30 de octubre de 2010

A Miguel...

En el centenario del nacimiento del poeta oriolano, Miguel Hernández, he querido sumarme a las múltiples iniciativas preparadas para la conmemoración dejando aquí uno de sus poemas. Dice así:

Yo sé que ver y oír a un triste enfada,
cuando se viene y se va de la alegría,
como un mar meridiano a una bahía,
a una región esquiva y desolada.

Lo que he sufrido y nada, todo es nada,
para lo que me queda todavía
que sufrir, el rigor de esa agonía
de andar de este cuchillo a aquella espada.

Me callaré, me apartaré si puedo
con mi constante pena, instante, plena,
adonde ni has de oírme ni he de verte.

Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
pero me voy, desierto y sin arena:
Adiós, amor; adiós, hasta la muerte.
(Poema incluído en la Antología poética titulada La savia sin otoño)

28 de octubre de 2010

Oportunidades

El primero, fui con miedo y sin esperanza. Sólo por probar y ver qué pasaba. Y así fue.

El segundo, casi lo mismo. Hice un gran esfuerzo y tuve expectativas, al tiempo que esperaba, casi deseaba, el mismo resultado. Y llegó.

El tercero, superé la barrera. Entré en el grupo de seleccionados y tuve una excusa para el resto del año. Ganaba y perdía, a partes iguales.

El cuarto, algo cambió. Intenté, de verdad, conseguirlo. Quedó en eso, un intento. Tuve la misma excusa, pero ya no me servía ni siquiera para mí. Quizá fue el peor de todos; porque ahora sí quería y no lo había conseguido.

El quinto, fue el primero que fui sabiendo que lo haría. Confié, como nunca, en mis posibilidades. Resultó que con voluntad y confianza, a veces, se llega. Mi vida cambió. Conseguí un sueño. Y, mejor todavía, di pasos que no pensé que podría dar. Avancé. Fui feliz.

El sexto, sin tiempo y con ganas, conseguí el mismo fruto. Da lo mismo, pues aun siendo igual, no tiene el mismo efecto. Y, peor, las cosas han cambiado y ni siquiera puedo disfrutar del premio alcanzado el año anterior. Sigo esperando, sigo desesperando, sigo preocupado.

¿El séptimo? Todo apunta a que no lo habrá. Y si se confirma, y ya es casi seguro, no sé qué puede pasar. Desconocer es, en este caso, equivalente a no tener el control. Cuando no tengo en mis manos las riendas, pienso de todo, pero nada bueno. Y en esas estamos ahora.

23 de octubre de 2010

En el pantano

Hace hora y poco he regresado de una excursión forzada a un pantano muy antiguo, datado en tiempos del imperio hispánico en el que no se ponía el sol. Dicen que es el más antiguo del continente. Pero no vengo a hablar del pantano, ni de la localidad a la que pertenece, ni del rey Prudente, ni siquiera de la excursión. Éste es el contexto en el que ubicar mis pensamientos y sensaciones, nada más. Y aquí, de vuelta a mi burbuja, al confortable calor de mis cosas y mi espacio, reflexiono sobre lo vivido el jueves tarde y esta misma mañana.

Hace nada hablaba de fobias, concretamente de mi fobia social, a través de un hecho cuando menos curioso: mi nerviosismo ante las llamadas telefónicas. Profundizando en este tema, me encontré el jueves volviendo al mundo. Esta semana ya tuve que salir un par de veces y moverme por las calles como cualquier otra persona. Pero no fue hasta ese día, anteayer, cuando tuve que interaccionar con la gente (o intentarlo).

El resultado no estuvo tan mal. Mantuve cierto control ante el público. De camino a su encuentro bordeé la línea de la histeria. Al llegar pude disimularlo, creo. Más tarde, llegó el peor momento: las presentaciones. Y ahí sí que no pude controlar mi reacción habitual. Uno tras otros, todos dijeron algo sobre sí mismos. Mi corazón se aceleró, mi garganta falló y terminé presentándome mirando sin ver, con un tono bastante extraño y con la velocidad acostumbrada. Pasé como pude las horas restantes, marchándome con la sensación de haber fracasado. No hablé con nadie, no me pronuncié en ningún momento, opté por el silencio y la barrera.

