7 de noviembre de 2008

Lo que me falta

Estos días he vuelto a sentir tristeza, soledad. He dejado, no sé muy bien cómo o por qué, que ganasen espacio en mi mente aquellos pensamientos que me hacen sentir mal. Recuerdo a quien me dijo, hace ya algún tiempo, que si aprendía a controlar mis pensamientos, podría cambiar la forma de sentirme. Si eliminaba los pensamientos negativos, los fantasmas que acechan sólo en mi cabeza, podría, al fin, alcanzar la paz interior, esa de la que sólo he oído hablar, por el momento.

Hay una característica fundamental en mi personalidad que explica la razón de sentirme solo. Camino cada día dentro de mi coraza, hablo desde las seguras habitaciones de mi fortaleza, me mantengo la distancia del mundo, de la gente. El castillo ha abierto pocas veces sus puertas. Pueden contarse con los dedos de una mano. Algunos han entrado a la fuerza, rompiendo murallas, barreras y luchando contra todo tipo de obstáculos. A otros, los menos, les he dejado pasar por propia voluntad. Finalmente, un par ha conseguido entrar o, mejor, mirar dentro por mi necesidad. Podría sumar un cuarto grupo, aquél compuesto por individuos que han podido visitar parcialmente las instalaciones o que han sido obsequiados con una fotografía del interior de alguno de los salones. El resto del mundo queda postergado a contemplar el baluarte desde la distancia permitida.

Esa distancia establecida, esa limitación constante con el entorno social, ese secretismo exacerbado, esa desmesurada privacidad, determinan que cuando no están presentes aquellos con acceso, o esos otros que pueden conocer una parte o mirar otra, sólo quede la extremada soledad.

No hay nada de malo en estar solo. Cierto grado de soledad es necesario en el hombre adulto. La dependencia es algo que debe permanecer en la niñez y, como mucho, en la juventud. La primera en relación a la familia, la segunda vinculada a otras relaciones sociales. No pretendo exponer que ser adulto conlleva estar solo, como si de un axioma se tratase. No creo en ello. Sí tengo la seguridad en que, a nivel personal, la autonomía se consigue en esa tercera fase de la vida. No por ello debemos alejarnos de familia, amigos y, menos, de la pareja y descendencia (si se tiene). Se trata de eliminar la dependencia.

La razón de esto es una muy simple. Si dependemos de alguien, no podremos vivir sin ese alguien. Si nuestras decisiones vienen determinadas por una segunda persona, es ésta la que decide por nosotros. Ser adulto implica ser independiente. Por ello, no soy todavía un adulto completo. Estoy en ello, que quede claro. Digamos que estoy en la frontera con la juventud. Juventud en la que, por edad, puedo estar todavía incluido. Juventud que, poco a poco, deja paso a una vida adulta. Pero cruzar fronteras no es lo mío.

Traspasar un límite, cruzar la raya, sobrepasar el margen, superar una separación, no tiene porqué ser fácil. Y no lo es, de hecho, en mi caso. No encuentro esto como algo negativo. El lado menos positivo es tener que vivir con las reminiscencias del pasado, memorando actitudes caducas, evocando contínuamente tiempos pretéritos, aunque no lejanos.

Soledad
. Sentimiento de los asociales. Son conductas recurrentes entre éstos la incomunicación, el aislamiento, el encierro, el retiro, la separación. Sólo me comunico cuando elijo hacerlo, abandono mi isla, termino con mi encierro y regreso del retiro cuando alguien elimina la distancia que me separa del mundo. Alguien que puede ser cualquiera de los arriba clasificados. Uno de los que pasean por mi particular mundo, o de los que lo contemplan y/o lo conocen parcialmente.

¿Lo que me falta? Pues, bien superar la dependencia, bien tenerles cerca. Me ocupo en conseguir lo primero, mientras tanto, necesito lo segundo. Y el otro día, sentía que no les tenía cerca. Sentía el peso de la pérdida. La diferencia abismal entre la realidad actual y aquella que rememoro como un pasado mejor. Contrasto lo que tenía y lo que tengo. El cociente, como si de una simple operación matemática se tratase, es negativo. Tuve más de lo que tengo, o eso creo en días como al que me refiero.

Por suerte, o por falta de la misma, cuando el tiempo transcurre, el pensamiento cambia y con él, se modifica el sentimiento. El tema es si lo que sobreviene es de lo que hablaba la semana pasada, esa gota que parece la última, pero que lo único que hace es disminuir ligeramente la carga, facilitando la incorporación de nuevos lastres; o, por contra, surge la opción de caminar de frente, de superar la dependencia y abandonar las viejas costumbres.

