Beyoncé nos regala su voz con este Satellites en su último disco, I am a Sasha Fierce:
30 de marzo de 2009
29 de marzo de 2009
Castigo
Muchas veces lo siento así. Creo que merezco lo que me ocurre. Empiezo a pensar y concluyo, siempre, con la misma reflexión: es mi culpa.
Culpable por mantener determinados pensamientos. Culpable por permanecer impasible. Culpable por no cambiar algunas de mis ideas. Culpable por no aceptar las cosas como vienen y esperar que vengan como quiero. Culpable, también, por resistirme frente al avance, lo nuevo. Culpable, además, por alimentar las esperanzas y crear nuevas expectativas, ésas de las que hablo frecuentemente. Y culpable por resignarme.
Me viene al pensamiento la idea del karma. (Y pese a no haber visto nunca la serie, me acuerdo de My name is Earl). Un concepto oriental al que se recurre asiduamente para justificar los acontecimientos personales, una forma de entender que cuando algo bueno ocurre es porque lo merecías y, por contra, cuando te pasa algo negativo es que has hecho méritos para merecer el castigo. Algo así como la causa y el efecto.
Si bien todos nuestros actos tienen su reflejo, unas consecuencias, es irracional considerar cada hecho consecuencia del anterior. Claro está que lo que nos viene, en el trabajo por ejemplo (enlazando con los cambios de los que hablaba hace poco) es un reflejo de nuestras acciones. No existe, lo creo con firmeza, ni un dios-juez ni una balanza, nada ni nadie, que determine cuándo merecemos recompensas, cuándo castigos.
A veces merezco el castigo. A veces lo busco.
Recuerdo el refrán "Somos esclavos de nuestras palabras y dueños de nuestros silencios". Lo mismo para con nuestros actos.
Y todo esto porque el otro día hablaba con una vieja amiga que me decía que, nuevamente, su suerte había provocado el fracaso y la pérdida. Le contesté que no es la suerte, ni el destino ni nada que se le parezca. Que no es que esté escrito que todo le vaya mal. Puede que las cosas no le salgan como espera, pero eso no implica que sea su sino. Tampoco justifica el derrotismo ni la tendencia a la negatividad. Y como nos parecemos mucho, y tantas veces me he sentido como se sentía el sábado, le transmití consejos que yo mismo he recibido. La insté a cambiar de actitud. La empujé hacia la lucha.
Esta vida es así. No hay otra. Nos toca vivir. Sólo hay una salida para evitarla y no es, precisamente, la mejor opción.
24 de marzo de 2009
Vampiro
Ayer terminé de leer, por fin, la última novela de Francisco Casavella, ganadora del Premio Nadal 2008, Lo que sé de los vampiros. Una novela que compré con una idea sobre su contenido que cambió radicalmente después de la lectura de las primeras, no sé, 50 páginas quizá. Si pensé que se centraría en la expulsión de los jesuitas, donde parte la historia, me di cuenta enseguida que Casavella aprovechó un elaborado personaje para presentar la realidad del siglo XVIII, concretamente el final del mismo, los años que fueron transición a un Nuevo Mundo, como al final de la misma novela se refiere.
En líneas generales, se nos presenta la expulsión de la Compañía de San Ignacio de Loyola en España y el inicio de un viaje que llevará al protagónico, Martín de Viloalle, a la Roma papal, un mundo lleno de artistas, mecenas y estafadores, donde conocerá a un personaje que es pilar fundamental de toda la narración, Welldone. Con él viajará por toda Europa, visitará las cortes más emblemáticas, los hechos más significativos hasta que, de regreso a su tierra y, dada las circunstancias, termine en medio de la Revolución Francesa. Una época llena de cambios que el autor conoce a la perfección, relatando con todo lujo de detalles cualquier momento cotidiano relacionado limpia y coherentemente con los hechos históricos.
No contaré nada más, no pretendo reseñar el libro. Ni siquiera lo recomiendo. Así como me parece fascinante la cantidad de información que el fallecido Casavella poseía sobre la época, considero que el lenguaje empleado dificulta, a veces, la lectura. Pero sí quería dejar escritas algunas frases que marqué al leerlas, costumbre que mantengo desde hace unos años.