El día después, teniendo que enfrentarme de nuevo al mundo (demasiadas veces últimamente y muy seguidas) me encontré con un compañero. Digo compañero porque supongo que es en lo que nos convierte el hecho de compartir matrícula en un seminario y, por tanto, clase y actividades. El caso es que pensé que era una oportunidad para pasar mejor los tres días restantes de estudio. Si al menos puedo relacionarme con una persona, no habré fallado totalmente. Aunque la verdad, el encuentro no dio mucho de sí.

Hoy, y ya en el citado pantano, he visto cómo se hacía realidad mi miedo. He vuelto a sentirme una paria. Juro que he intentado comportarme con normalidad. Juro que he hecho esfuerzos por controlar mis nervios y mantener o iniciar una conversación. Pero ha dado lo mismo.

Primero lo he intentado con una chica a la que conocí hace años. Nos hemos saludado, puesto al día y después nada más. Nada porque ella iba acompañada por una amiga y, aunque parecía agradable, ambas preferían ir solas, por su cuenta, dejándomelo claro con su actitud. Después lo intenté con ese compañero, pero tras una pequeña charla, prefirió apartarse y seguir solo. Ya no sé si es por algo que he dicho o hecho, o que no soy lo suficiente raro para él o es más raro de lo que parece, y ya es decir.

Como sea, he terminado almorzando solo. Mirando el pantano intentando mantener focalizada mi mirada y evitar así ver como a mi alrededor todo el mundo mantenía conversaciones, compartía risas y disfrutaba del entorno y la compañía.

Entonces empecé a reafirmarme con pensamientos del tipo "no necesito a nadie", "puedo aguantar los dos días que me quedan estando solo", "me da igual que me vean apartado, es lo que todos queremos" y cosas por el estilo. Al final es cierto que me siento bien con mi soledad. No será sano, pero es mejor que estar haciendo esfuerzos que reciben las respuestas que hoy he tenido. Y tampoco estoy solo en el mundo, tengo algunas personas que me quieren. No serán muchas, pero suficientes.

Sea como sea, la realidad es como es. Y, mirando hacia atrás, siempre ha sido así. Y puedo entenderlo en parte. Antes, cuando era evidente que no era como los demás, era fácil aceptar esa marginación que, además, muchas veces era voluntaria. Ahora, que aparentemente soy normal, me da rabia que este aspecto no haya cambiado en mi vida. Claro que sigo siendo diferente. Y lo seguiré siendo. Ya no importa la imagen sino quien soy. Y lo que soy es lo que me aparta del mundo, de la gente. Por un lado, no me importa, porque la gente que estaba allí no me importaba nada o muy poco. Pero, por otra parte, cuando tengo que participar del juego social, me gustaría hacerlo con la misma naturalidad, y no lo consigo.

Pasarán las horas y me encontraré mejor. Olvidaré los pensamientos negativos, cambiaré de estado anímico, volveré a mi rutina y en ella estaré bien. Después, reflexionaré sobre lo ocurrido, intentaré entenderlo desde la lógica y con distancia y, si puedo, me prepararé para afrontar el próximo sábado. Eso sí, salvo que cambie de opinión, no voy a esforzarme por hablar con nadie. No me acercaré al otro solitario del grupo ni iniciaré tema alguno con mi vieja conocida. Mejor así, desde el principio. De todos modos, en un mes y medio todas las personas que se han conocido en el seminario perderán el contacto y quedarán como conocidos que una vez coincidieron en un curso, eso si es que vuelven a encontrarse. Yo, por mi parte, empiezo desde ya. No es que esperase entablar relaciones o conseguir amigos, sólo buscaba hacer llevadero algo que hago por obligación. Pero en vista de lo ocurrido, me concentraré en las heridas de mis pies y olvidaré las del amor propio. No voy a dejar que me hagan daño unos desconocidos. Eso es algo que he hecho demasiadas, muchísimas veces en mi vida, como para caer en ello de nuevo. Vale, no lo consigo del todo, pero lo intento. Y puedo asegurar que eso, tratándose de mí, es todo un mérito.

