2 de noviembre de 2008

Vergüenza

- Con los años, uno debe fingirse más tonto de lo que es... Los hombres siempre se quitan la vida por vergüenza. La vergüenza, ése es el veneno del tiempo. Pero la vergüenza se olvida, Felipe. Olvidemos nuestra vergüenza como los demás nos olvidan a nosotros. Con el tiempo...

En el libro que leo en estos momentos, titulado "Lo que sé de los Vampiros" de Francisco Casavella, puede encontrarse este fragmento. Es una parte de un diálogo. El libro no habla sobre vampiros, dicho queda. No pretendo, tampoco, reseñarlo; y menos sin haberlo terminado todavía. Aunque sí puedo recomendarlo.

Me sirve de pretexto para hablar sobre algo, la vergüenza. No sé si el personaje que afirma tan contundente argumento tiene o no razón. La vergüenza es algo decisivo. Ejerce alta presión. Considerarla la causa única del suicidio, se me antoja exagerado; aunque no va por mal camino. Como este tema es peliagudo y no quiero conjeturar sobre él, me quedo con la parte de la vergüenza como sentimiento.

¿Cuáles pueden ser razones para sentirse avergonzado? Múltiples, está claro. La cuestión es si esas causas son o no razonables para sufrir este tipo de emoción. Existen, por supuesto, situaciones más o menos comprometidas, embarazosas quizás. Pero no admitiré que existen características personales de las que poder avergonzarse. Y no soy portador de este emblema. Quiero decir, no estoy libre de esta molesta realidad. Más bien al contrario. La he padecido durante años.

¿Y de qué me avergonzaba? De todo. De mí mismo. Desde mi forma de hablar o expresarme, mi entorno social o mi comportamiento, a cosas más banales como mi forma de vestir. Hace unos meses hubiese dicho que se debía a mi enfermedad. He vivido con una especial situación médica, diré. El resultado es que durante años me he sentido distante del resto del mundo, diferente a la fuerza. Hoy, después de una intervención quirúrgica y un tratamiento (este es uno de mis Procesos), puedo afirmar que soy normal. Ya no soy un niño, ahora soy un hombre. Pero la vergüenza permanece.

Nadie debería sentirse mal por padecer una enfermedad, da igual la que sea. En mi caso, problemas de crecimiento. Algo que queda en el pasado, pero que ha seguido marcando mis actuaciones hasta el presente. No soy culpable de ello, no soy el responsable de mi tumor. Sin embargo, cuando no entendía qué me pasaba, cuando no conocía las causas para mi distinción, me sentía avergonzado. Llegué a ocultarme al mundo, porque no sentía pertenecerle. Mi respuesta psicológica fue ambivalente: por un lado, era diferente y lloraba por ello; por otro, me sentía especial no sólo físicamente, podía ver el mundo desde otra perspectiva, desde fuera.

Quisiera dejar escrito que todo esto pasó, pero como insinuaba antes, me marcó para siempre. Y aún hoy trabajo en aprender cómo combatir tan diestro enemigo. "Con el tiempo..." acaba el texto que encabeza mi entrada, esperaré pues. Lo duro es descubrir que la vergüenza pertenece a tu modus vivendi desde siempre. Conocer la razón es mi objetivo ahora. La finalidad, eliminar en la mayor medida posible ese mecanismo conductual.

Muy arriesgado lo que digo, teniendo en cuenta cuánto me cuesta hablar de mi enfermedad. Me tranquiliza saber que hasta hoy nadie me lee. No sé si alguna vez tendré lectores, pero si llegasen, no creo poder mantener este nivel de sinceridad. Soy muy cerrado para mis cosas. No obstante, ya lo dije, voy a salir al mundo que existe más allá de mi fortaleza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario