20 de enero de 2009

Diciembre

Nunca debió coger el teléfono. Sus palabras le arrastraron hasta el mismo fango de siempre. Hay muros que no deben ni tan siquiera intentar derribarse, deben ser obviados. Es necesario encontrar el camino para sortear estos obstáculos que, con frecuencia, nos ofrece el devenir de nuestras vidas.

Daniel sabía a lo que se enfrentaba. Había llegado a esa misma conclusión desde hacía meses, incluso algo más de un año. No estoy seguro de si fueron las cartas que encontró las que consiguieron que se diese cuenta, definitivamente, de su realidad o, tal vez, fue conocer a Sonia. Lo cierto es que tras descubrir el pasado de sus padres, todo cambió para él. Ella, únicamente, se unió al conjunto de factores que determinarían los últimos meses de su vida.

Las palabras pueden ser, si se quiere, muy crueles. Las noticias pueden darse de varias formas. Sin embargo, como de costumbre, la muerte de Sofía se sirvió de la forma más fría imaginable. Una triste llamada de teléfono. Sí, tan sólo unos días después de conocer las razones que tuvieron sus padres biológicos para darle en adopción y descubrir, con entusiasmo, la existencia de una posible hermana, el azar le apuntillaba con su muerte.

Sofía murió sin tener la oportunidad de conocer a Daniel. Ninguno sabía muy bien que depararía la cita que habían concertado para el fin de semana. Él le había pedido paciencia, ella, aún sin entender qué tenía que contarle este desconocido, aceptó la invitación con cierta esperanza. Y es que ella sabía de la existencia de un hermano mayor, hijo de su propia madre. Pero, tampoco ahora, era el momento para que Daniel descubriese su pasado, sus raíces.

La vida del joven informático no resultaba fácil por entonces. Parecía que una etapa de estabilidad y paz, que habían sido sus primeros 31 años de vida, estaban cediendo lugar a una mucho peor. Una etapa que empezó con su separación, tras perder, en dos ocasiones, un futuro hijo. El regreso a casa de sus padres y, sobre todo, el hallazgo de las cartas de sus verdaderos progenitores, fueron el inicio del final.

Si bien durante unos instantes, Daniel pensó que saldría de la oscuridad, la inesperada e inoportuna muerte de Sofía truncaba por completo la última luz que recibiese su corazón. Y, entonces apareció Sonia.

Soni, como le gustó llamarla hasta el final, le ofreció momentos de sosiego y placer, un hombro sobre el que llorar y, por encima de todo, el último empujón. Se convirtió en su confidente. Escuchó cada palabra, cada sentimiento que éstas contenían. Le oyó hablar de su esposa, de los fallidos embarazos, la crisis y la ruptura. Memorizó los detalles de la extraña adopción. Casi sintió la sorprendente muerte de Sofía. Pero Sonia no tuvo miedo. Daniel, por su parte, sentía que algo más estaba sucediendo, que había algún misterio encubierto en su historia personal. Y quiso averiguar qué papel habían jugado sus padres adoptivos, los biológicos e incluso su medio hermana.

Daniel enloqueció. Nunca fue completamente feliz. Tuvo momento mejores, como todos. No obstante, nunca consiguió plenitud porque, inconscientemente, sabía que había algo más. Aguantó, como pudo, los inconvenientes de la vida. Sorteó obstáculos. Vivió, a su manera, al menos. Sin embargo, el pasado noviembre sintió que era el momento. El final estaba llamándole. ¿Para qué seguir?


Y cambió de actitud. Superó la pérdida de su mujer, dejó a Sonia, enfrentó su pasado personal y, sobremanera, decidió vivir.

Tarde, demasiado tarde. Llegó diciembre. Sonó el teléfono. Daniel contesta, escucha, cuelga: acaba de descubrir que le quedan dos meses de vida.


P.D. Hoy me apetecía escribir de nuevo. Había pensado varias posibles entradas. No iniciaré ningún borrador, pues siempre los dejo abandonados hasta que los olvido. Quiero escribir "Diferente". Igual lo hago dentro de un rato, igual después. Por ahora, algo de ficción.

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