Además, tengo otras preocupaciones más importantes que (¿pretender?) ser asocial.

21 de octubre de 2010

Verde

La fruta me gusta verde. Y me da igual lo que la gente piense. No me importa que (en teoría) no tenga sabor. Menos todavía si parece corcho. Me gusta verde, sin más. Y voy a seguir comiéndola en ese estado y despreciando las piezas maduras. No es algo que quiera ni vaya a cambiar. No es una elección.

14 de octubre de 2010

Diagnóstico

Esta mañana me ha vuelto a ocurrir. Las últimas semanas he podido comprobar que se ha convertido en un problema. Ya antes me pasaba, pero estoy convencido de que ahora se ha agudizado. No sé con seguridad el motivo. Imagino unos cuantos. Algunos son más que probables. Pero, como digo, nada es infalible.

El caso es que hoy he vuelto a tener ansiedad ante una llamada de teléfono. No se ha debido a quien llamaba, como he comprobado enseguida. La angustia aparece en cuanto siento la melodía del móvil. Y no es la primera vez que ocurre. No sé cuándo empezó, pero sí lo he notado últimamente.

A veces prefiero no coger la llamada, esperar a que pase y decidir más tarde si devolverla. Otras veces me pone enfermo no poder bajar el volumen (no sé cómo hacerlo) y me acuerdo de mi no tan viejo móvil. También es cierto que no siempre me pasa y cuando lo hace es con una intensidad variable.

He estado indagando para conocer si he desarrollado una nueva fobia que unir a mi lista. He encontrado la telefonofobia. Pero no me es aplicable. Puedo recibir y realizar llamadas. De hecho, algunos días espero la llamada correspondiente para pasarme un buen rato charlando. Y, también, hago las llamadas pertinentes que me conceden acercarme a los amigos y amigas que no tengo espacialmente cerca.

Sin embargo, cada vez que suena el teléfono, tanto el fijo como el celular, me altero. Se me acelera el pulso hasta un punto sorprendente. Claro, en alguien con tendencia a padecer ansiedad o, mejor, en alguien ansioso, no es de extrañar.

Me preocupa, no obstante, haber empeorado o haber creado un nuevo foco de tensión. Esto o no me pasaba o no con tanta intensidad. Ahora que paso muchas horas solo, que casi no hablo con nadie, que casi no salgo a la calle y, por tanto, no tengo interacción social, estoy mucho más vulnerable. Y, como digo, me preocupa ir a peor.

Llevo meses viendo mis mejoras diarias, apreciando cambios en cuanto a mi situación ante el mundo, disfrutando al vencer mis miedos, consiguiendo realizar expectativas que parecían improbables... Y, de repente, aprecio esta pequeña circunstancia. Claro está, no ha llegado sola. He pasado unas semanas con un humor variable, permitiendo que factores ajenos decidiesen mi estado anímico. He advertido mi soledad, mi acomodamiento dentro de mi nueva casa, mis escasos contactos personales. Sabía que me estaba afectando, pero ha sido el dichoso aparato de telecomunicación el que me ha hecho darme cuenta de este deterioro de mi salud emocional.

Nada grave, obvio. Además, está bien tomar conciencia de los propios problemas. Y, mejor todavía, no he descubierto nada nuevo. Únicamente un hecho que demuestra, y viene a sumarse a los ya existentes, que tengo fobia social. El lado negativo es que como ahora estoy cómodo encerrado en mi pecera, disfrutando de las cosas que hay en ella, me he alejado un poco más del mundo. Estoy bien aquí dentro, pero fuera algo peor que antes. 