Echo de menos hablar. Aquellas tardes en las que caminar por la ciudad bastaba para sentirnos a gusto. En las que podíamos tocar cualquier tema, enfrentarnos a cualquier miedo, concebir proyectos, establecer sanos pensamientos.
Echo de menos, las conversaciones en clase, en el margen de los hojas, las miradas de censura de nuestros profesores y doctores. También, los paseos por el campus, en la laguna,... o nuestras sobremesas en el club social.
Me faltan las personas que era mi familia del alma. Esas que sólo puedo ver muy de vez en cuando. Algunas con las que sólo hablo por teléfono un par de veces al año.
Me faltan horas al lado de la que fue mi segunda familia, la que ahora sólo se hace presente en mi mente, que incluso, a veces, dudo sobre qué parte de mis recuerdos se corresponde con la realidad vivida y qué parte con mis fantasías de aquel entonces.
Extraño a los nuevos, aquellos que han llegado a mi vida más recientemente y se han quedado con una parte fundamental de lo que soy. Esos que llegaron, vieron y vencieron, que pudieron ver y mirar, que oían mis palabras y escuchaban su contenido. Esos que han llenado el vacío dejado por los primeros.
Extraño mi tiempo con mis mejores amigos, mis verdaderos hermanos.

Esto y mucho más es lo que me falta. La actividad social es la que necesitaba el otro día.

5 de noviembre de 2008

Y ya van dos!

Dice el refrán que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Suele añadirse que, para bien o no, se confirma demasiadas veces. Y, además, en ocasiones son más de dos las veces que tropezamos con lo mismo.

No pasa nada, si es para bien. Pero suele ser para mal. Siempre digo que las cosas pasan por algo, o porque tienen que pasar, y que de todos nuestros errores aprendemos siempre una lección. La cuestión es, ¿qué ocurre cuando repetimos el error? (Y he aquí las dos veces) Puede pensarse que es por casualidad, quizá por incapacidad de verlo venir o, incluso, porque no aprendimos la primera vez que pasó.

El destino es caprichoso, eso dicen. Y no hay más que contemplar desde la distancia las cosas ocurridas en nuestras vidas para poder afirmar sin error que es cierto, así es. Ahora hay que pensar en si creemos o no en las casualidades. Si bien hay circunstancias que no buscamos, la mayoría vienen determinadas por nuestras acciones. Nuestro comportamiento, nuestras palabras (y, también, nuestros silencios), nuestras decisiones, incluidos nuestros hábitos, son un componente decisivo ante las situaciones que se nos presentan cada día.

En cuanto a verlo o no venir, hay un asunto claro y que viene en forma de refrán: no hay más ciego que el que no quiere ver. Acertada, se presenta, la sabiduría popular. Es posible que estemos tan ocupados pensando o viviendo otras cosas, que no tenemos, o nos nos detenemos, el minuto necesario para darnos cuenta de aquéllo que se nos avecina. Analizar si nuestra incapacidad de ver es voluntaria o no debe ser una prioridad si pretendemos comprender el por qué nos ha vuelto a ocurrir y cómo evitarlo en un futuro.

Aprender o no de nuestros errores es una ardua tarea, por su parte. Es necesario, casi siempre, un esfuerzo personal. Querer aprender es fundamental. Obvio, a veces, aprendemos del error automáticamente, creamos barreras que nos impidan caer de nuevo, establecemos límites imaginarios hacia aquello que nos ha herido, ponemos tierra de por medio.

En mi caso, ya van dos. Dos veces las que he tropezado con el mismo gran error. Si bien es cierto que ahora, en la actualidad, estoy aprendiendo a solucionar mi crónica actitud de resbalar y precipitarme al vacío por las mismas causas, todavía me queda un largo camino por recorrer. Sin embargo, pese a hallarme en medio del proceso de mejora, por llamarlo de alguna manera, he cometido simultáneamente mi gran error. Quizá la primera vez no lo fue, sólo el resultado final obtenido. Puede que ahora esté cometiendo el primer error, al creer que es posible, que podía obtener lo que no obtuve en primera instancia.

