30 de abril de 2009

Algún día...

Muchas veces, delante del espejo, repito estas dos palabras. A veces las digo al compararme, al mirar. Otras veces cuando tengo pensamientos poco optimistas. Y las digo incitándome a tener paciencia, a esperar sabiendo que todo llega, que las cosas vienen a su debido tiempo.

Algún día... despertaré en mi propio hogar.

Algún día... trabajaré en algo que me satisfaga.

Algún día... me sentiré completo.

Algún día... superaré las pérdidas, aceptando la realidad.

Algún día... estaré tranquilo.

Algún día... conseguiré ser feliz, con lo bueno y lo malo que tiene la vida.

Algún día... sabré que todo mereció la pena.

Algún día... dejaré de intentar averiguar lo que los demás piensan o sienten.

Algún día... me gustaré frente al espejo.

Algún día... venceré mis miedos.

Algún día... viviré.


Y, ¿hasta entonces? No lo sé. No se puede vivir esperando. Hay que vivir. Ahora es el momento. Cada día. Las cosas, como digo, llegan a su tiempo. Y cada vez las tengo más cerca. No puedo desistir, tengo que seguir luchando, debo encontrar fuerzas para aguantar las últimas semanas (y los últimos meses) hasta que, por fin, lleguen (algunas de) las metas.

Algún día... todo va a cambiar.

29 de abril de 2009

25 de abril de 2009

Raro

¿Tan difícil es entender cómo me siento? ¿Tan absurdo es que me sienta así?

Durante los últimos años, cada vez que llegaba el momento tenía una caída emocional. Me afectaba que las circunstancias fuesen contrarias a la normalidad. Tenía una recompensa: me sentía vencedor al haber ido ganando y recogiendo consideraciones de mis cercanos. Pero siempre me parecía escaso. No conseguía llenar el vacío, no borraba los años previos. Supongo que no sabía valorarlo o, quizá, la falta era más importante que lo que tenía.

Cuando no tienes nada y encuentras te sientes bendecido. Cuando la bendición desaparece es fácil caer en el oscuro pozo de siempre, incluso hacerlo con más fuerza y crudeza. Aunque algunos piensen que nada he cambiado, estoy convencido de que estoy mejor que hubiese estado hace uno, dos o más años. No puedo negar que me afecta. No puedo evitar sentirlo. Es fácil dejarme llevar por la tentación. Es mi habitual pauta de comportamiento.

Habría llorado, y no lloro. Intento entenderlo, barajando los argumentos que justifiquen cómo han sido los hechos. Quiero comprender, creo que lo comprendo. Lo que pasa es que me duele. Y aunque quiero no puedo evitarlo. Sé que no es bueno tener estas necesidades, pero las tengo. Me hacía falta. Lo esperaba. Y estuve bien mientras todavía quedaba tiempo. Después llegó la confirmación del miedo. Lo que temía que ocurriese terminó pasando. Y quise restarle importancia. Y le resté importancia. Pero sigo queriendo, sigo esperando, sigo sin entenderlo.

Lo siento. Siento seguir siendo así. Quiero ser fuerte, independiente, adulto. Pero tampoco pido nada del otro mundo, sólo algo normal, lo que todo el mundo tiene, la maldita normalidad. Es como si no bastase con ser, o haber sido, diferente todo el tiempo y tuviese que seguir viviendo a la fuerza en un mundo paralelo, en un castigo que me impide hacer y tener los que los demás hacen y tienen. Y me pregunto qué he hecho o qué hago. Me planteo si lo merezco, si lo busco, si no sé hacerlo bien. Y todas estas preguntas me parecen más absurdas que el sentirme de la forma en que me siento.

No pasa nada, no es para tanto. Al menos es lo que debería pensar. No puedo evitar, sin embargo, sentirme raro.

17 de abril de 2009

Se acerca...

Estoy cerca de la rendición. No es una derrota. El balance final puede parecérsele. No es una derrota.