Más allá de mi fobia social de manual, existen argumentos tangibles que revelan el particular miedo al teléfono. Mi alejamiento social no es para con el mundo, que también, si no para algunas personas que antes tenía presentes y ahora casi han desaparecido. Y esto es algo que no termino de digerir. Mientras siga acostumbrándome o aceptándolo o esperando que haya una respuesta acorde a las acciones actuales, es muy probable que siga temiendo la melodía que avisa de las llamadas entrantes.

13 de octubre de 2010

Descubrimiento

Acabo de saber que la invitación era abierta. Sigo sin saber nada del lugar, la hora o los posibles comensales. Sí sé a quién más han invitado. Otra persona fuera del club.

Me tranquiliza pensar que la oferta no es consecuencia directa del email que sí envíe. Igual sólo era un reencuentro de ex-compañeros. Ya no lo sabré... O sí.

La próxima, como dije, quizás acuda. Depende, en parte, del destino que me espera. 

11 de octubre de 2010

Invitación

El mail que sí envié recibió como única respuesta una frase breve invitándome a acudir el viernes a una comida. Esperaba una respuesta más amplia y menos contundente. Esperaba unas líneas, no muchas, tratándose de quien es mi interlocutora. Tampoco es que me sorprenda la invitación. No es la primera vez y, imagino, no será la última.

Nos remontamos a junio, al viernes en que acabé. Había sido un día lleno de emociones, también de tristeza. Llevaba varias semanas sufriendo porque ese día iba a llegar. Claro, la incertidumbre tampoco ayudaba. Y tampoco era la primera vez que a lo largo del curso me entristecía pensar en mi partida. No sabía cuándo sería y, al final, tuve la suerte de estar casi hasta el último momento. Ya me expuse ante los padres y madres en la última reunión. Después, hasta mediados o finales de mayo, no confirmé que terminaría el curso. Finalmente, con la tranquilidad de saber que tenía, como mínimo, cuatro semanas más, me propuse aprovecharlas en todos los sentidos.

Y, con la distancia, puedo decir que no lo logré del todo. Recuerdo el agobio de última hora, los temas que no iba a poder impartir, los ejercicios que dejé sin corregir en condiciones, los trabajos recogidos fuera de plazo, los últimos exámenes parciales, finales y de recuperación. Bueno, me habían advertido que el final de curso era así. Y así fue. Pues a todo este trabajo tenía que unir el trabajo previo a las cada vez más cercanas oposiciones y algún informe tutorial que no esperaba tener que hacer. Eso sí, aproveché las últimas clases con cada uno de mis grupos (excepto uno, que se dedicó a hacer lo que todos los meses precedentes).

Llegamos al viernes en cuestión. A lo largo de la mañana, fui despidiéndome de muchas personas, algunas convertidas en importantes. Y emoción tras emoción, fiesta tras fiesta, llegó el momento final. Terminé una hora antes, como cada viernes, pero esperé hasta la última clase para poder ver por última vez a algunos alumnos y profesores. Después, intentándome aferrar a ese año, a ese Instituto, a esas personas, busqué excusas para permanecer más minutos por allí.

Cuando ya estaba todo hecho, cuando terminé las despedidas por teléfono con algunos padres, subí las escaleras a recoger mis regalos y bártulos. Miré por el hueco de la escalera y estaba ella, la receptora del mencionado email. Sus palabras fueron: hoy te vienes a comer conmigo. No contesté, pero como más tarde me confirmaría, mi cara respondió por mí. Así que, aun sin palabras, acepté la invitación. Minutos más tarde estaba subido a un coche, olvidando que tenía que recoger mis pertenencias en el piso de alquiler, de camino al campo de uno de mis compañeros. Yo no lo sabía. No sabía dónde iba, no quién estaría. Pero tenía que ir.

