", las estrictas normas a las que parecen estar sometidos los miembros de esta Institución católica, etc. Todo de forma paralela al particular cuento de hadas en que queda convertido el incipiente amor de los dos niños.
Al terminar de verla, pensé en cómo podía manipularse y, de hecho, ha ocurrido en repetidas ocasiones, las palabras y los actos dichos y hechos por determinadas personas en determinadas ocasiones. Pero tampoco vengo aquí a hacer una crítica al Opus Dei, ni siquiera a la Iglesia Católica. Quizá lo haga, ligeramente, contra las religiones en general, concretamente contra el fanatismo, el extremismo. La imagen que se ofrece en la película es el de una institución que manipula, engaña, sugestiona, coacciona, etc. El de una educación férrea derribada por los sueños de una niña. Una forma de hacer frente a los obstáculos que se nos presentan a lo largo de la vida.
El verdadero objetivo de esta entrada no es otro, sino hablar de cómo, al igual que Camino, viví durante años dentro de un entorno social opresor. No he pertenecido a una institución como la fundada por Josemaría Escrivá de Balaguer, no. No he nacido en el seno de una familia extremadamente fiel a una religión. Tampoco he vivido sometido a estrictas normas de comportamiento o bajo un control excesivo. Sin embargo, asumí durante algo más de cinco años algunos hábitos de conducta que todavía hoy intento cambiar.
El buen cristiano. El bien y el mal. El arrepentimiento ante el pecado. La pureza de pensamiento. El rechazo a conductas no adecuadas. La imposibilidad de hablar mal de según quién. Prohibiciones de pensamientos impuros. La aceptación del sufrimiento, el dolor, la pena. La resignación. Sumisión. Acatamiento de normas (irracionales o no) sin cuestionamiento. Estas y otras cuantas son algunas de las cosas que he estado haciendo a lo largo de mi existencia.
Sólo puedo decir lo que está bien, sin hacer daño a nadie, sin faltar a nadie. Debo evitar pecar, pero si lo hago, debo arrepentirme, confesar, aceptar las consecuencias y aprender del error. Es necesario limpiar nuestra mente de aquellos pensamientos incorrectos y, eliminar, al mismo tiempo, sentimientos inapropiados. Acatar órdenes, no cuestionar a las autoridades (morales o no), desarrollar nuestro papel asignado en la sociedad. Asumir la enfermedad, los castigos, los errores, las dificultades (económicas, por ejemplo) como parte esencial en el camino de nuestras vidas.
Pero todas estas cosas son errores. Sí puedo decir a alguien si hace algo mal, siempre desde el respeto, pero al tiempo que desde la igualdad. Sí puedo errar en mis acciones y solventar las consecuencias. Puedo sentir libremente, querer a quien quiera querer, amar a quien quiera amar, odiar a quien merezca ser odiado (sí, también puedo odiar). Desobecer si quien ordena se equivoca, o lo hace injustamente. Eliminar la resignación, pasar a la acción, luchar contra la enfermedad hasta vencerla (si se puede), intentar cambiar las situaciones de crisis económica, solucionar los problemas encontrados. Al fin, caminar nuestro camino siendo quien somos y no quien quieren hacernos ser.
Evidentemente, esto no es una filosofía de la vida. No es, por supuesto, un manifiesto de intenciones. Ni es una forma de vida, como tampoco pretende ser un modelo a seguir. Sólo es una pequeña muestra de aquellas actitudes, de aquellos hábitos, que fueron inculcados en la mente de un niño y que han estado dirigiendo sus acciones, pensamientos e incluso sentimientos por demasiado tiempo.
Quede recomendada Camino de J. Fesser y queden claros algunos de los objetivos del Segundo Proceso.
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