La primera vez no estaba bajo control. La segunda, al contrario, podía evitarse. Y no lo he hecho. He escuchado, en las palabras y frases que se me decían, únicamente aquello que quería escuchar. He alimentado el sentimiento que nacía con argumentos irracionales. He creado expectativas y esperanzas en eso que sé imposible. Y lo he hecho convenciéndome a diario de que lo hacía por desesperación, o porque me era inevitable. La muerte es inevitable, ese destino no puede cambiarse. Sí se puede, por contra, tomar decisiones contrarias a nuestra voluntad, o más todavía elegir cuáles son nuestras voluntades.

He establecido, desde siempre, una clara división entre las personas. De un lado, las pasionales, aquéllas que se dejan llevar por sus sentimientos. Por otra parte, en frente de las primeras, se encuentran las personas razonables, las que piensan antes de hablar, las que analizan sus actos. Ilustración vs Romanticismo. Los extremos nunca son buenos, casi nunca. O, como se dice, en el término medio se encuentra el equilibrio.

Normalmente me auto-denomino romántico-ilustrado. Lo cierto es que, tampoco en esto, me encuentro en el centro. Soy, más bien, de los que piensan en exceso, ya lo dije, y de los que intentan mantener el control de lo que ocurre. Me desesperan los cambios de planes. Me asusta no manejar lo que pasa a mi alrededor o, mejor dicho, no estar bien informado.

Como sea, cuando pensé en escribir esta entrada, lo hice en un día de la semana que acaba en el que sentía con fuerza la crudeza de la decepción. Confirmé y, por ello me decepcioné, que había estado equivocado respecto a algo y a alguien. Que las cosas no se corresponden con la imagen que de ellas he ido estableciendo, que no he querido verlo, porque quería tener fe, creer que podía ocurrir, que esta vez (a diferencia de la anterior) sí se haría realidad. Y duele, cómo duele, ver que has cometido, de nuevo, el error.

El lado bueno de esto es que ni siquiera ante la decepción tengo la absoluta seguridad de estar equivocado. Puede que erre al pensar que erraba, o puede, casi seguro, que siga engañándome.
De todos modos, da igual. Así es mi vida. Prefiero las dudas a las certezas, elijo creer antes que ver, esperanza frente al miedo a la realidad.

4 de noviembre de 2008

Energía

Me muestro escéptico ante las teorías sobre energía vital que se me plantean. Pensando en ello, encuentro, sin embargo, algunos argumentos para empezar a creerlas.

Una vieja amiga, E. (a la que me referiré aquí como Omega, si es que hablo de ella alguna vez más), define la energía como una sustancia vital, universal, infinita e inagotable. El primer adjetivo es aceptable, incluso ineludible. El segundo, la universalidad, me parece más rebatible. Y de si es o no finita o agotable, no sé qué opinar. Tampoco sé si es o no renovable, al menos, aquella a la que dedico esta pequeña entrada.

Me refiero a la Energía definida como fuente de nuestra existencia. Me cuentan que nacemos con una energía, que perdura a través de los años vividos, pero de la que hacemos, habitualmente, un mal uso. Algo así como que tenemos una cantidad de la que empleamos una parte importante a las tareas cotidianas. Usamos nuestra energía para realizar nuestros trabajos. Usamos una parte para con nuestros allegados. Otra porción está dedicada a nosotros mismos, por ejemplo, a nuestro esfuerzo intelectual. También podemos dedicarla al ocio y disfrute. La cuestión es si el uso es correcto o equivocado.

Equivocado es cuando nos centramos en exceso en una de las facetas de nuestras vidas. No podemos dar todo lo que tenemos a nuestro trabajo, por mucho que nos guste (en su caso) o por un sentimiento de responsabilidad u obligación. Equivocado es, igualmente, centrar nuestros esfuerzos en pensar en los demás o, por el contrario, pensar únicamente en nosotros. Más erróneo es todavía si dedicamos una fracción considerable a pensar en aquellas cosas que nos atormentan. Un ejemplo de esto sería dedicar nuestro tiempo a una determinada preocupación por una de las características de nuestra personalidad, bien centrarse en un aspecto físico o en una actitud.

Lo correcto sería controlar nuestras acciones, administrar nuestra energía de modo que abarquemos todas aquellas cosas que son ineludibles y nos quede suficiente para las otras cosas que nos importan de esta realidad en que vivimos.

No tengo más tiempo para desarrollar este asunto, aunque no es necesario darle más vueltas. En una frase, concretaría la idea sobre la energía diciendo que lo mejor que podemos hacer para sentirnos bien (o mejor) es conseguir una estabilidad y un equilibrio entre todas las esferas de nuestra vida personal. Y, más aún, eliminar o, como mínimo, minimizar aquellos objetos en los que proyectamos excesiva porción de energía, sobre todo cuando no son verdaderamente importantes.

