Hace hora y poco he regresado de una excursión forzada a un pantano muy antiguo, datado en tiempos del imperio hispánico en el que no se ponía el sol. Dicen que es el más antiguo del continente. Pero no vengo a hablar del pantano, ni de la localidad a la que pertenece, ni del rey Prudente, ni siquiera de la excursión. Éste es el contexto en el que ubicar mis pensamientos y sensaciones, nada más. Y aquí, de vuelta a mi burbuja, al confortable calor de mis cosas y mi espacio, reflexiono sobre lo vivido el jueves tarde y esta misma mañana.
Hace nada hablaba de fobias, concretamente de mi fobia social, a través de un hecho cuando menos curioso: mi nerviosismo ante las llamadas telefónicas. Profundizando en este tema, me encontré el jueves volviendo al mundo. Esta semana ya tuve que salir un par de veces y moverme por las calles como cualquier otra persona. Pero no fue hasta ese día, anteayer, cuando tuve que interaccionar con la gente (o intentarlo).
El resultado no estuvo tan mal. Mantuve cierto control ante el público. De camino a su encuentro bordeé la línea de la histeria. Al llegar pude disimularlo, creo. Más tarde, llegó el peor momento: las presentaciones. Y ahí sí que no pude controlar mi reacción habitual. Uno tras otros, todos dijeron algo sobre sí mismos. Mi corazón se aceleró, mi garganta falló y terminé presentándome mirando sin ver, con un tono bastante extraño y con la velocidad acostumbrada. Pasé como pude las horas restantes, marchándome con la sensación de haber fracasado. No hablé con nadie, no me pronuncié en ningún momento, opté por el silencio y la barrera.
El día después, teniendo que enfrentarme de nuevo al mundo (demasiadas veces últimamente y muy seguidas) me encontré con un compañero. Digo compañero porque supongo que es en lo que nos convierte el hecho de compartir matrícula en un seminario y, por tanto, clase y actividades. El caso es que pensé que era una oportunidad para pasar mejor los tres días restantes de estudio. Si al menos puedo relacionarme con una persona, no habré fallado totalmente. Aunque la verdad, el encuentro no dio mucho de sí.
Hoy, y ya en el citado pantano, he visto cómo se hacía realidad mi miedo. He vuelto a sentirme una paria. Juro que he intentado comportarme con normalidad. Juro que he hecho esfuerzos por controlar mis nervios y mantener o iniciar una conversación. Pero ha dado lo mismo.
Primero lo he intentado con una chica a la que conocí hace años. Nos hemos saludado, puesto al día y después nada más. Nada porque ella iba acompañada por una amiga y, aunque parecía agradable, ambas preferían ir solas, por su cuenta, dejándomelo claro con su actitud. Después lo intenté con ese compañero, pero tras una pequeña charla, prefirió apartarse y seguir solo. Ya no sé si es por algo que he dicho o hecho, o que no soy lo suficiente raro para él o es más raro de lo que parece, y ya es decir.
Como sea, he terminado almorzando solo. Mirando el pantano intentando mantener focalizada mi mirada y evitar así ver como a mi alrededor todo el mundo mantenía conversaciones, compartía risas y disfrutaba del entorno y la compañía.
Entonces empecé a reafirmarme con pensamientos del tipo "no necesito a nadie", "puedo aguantar los dos días que me quedan estando solo", "me da igual que me vean apartado, es lo que todos queremos" y cosas por el estilo. Al final es cierto que me siento bien con mi soledad. No será sano, pero es mejor que estar haciendo esfuerzos que reciben las respuestas que hoy he tenido. Y tampoco estoy solo en el mundo, tengo algunas personas que me quieren. No serán muchas, pero suficientes.
Sea como sea, la realidad es como es. Y, mirando hacia atrás, siempre ha sido así. Y puedo entenderlo en parte. Antes, cuando era evidente que no era como los demás, era fácil aceptar esa marginación que, además, muchas veces era voluntaria. Ahora, que aparentemente soy normal, me da rabia que este aspecto no haya cambiado en mi vida. Claro que sigo siendo diferente. Y lo seguiré siendo. Ya no importa la imagen sino quien soy. Y lo que soy es lo que me aparta del mundo, de la gente. Por un lado, no me importa, porque la gente que estaba allí no me importaba nada o muy poco. Pero, por otra parte, cuando tengo que participar del juego social, me gustaría hacerlo con la misma naturalidad, y no lo consigo.
Pasarán las horas y me encontraré mejor. Olvidaré los pensamientos negativos, cambiaré de estado anímico, volveré a mi rutina y en ella estaré bien. Después, reflexionaré sobre lo ocurrido, intentaré entenderlo desde la lógica y con distancia y, si puedo, me prepararé para afrontar el próximo sábado. Eso sí, salvo que cambie de opinión, no voy a esforzarme por hablar con nadie. No me acercaré al otro solitario del grupo ni iniciaré tema alguno con mi vieja conocida. Mejor así, desde el principio. De todos modos, en un mes y medio todas las personas que se han conocido en el seminario perderán el contacto y quedarán como conocidos que una vez coincidieron en un curso, eso si es que vuelven a encontrarse. Yo, por mi parte, empiezo desde ya. No es que esperase entablar relaciones o conseguir amigos, sólo buscaba hacer llevadero algo que hago por obligación. Pero en vista de lo ocurrido, me concentraré en las heridas de mis pies y olvidaré las del amor propio. No voy a dejar que me hagan daño unos desconocidos. Eso es algo que he hecho demasiadas, muchísimas veces en mi vida, como para caer en ello de nuevo. Vale, no lo consigo del todo, pero lo intento. Y puedo asegurar que eso, tratándose de mí, es todo un mérito.
Además, tengo otras preocupaciones más importantes que (¿pretender?) ser asocial.