Tras acabar, a dios gracias, la lectura del comentado libro de Casavella, estuve pensando en la necesidad de dedicar íntegramente mi tiempo libre al estudio, teniendo presente la proximidad de las pruebas opositoriales. Sin embargo, pese a que el tiempo dedicado al estudio va ampliándose progresivamente, el fin de semana quise leer un libro que compré el pasado verano. Y así fue. Dos tardes en las que, además de estudiar a griegos y romanos, pude disfrutar con los sucesos de un fin de semana en la vida del joven Holden Caufield. Éste es el protagonista de El Guardián entre el centeno de J.D. Salinger.
Como ya hice en Vampiro, no reseñaré el libro. Sí lo recomiendo con insistencia. Es una obra ligera, de fácil lectura, con un lenguaje más que cotidiano. Lleva escondido un mensaje, una crítica, que se ofrece con nitidez al leer el desprecio que siente Holden por casi todas las personas que conoce. Una excepción es su hermana pequeña. También el recuerdo de su fallecido hermano, Allie. Sin embargo, reniega de la sociedad que le rodea y, sobre todo, del comportamiento de la gente. No diré más. Sólo repito que es muy recomendable.
Dejo aquí tres fragmentos que permanecen señalados en mi edición de El Guardián... .
- La vida es una partida, muchacho. La vida es una partida que uno juega de acuerdo con las reglas.
- Sí, señor. Ya lo sé. Lo sé.
De partida, un cuerno. Menuda partida. Si te toca en el lado de los peces gordos, desde luego que es una partida, lo reconozco. Pero como te toque en el otro lado, donde no hay ningún pez gordo, ¿qué tiene eso de partida? Nada. De partida, nada.
Me gusta esta reflexión. No me quedo con la idea de separar la realidad entres peces de distinto tamaño o poder. Me gusta la idea de considerar la vida como una partida. Yo mismo escribía hace más de un año, a finales de 2007 si no me equivoco, Oscuro Pasajero. Éste es uno de esos textos que componen mis escritos antes de H&F. Concluía la última frase con estas palabras:
(...)en este juego que es la vida, en esta partida que todavía no me decido a perder (aunque dejé de tener posibilidades de éxito hace ya mucho tiempo).
Por otro lado, no hace demasiado, grabé unas reflexiones con el móvil. Una noche, al salir de casa, estrené la opción de grabadora de mi nuevo teléfono. Aproveché esa posibilidad para guardar unas ideas que después se convertirían en una nueva entrada. La verdad es que se quedó por el camino, un borrador perdido en alguna carpeta de mi ordenador. Lo importante es que de nuevo me refería a la vida como un juego, como una partida, mejor. Y hablaba de alguien que disfruta siendo un jugador, que aceptando que la vida no es más que un juego, utiliza las cartas que posee para divertirse jugando con su vida y, cuando puede, con la de los demás. A veces me revienta.
En otro momento del libro, cambiando de tema, afirma el protagonista:
Nueve de cada diez de los que lloran a lágrima viva por esas cosas tan falsas de las películas en el fondo son unos desalmados. En serio.
Sé muy bien a qué se refiere Holden. Marqué la frase porque yo soy de los que se emocionan con las películas y, mucho más, con las series. Si lo hago es porque vivo como si fuesen reales las cosas que suceden a los protagonistas. Empatizo con los personajes. Unas veces por las cosas que tenemos en común, porque me veo reflejado. Otras por vivir como yo no vivo, por tener lo que nunca tendré o he tenido. La mayor parte de las veces, las series me sirven como distracción, me permiten cambiar de estado de ánimo, despreocuparme. Pero no hablaré más sobre series, quizá en un futuro post.
Por último, las frases que dan sentido al título de la novela:
Estoy de pie, al borde de un precipicio de locos. Y lo que tengo que hacer es agarrar a todo el que se acerque al precipicio, quiero decir que si van corriendo sin mirar adónde van, yo tengo que salir de donde esté y agarrarlos. Eso es lo que haría todo el tiempo. Sería el guardián entre el centeno y todo eso. Sé que es una locura, pero es lo único que me gustaría hacer. Sé que es una locura.
No puedo decir que yo sea como el guardián, ni que haya pensado antes en serlo. Sí he estado unas cuantas veces cerca de algún precipicio. He tenido suerte y he encontrado a personas que han impedido mi caída. Pero, lo más importante es que he aprendido que no hay mejor guardián que uno mismo; que para poder ser salvador, hay que salvarse primero.
Queda recomendado el libro de Salinger.