Durante las horas que duró la comida y la sobremesa, conseguí eliminar parte de la tensión acumulada. Mis compañeros consiguieron que me olvidase del final. Me sorprendió porque no eran precisamente los compañeros con los que más relación había tenido. Tenía, y tengo, una buena opinión formada por casi todos ellos. Pero nunca imaginé que sería invitado a formar parte de su club. Y no, no entré a formar parte. No formo parte del mismo. Pero sí participé de una de esas comidas.

El caso, volviendo a la respuesta a mi misiva, es que la invitación para el viernes es tan abierta que desconocía todo. No sé con quién estoy invitado a comer, no sé a qué hora, desconozco el lugar... Era lógico pensar que sería con los miembros del club. La última vez que les vi, me insistieron en hacerles visitas y participar en sus encuentros. Les dije que me avisaran y, si podía, acudiría. Pero también era posible que fueran otras personas las que querían comer conmigo. Al final, el email que mandé, pese a tratar de evitar mostrar mi estado anímico, era casi tan revelador como el que ahora es una entrada de mi blog. Así que pensé que, tal vez, para ayudarme con el ánimo, para darme las fuerzas (como han hecho durante meses), me invitaban a comer. Pero la intención de escribir un segundo email era precisamente no querer causar lástima, ni siquiera pedir ayuda. Lo que pasa es que esto es algo que siempre termino haciendo.

Al final, ayer me llamó otra persona para confirmar mi asistencia a la comida. Así supe que la misma era con los del club y no con otros compañeros. Claro, tampoco sé cuántos pertenecen al selecto grupo. Pero, la persona que me llamó me sorprendió gratamente. Primero, porque es una de las personas con las que compartí la comida en junio de las que apenas sé nada. Segundo, porque desde el mismo día de aquella comida, no ha dejado de demostrarme afecto, preocupación o interés. Y como desconozco el motivo, me desconcierta.

Como sea, al final no iré a comer este viernes. No descarto acudir a otros encuentros cuando esté trabajando, máxime si estoy algo más cerca que ahora. La verdad, me apetece volver, aunque sólo sea por unas horas. Me apetece hablar con la gente, ver ese mundo al que he pertenecido. Pero, creo que si vuelvo es por unas razones distintas a reunirme alrededor de la mesa con estas personas. No es que no me seduzca la idea, es que otros motivos me mueven con mayor fuerza. Y volver, como pude comprobar a principios del mes pasado, todavía duele.

Seguiré esperando nuevas invitaciones.

Declino la invitación, por esta vez.

10 de octubre de 2010

Plegaria

Antes de dormirme esa noche me vino a la mente la conocida plegaria de la serenidad:
"Que Dios me conceda serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedo, y la sabiduría para apreciar la diferencia".

Marlon Morgan, Las voces del desierto

Hay cosas que no podemos cambiar, totalmente cierto. El problema es aceptarlo o no. Es un inconveniente no aceptar esta realidad porque mientras perdure la esperanza en el cambio, perdurará la distorsión de la realidad. Si es invariable, no tiene sentido permanecer a la espera de la variación. Lo inteligente sería asumir la realidad. Y si no lo más inteligente, al menos lo más adecuado.

Hay cosas que sí podemos cambiar, también totalmente cierto. El problema es encontrar el valor para hacerlo. El valor o aquello que se convierta en motor y causa del cambio. Por tanto, primero es necesario aceptar que es posible el cambio. Más tarde, buscar argumentos para emprender las acciones requeridas para la consecución del objetivo.

Las dos ideas, lo que no se puede cambiar y lo que sí se puede a través del "valor", coinciden en un mismo punto. Ambas se encuentran ante la Aceptación. El problema es cómo aceptar la realidad cuando la imagen que se tiene de la misma está distorsionada. Pero ¿cómo saber qué es real y qué distorsionado? ¿Cómo diferenciar las distorsiones del pasado con las posibles distorsiones actuales?