He aquí algunas de las frases que me gustaron, o tocaron, de Lo que sé de los vampiros:
- Con sólo pensarlo, una máscara había caído y en su lugar nacía la verdad, que en sí misma no es ni buena ni mala, pero requiere, para entenderla, cierta fortaleza de ánimo.
- Está escrito el morir, no hay duda. Pues que muera uno bien harto de gozosas embestidas.
- Los hombres siempre se quitan la vida por vergüenza. La vergüenza, ése es el veneno del tiempo. Pero la vergüenza se olvida, Martín. Olvidemos nuestra vergüenza como los demás nos olvidan a nosotros. Con el tiempo...
- Martín duda que fuera san Ignacio el autor de la frase "No ser abarcado por lo grande, sino contenido por lo más pequeño". Son palabras demasiados humildes para tan enardecido personaje.
- Los temores se vuelven rumores que se vuelven hechos: no hay nada como imaginar desgracias para crear las condiciones que las hagan realidad.
- Saben, contra lo que digan esos petimetres, que no es héroe quien muere por su bandera, sino quien hace que el enemigo muera por la suya.
Y nada más. Lo dicho, no hago ni reseña ni recomendación. Tan sólo dejar aquí las frases y, en pocas palabras, una reflexión. La misma que se hace casi al final del libro. En esta vida, cada cual tiene sus propios vampiros. Y yo, Martín, como el de Viloalle, no podía ser la excepción.
¡Hasta pronto!
20 de marzo de 2009
El 'Campañas'
Así me llaman ya, el "Campañas".
Tengo unas cuantas entradas pensadas, algunas pendientes de ser terminadas, otras que tan sólo son ideas.
El cambio marcó mi viernes. Cuando todo parecía seguir su curso habitual, la casi esperada noticia llegaba. Dejo, temporalmente, el puesto de trabajo que llevo ejerciendo desde hace cerca de tres años. La crisis, de la que todo el mundo habla aunque la mayor parte del tiempo se presente como un rumor, empieza a hacerse sentir. Continúan, por el pueblo, el cierre de fábricas; se oyen despidos y dramas familiares. Sigue sin tocar directamente a nadie de mi entorno, ni familiares, ni amigos ni siquiera conocidos. Yo sigo optimista, valga la paradoja, y mantengo que pronto vendrán tiempos mejores. Poco entiendo de economía y menos me he informado, así que nada puedo decir.
En Cuatrocaminos los efectos del fenómeno se manifiestan en el descenso de ventas. Un descenso palpable, aunque no preocupante. Primero fueron las no renovaciones de aquellos contratados temporalmente. Ahora llegan las reestructuraciones de los fijos. Sigo pensando que todo se trata de una técnica de proteccionismo en la que el objeto que se pretende cuidar no son ni los empleados ni los clientes, la lucha es mantener el beneficio. No importan demasiado las personas, ni las de fuera, ni las de dentro.
Como sea, el caso es que abandono, forzosamente y sin resistencia, mi lugar de trabajo. Mi pasillo ya no es mi pasillo. Mis libros ya no serán mis libros. Ya no hablaré con los proveedores, ni con los comerciales de las editoriales, ni estaré informado de las novedades y los lanzamientos. Ahora venderé muebles de jardín, pérgolas, tumbonas y hamacas. El cambio de sección, jefe y compañeros, no viene acompañado de mejoras. No cobraré más. No amplían mi jornada parcial a completa. No cambian, al menos por el momento, mi horario. Me alejan de mis apoyos emocionales, también de mis "enemies".
Veremos cómo me siento a partir de mañana, lunes.
Tengo una esperanza. Espero que el, en teoría, empeoramiento de las condiciones laborales se torne en positivo como una razón fuerte para centrarme por completo en el estudio, dedicar con ahínco el tiempo que queda hasta que la oposición comience de nuevo. Ojalá sea un aliciente para luchar de verdad, una vez por todas.
Echaré de menos los briefings matutinos, los comentarios sobre baile y bailarines, las recomendaciones literarias y fílmicas. Extrañaré a algunos compañeros. Y, sobre todo, hacer lo único que me gusta hacer en esta empresa.