Como sea, es posible que mañana modifique la entrada, quizá no. Pero quería escribir esta noche sobre este concepto para no dejarlo en el cajón del olvido.

3 de noviembre de 2008

It's done

Lo hecho, hecho está.
No hay más.
No, no estoy convencido. El pasado, pasado es. Y lo ocurrido no puede cambiarse, de acuerdo. Pero sí puede modificarse la forma en que afecta a nuestro presente.

En Historia hablamos muchas veces de los distintos "tiempos". No voy a exponer la clasificación de F. Braudel, ni explicar la diferencia entre hecho o acontecimiento, coyuntura y estructura. Sí emplearé un recurrido enunciado, aquél que reza "conocer el pasado permite comprender el presente". Es decir, para comprender el presente, cómo es la realidad, es fundamental estudiar el pasado, el camino seguido hasta el momento actual. La historia como evolución. El pasado como causa del presente. Los cambios de realidades.

El análisis de los tiempos pretéritos, por otra parte, ofrece en Psicología conocer los orígenes y causas de determinadas conductas o pautas comportamentales. Poder modificar nuestros hábitos requiere un alto nivel de auto-conocimiento. Y no basta con analizar la forma en que actuamos ante una situación concreta; es necesario proceder a analizar los vínculos emocionales que relacionen nuestro presente y nuestro pasado, nuestra Historia Personal (que diría P. Coelho). Porque, en realidad, se trata de eso, de hábitos prodecimentales adquiridos a lo largo de nuestra vida a través de la experiencia.

Podemos o no creer en esto, que existan o no las relaciones vinculantes entre cosas dispares y tan distantes en el tiempo. Sin embargo, la forma en que actuamos, reaccionamos o emprendemos decisiones, viene directamente decidida desde nuestra personalidad. Y ésta, no hay duda, se debe a las experiencias vividas. De modo que, en resumidas cuentas, lo vivido nos ha enseñado las herramientas, adecuadas o no, para seguir viviendo. Quizá resulte simplista, pero muy cierto.

A veces, por ejemplo, comentamos no saber cómo reaccionaríamos ante el contexto al que se enfrenta nuestro interlocutor o algún tercero. Puedo afirmar, sin riesgo de equivocarme, que no todos sentimos las cosas de la misma forma. Pero, que no existe un modo distinto por cada persona. No pienso en hacer clasificaciones, eso llevaría a error, seguro. Diré que creo en la existencia de grupos o categorías de reacción ante el hecho concreto.

En mi caso, he intentado varias veces escribir una historia de mi vida. Una vez, en el colegio, se nos pidió para "Sociales" una autobiografía. En ella, teniéndola como pretexto, Don Ángel (así se llamaba el maestro) consiguió que aplicásemos algunos de los métodos y técnicas historiográficos. Elaboramos un eje cronológico con acontecimientos importantes en nuestra particular historia y en la de los nuestros. Comparamos nuestro modo de vida con el de nuestro padres y con el de nuestros abuelos. Trabajamos con mapas geográficos para indicar los lugares en los que habíamos estado. Recopilamos información, fotografía, etc. Realizamos un trabajo de campo mediante encuestas a familiares sobre hitos clave. Y algún que otro ejercicio que ahora no recuerdo.

La segunda vez que me esforcé por reconstruir mi pasado o, al menos, la idea que tenía del mismo fue hace unos años. El resultado final fue mi Historial Médico. Desde la cartilla de embarazo, los papeles de las dos intervenciones quirúrgicas a las que me he visto sometido, mis reconocimientos médicos, pruebas, etc. Lástima que abandoné el proyecto, pues en estos momentos poseería más información clínica que mi historial en el Hospital Universitario. Aunque, siempre lo digo, me queda mi cabeza, que para otras cosas no, pero para recordar vale mucho.

La tercera ocasión no hace mucho. Esta vez sí intenté contar todo aquello que pudiese recordar. Ahora, poco a poco, descubro que poseo más recuerdos de los que creía tener guardados. Siempre he criticado mi memoria selectiva. ¿De qué me sirve conocer el nombre de todos los califas Omeya, por poner un ejemplo, y no recordar nada de mi infancia? Pues para mucho, la verdad. Sobre todo en tiempo opositorial.