En la Plegaria de la Serenidad se nos ofrece una respuesta: "la sabiduría para poder discernir". Hace ahora poco más de un año que dejé aparcado mi 2º Proceso. En realidad, quedó a un lado la persona que colaboraba en este camino. El proceso es inherente a mí y ha seguido en mi espalda todo este tiempo. Incluso ha evolucionado gracias a la nueva realidad que supuso el cambio de trabajo, de ciudad, de interacción social, de posición, de identidad.

El problema no está en que no acepto aquello que sé no puede cambiarse. Es cierto que algunas cosas no las termino de aceptar por el dolor que producen, pero la mayoría ya están aceptadas. Vale, de acuerdo, las más importantes son las que más duelen y, claro está, las que más necesidad de aceptación requieren. Y fallo en estas, pero es cuestión de tiempo.

El problema podría encontrarse en la segunda frase de la plegaria. Hay cosas que sí puedo cambiar y no consigo el valor suficiente para lanzarme a la acción. Es cierto que no son cosas tan importantes como las que no acepto que no pueden cambiar, pero sí las cambiase me ayudarían a estar mejor. Y como, hoy por hoy, no puedo quejarme de mi realidad, digamos que me ayudarían a tener menos distracciones frente a objetivos que sí son importantes.

Pero, el verdadero problema está en no saber discernir las cosas que pueden cambiarse de las que no pueden ser cambiadas. Porque mientras pienso que con un hecho determinado no tengo más remedio que aceptarlo, dejo de barajar las posibles acciones que conducirán a un cambio. Y, porque mientras pienso que puedo cambiar algunas realidades, me obceco en acciones que no llevan a ninguna parte, ya que, como decía, hay cosas que no pueden cambiarse.

Sabiduría para diferenciar unas de otras. Éste sí debe ser uno de mis objetivos.

5 de octubre de 2010

Walkabout

A principios de verano recibí como regalo un libro de una autora que no conocía, Marlon Morgan. El título, Las Voces del Desierto, tampoco me era conocido. Sin embargo, sí había oído hablar de él unos pocos meses antes. En una de las comidas de los jueves con los compañeros de trabajo, alguien habló sobre el mismo. Parece que varios eran los que lo habían leído y otros tantos los que (o al menos eso dijeron) pretendían leerlo. El caso es que por entonces no me llamó la atención, me pareció curioso, nada más.  

Cuando llegó a mis manos, ante mi desconocimiento, únicamente valoré el detalle que había tenido la persona que me lo regalaba. Valoré su esfuerzo y su más que buena intención. Así que acepté con una sonrisa y agradecí con un abrazo de despedida.

Semanas más tarde, ya acabadas las oposiciones, acabé el libro que tenía a medias y empecé con Las Voces del Desierto. Tras leer el prólogo recordé de forma clara la citada comida de jueves y las palabras de los que sí lo conocían, lo hubiesen leído o no. Lo primero que hice fue escribir a esa compañera que había insistido en la lectura y que, por lo poco que yo había leído, tenía razón: merecía la pena.

La historia está basada en hechos reales y por ello, pero sobre todo por lo que en el libro se cuenta, se hace necesario elegir una actitud ante el relato. Puedes creerla a pie juntillas, a medias o no creerte nada. Y, de hecho, la autora dedica el prólogo a advertir al posible lector. Como otras veces, usaré unas líneas del libro para aclarar esto:

"Si por el contrario quien lee estas páginas es de los que escuchan los mensajes, éste le llegará alto y claro. Lo sentirá en las entrañas, en el corazón, en la cabeza y en la médula de los huesos."

Sólo diré que la protagonista es una doctora que es elegida para recibir un premio por una tribu de aborígenes australianos. Cuando llegue a la "ceremonia" será "invitada" a realizar un walkabout en el Outback australiano, algo así como un retiro espiritual por el desierto junto a la mencionada tribu.