Me dedicaré, sin entregarme como antes, a mis nuevas ocupaciones. Al final, son ellos los que pierden. Dejan al frente de mi sección a dos personas que no llegan a los niveles deseables, una por tener arraigadas unas pautas de comportamiento contraproducentes, la otra por su incapacidad personal y su falta de aptitud e interés. Desaprovechan el potencial que tantas veces han reconocido que poseo, para ponerme al frente de algo que cualquiera podría hacer. Y lo hacen por la confianza que me tienen, o eso dicen. Tendré que creerlo, puesto que llegada la Campaña de Texto, mi campaña, regresaré al puesto que nunca debí dejar, demostrando que la misma es mi cruz y que puede llevarla hasta donde me pidan. Pero ya lo he dicho, no voy a esforzarme ahora, ni por la campaña "del buen tiempo" ni, llegado el momento, la campaña "de juguetes".
Seré el "campañas", sí. Pero lo seré a mi manera. Ahora trabajaré con menos empeño, con menos dedicación, más desinteresadamente.
El cambio ha llegado, pero no esperan las consecuencias.
13 de marzo de 2009
Primera vez
El viernes pasado pensé que debía escribir esto. Todavía no había ocurrido nada, pero sabía que nuestra primera vez (juntos) sería especial. Sé que nunca olvidaré ese día. Lo pasamos genial. Desde muy temprano hasta entrada la noche.
El lugar escogido fue perfecto. La naturaleza ofrece formas espectaculares. El pueblo, pequeño, nos acogió rápido. Caminamos hacia nuestro destino. Una vez allí, hicimos lo que queríamos hacer, lo que habíamos planeado. Al principio estuve nervioso, mucho. La idea preconcebida no era cercana a la realidad. Sí lo eran los nervios. Imaginaba que, llegado el momento, me pondría histérico. Nada más empezar se me aceleró el corazón. Después con la repetición, ganando experiencia, logré alcanzar la calma, sin perder la excitación, pero disfrutando. No sé cuánto tiempo pasó, sólo que el goce fue general. Al terminar, supe que debíamos volver allí en otra ocasión. Volveré, espero.
Caminamos de nuevo hasta encontrar el lugar para celebrar (mejor, continuar celebrando), descansar y reponernos físicamente. Lo cierto es que la comida no fue suficiente para obtener una fortaleza aceptable para el resto del día. Quedé roto. No tengo costumbre. Aún esta mañana podía encontrar alguna molestia en mis articulaciones.
Por la tarde, antes de regresar a la Ciudad, hicimos una parada. El lugar no era tan especial como el de la mañana, pero se nos antojó apropiado. Caminamos, reímos, nos disfrazamos e, incluso, corrimos. Unas cuantas fotos inmortalizaron estos y los momentos previos. Creo que debimos tomarlo con más calma. El recóndito paraje exigió un esfuerzo físico que terminó de abatirme.
Ya en la Ciudad descansamos, nos duchamos, merendamos y nos preparamos para continuar. Queríamos alargar el día, hacerlo eterno o, como mínimo, más duradero. Una cena supuestamente exótica nos ayudó para vivir las últimas horas. Cenamos, bebimos, anduvimos, hablamos, reímos, contemplamos el mundo nocturno y la fauna que lo habita. La falta de costumbre, el cansancio y las obligaciones del día después, pusieron fin a la noche de fiesta. Nos retiramos. Empezamos algo que no terminaría hasta el lunes. Y dimos por finalizada la primera vez...
La primera despedida de soltero es sin duda especial. No siempre las primeras veces lo son, pero para mí (al menos) ha sido un gran día. Las "Covetes dels Moros" me impactaron, me aceleraron el pulso y, como digo, me rompieron. La subida a la montaña, disfrazado, me terminó destrozando. La ducha y la merienda supusieron, junto a la compañía, otro momento que no olvidaré. Y por la noche, pese a nos disfrutar de la fiesta como el resto de gente, me divertí (como la mayor parte del tiempo que pasamos juntos).
Lo pasé en grande... la primera vez.
Post entrada (o Post post, jeje): pensé escribir esta entrada para contrastar con el tono serio, melancólico, triste o negativo de la mayor parte del blog. Se me ocurrió que podía tener gracia. No sé si lo he conseguido, pero seguía apeteciéndome recoger aquí este acontecimiento. Escrito está.
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