Pero, como de lo que se trata es de conocer mi pasado para entender mi presente, necesito recordar más de lo que lo hago. Alguien me dijo una vez, o dos, que todo lo leído, todo lo estudiado, queda en un lugar de nuestra memoria, almacenado. La cuestión es conseguir o no conectar con lo que buscas en el momento en que lo buscas. Una solución válida sería apuntarlo todo. Así, teniendo un archivo informático y más fiable, se puede tener acceso a la información deseada en el momento ocurrente.

No sé si Hopes and Fears se convertirá en ese archivo, no lo creo. Aunque estoy convencido que, en parte, sí va a ser mi archivo. ¿De qué? Pues de mi presente, que al fin y al cabo, es mi pasado.


I'm done (o, lo que es lo mismo, He terminado), by now!!

2 de noviembre de 2008

Vergüenza

- Con los años, uno debe fingirse más tonto de lo que es... Los hombres siempre se quitan la vida por vergüenza. La vergüenza, ése es el veneno del tiempo. Pero la vergüenza se olvida, Felipe. Olvidemos nuestra vergüenza como los demás nos olvidan a nosotros. Con el tiempo...

En el libro que leo en estos momentos, titulado "Lo que sé de los Vampiros" de Francisco Casavella, puede encontrarse este fragmento. Es una parte de un diálogo. El libro no habla sobre vampiros, dicho queda. No pretendo, tampoco, reseñarlo; y menos sin haberlo terminado todavía. Aunque sí puedo recomendarlo.

Me sirve de pretexto para hablar sobre algo, la vergüenza. No sé si el personaje que afirma tan contundente argumento tiene o no razón. La vergüenza es algo decisivo. Ejerce alta presión. Considerarla la causa única del suicidio, se me antoja exagerado; aunque no va por mal camino. Como este tema es peliagudo y no quiero conjeturar sobre él, me quedo con la parte de la vergüenza como sentimiento.

¿Cuáles pueden ser razones para sentirse avergonzado? Múltiples, está claro. La cuestión es si esas causas son o no razonables para sufrir este tipo de emoción. Existen, por supuesto, situaciones más o menos comprometidas, embarazosas quizás. Pero no admitiré que existen características personales de las que poder avergonzarse. Y no soy portador de este emblema. Quiero decir, no estoy libre de esta molesta realidad. Más bien al contrario. La he padecido durante años.

¿Y de qué me avergonzaba? De todo. De mí mismo. Desde mi forma de hablar o expresarme, mi entorno social o mi comportamiento, a cosas más banales como mi forma de vestir. Hace unos meses hubiese dicho que se debía a mi enfermedad. He vivido con una especial situación médica, diré. El resultado es que durante años me he sentido distante del resto del mundo, diferente a la fuerza. Hoy, después de una intervención quirúrgica y un tratamiento (este es uno de mis Procesos), puedo afirmar que soy normal. Ya no soy un niño, ahora soy un hombre. Pero la vergüenza permanece.

Nadie debería sentirse mal por padecer una enfermedad, da igual la que sea. En mi caso, problemas de crecimiento. Algo que queda en el pasado, pero que ha seguido marcando mis actuaciones hasta el presente. No soy culpable de ello, no soy el responsable de mi tumor. Sin embargo, cuando no entendía qué me pasaba, cuando no conocía las causas para mi distinción, me sentía avergonzado. Llegué a ocultarme al mundo, porque no sentía pertenecerle. Mi respuesta psicológica fue ambivalente: por un lado, era diferente y lloraba por ello; por otro, me sentía especial no sólo físicamente, podía ver el mundo desde otra perspectiva, desde fuera.

Quisiera dejar escrito que todo esto pasó, pero como insinuaba antes, me marcó para siempre. Y aún hoy trabajo en aprender cómo combatir tan diestro enemigo. "Con el tiempo..." acaba el texto que encabeza mi entrada, esperaré pues. Lo duro es descubrir que la vergüenza pertenece a tu modus vivendi desde siempre. Conocer la razón es mi objetivo ahora. La finalidad, eliminar en la mayor medida posible ese mecanismo conductual.

Muy arriesgado lo que digo, teniendo en cuenta cuánto me cuesta hablar de mi enfermedad. Me tranquiliza saber que hasta hoy nadie me lee. No sé si alguna vez tendré lectores, pero si llegasen, no creo poder mantener este nivel de sinceridad. Soy muy cerrado para mis cosas. No obstante, ya lo dije, voy a salir al mundo que existe más allá de mi fortaleza.