Desde el principio me gustó la manera de narrar los hechos. Disfruté cada uno de los capítulos, cada uno de los acontecimientos enumerados. Tanto, que al acabar el libro, me sentí muy satisfecho y feliz de haberlo recibido.

A lo largo de sus páginas se tocan temas variados como el dolor, los deseos, la vida y el paso del tiempo, la evolución y el cambio, los sueños, la igualdad, el miedo, la autoestima y el sufrimiento. Son muchas las frases que he marcado para el recuerdo. Por ello, no las incluyo ahora en esta entrada. No descarto otras entradas en los próximos días encabezadas con alguna de ellas y mis ideas al respecto.

Pero sí dejaré algunas ahora:

"Empecé a comprender que por el corazón humano pasaba algo más que sangre."

"Era verdad, la rendición es sin duda la respuesta correcta en ciertas circunstancias."

"La sangre y los huesos los encuentras en todos los hombres. En lo que difieren es en el corazón y la intención."

Y lo dejo ya porque he decidido retomar el blog ahora que tengo tiempo. Lo he tenido abandonado en cuanto a publicaciones. Lo he visitado a veces para releerme y pensar. Al fin y al cabo, siempre he acudido a él en determinados momentos y el actual se les parece bastante. 

4 de octubre de 2010

Benedetti

No te rindas, por favor no cedas,

aunque el frio queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se esconda y se calle el viento,
 
(···)
 
porque esta es la hora y el mejor momento.
 
Sigo teniendo en mi escritorio el papel que escribí con estas palabras. Pero no le presto la atención de antes.

3 de octubre de 2010

Sin novedad en el frente

Buenos días,

Siento no haberte escrito antes. Es algo que tenía pendiente hacer pero no he hecho esperando el momento adecuado. Y no es que me falte el tiempo. De hecho no me falta porque sigo esperando destino. Y aquí llega la razón de no escribir. La espera es más larga de lo esperado. Es cierto, sabía que los recortes llegarían pero, sinceramente, no esperaba que la bolsa tardase tanto tiempo en salir y que llamasen tan poco. Por tanto, tiempo no me falta. El problema es en qué invierto este tiempo. Y como se trata de mi, pues lo dedico a pensar más de lo debido. Pensar no es malo, desde luego. Lo malo es pensar con actitud derrotista o tremendista. Pero, tampoco es algo nuevo en mí. A lo que importa: no te he escrito antes porque esperaba estar de otro humor. Así voy, a días.

Intento mantenerme ocupado. He visto unas cuantas películas que tenía pendientes, también algunas series históricas (he pasado de Espartaco a la Edad Media y, de ahí, a la II Guerra Mundial). Algunas producciones son muy recomendables y ya he tomado nota para alguna posible actividad en mi materia. También he estado leyendo, menos de lo que me gustaría, la verdad. Y apunté en mi lista de libros pendientes algunos que "la más Grande" me dijo le habías recomendado. También he ido aceptando tus recomendaciones vía facebook. Veo que te has convertido en una experta. Y me sorprenden las posibilidades que ofrece la red social.

Te decía que no había novedades y no lo tengo tan claro. Supongo que no hay novedad porque no veo cambios, porque sigo esperando y no llega. La novedad será, quizá, mi actitud. Y no es nada nuevo para mí, pues la apatía o el desánimo han convivido conmigo por años... Pero igual para algunas personas que me han conocido este año sí es algo nuevo. Supongo que sigo idealizando mi paso por allí. Además, sigo echándoos de menos a todos. Y como no hago nada, salvo esperar, me dedico a pensar. Y pienso mal, siempre. Mal porque me obceco en el lado negativo.

Y no me gusta nada este email. No te había escrito antes para no transmitir mi negatividad y termino escribiendo sobre ello.

Palabras que denotan mi estado actual.

Decidido, voy a escribir un nuevo correo para poder contestarte.