Quizá sea verdad que todo tiene un límite. Al final, para bien o no, será lo mejor. No se puede vivir permanentemente en una transición. Cada proceso tiene sus fases. Conseguir un objetivo implica un esfuerzo, una acción, un trabajo. Cuando el primer intento es fallido, tras un período de duelo, ponemos en marcha, de nuevo, el motor que nos lleve a la consecución de nuestro propósito. Cuando fracasamos por segunda vez, el lamento se hace mayor. Tanto que cuesta recuperarse y encontrar voluntad para volver a luchar por el sueño. Sin embargo, es posible. De hecho, repetimos una y otra vez, siempre que no desaparezca la aspiración.

Mi problema debe ser que me he perdido en el transcurso de una de esas caídas. Debí pensar que me había recuperado y lo intenté, por ello, una tercera y una cuarta vez. Pero lo he hecho por inercia. Por la misma fuerza que me incita a realizar muchas de las tareas diarias. Y no son formas. No lo son, al menos, para alcanzar determinadas metas.

Cuando desaparece la ambición por el objetivo, cuando lo único importante es cumplir con las obligaciones, la lucha carece de sentido. Nadie combate por algo en lo que no cree. Y si lo hace, lo hace por motivos distantes del premio a lograr.

Y es que este mundo es para quien sabe enfrentarse a lo que se le presenta; el que acepta las reglas y decide qué hacer con ellas; ése que lucha por su bien y, más todavía, disfruta de sus ganancias. Al no valorar los puntos intermedios, no tener en cuenta las pequeñas victorias y, lo que es peor, quedarse únicamente con la (gran) derrota, se está caminando hacia un final.

Por eso, a veces, siento que no estoy viviendo, que (todavía) estoy dentro de un cuerpo y de una vida que no me pertenecen. Percibo con indiferencia. A veces, vuelvo a los catorce años al pensar que, con suerte, al despertar a la mañana siguiente todo habrá cambiado. Regreso a la ingenuidad que me llevaba a creer que todo era una prueba y, como tal, tendría su final. Después, todo sería normal. Sólo es mi tendencia conductual, mi fe en lo sobrenatural.

Antes me enfadaba al pensar en la injusticia. El bien y el mal, no sé. Mi concepto sobre lo que está bien se ha mantenido intacto. No tanto lo que siento que está mal. Me revienta pensar que este año será distinto. Cuando hablo de ello, insisto en que este es el año. Cuando pienso en ello, deposito todas las esperanzas que soy capaz de engendrar. Lo digo. Termino creyéndolo. Pero en mi fuero interno sé que no es verdad. Ha de hacerse más de lo que hago, lo sé. No es cuestión de merecer o no el triunfo. Hay que cumplir.

Y yo no cumplo porque estoy perdido, no sé ni cuánto tiempo hace. Siempre he oído que las oposiciones son una carrera de fondo, que sólo alcanza la meta el que resiste hasta el final. Y se acerca a la verdad. Pero, no basta con resistir, hay que hacerlo luchando, poniendo interés, echando el resto. En mi caso no sé si es por falta de madurez, por miedo a la realidad inherente a aprobar la plaza, por incapacidad personal, por desidia o simplemente insatisfacción. Sea como sea, sigo intentándolo, agotando el tiempo y las opciones, sin entrega alguna.

Es cansancio, supongo. Siempre lo hemos dicho, quema demasiado. Espero que sólo sea una noche de debilidad. No pensaré en el tiempo que queda, no en lo que debería haber hecho, ni tampoco en lo que queda por hacer. Seguiré el ritmo, estudiaré y, llegada la hora, lucharé con las armas y conocimientos que haya obtenido hasta el momento.

Y lo mismo para el resto de cosas que, en mi vida, funcionan de la misma forma que mis estudios de oposición.

14 de abril de 2009

¿Naturaleza?

Yo también sé lo que es una madre. No sé qué se siente, no soy mujer; y, como hombre, todavía no he sido padre. Pero sí soy, como todo el mundo, hijo. Y como tal he experimentado la relación que existe entre progenitores y descendiente. Los que me conocen, saben a ciencia cierta que los míos no son un modelo a seguir, o si lo son, lo son como "no deben ser" o como ejemplo de lo que está mal.

Lo que sí está (verdaderamente) mal es lo que siento. Siempre que puedo afirmo que siento indiferencia, que quiero que llegue el momento de decir adiós para siempre. Aseguro tener ganas de cerrar la puerta, definitivamente. Digo no querer saber nada más. Pero tampoco en esto estoy siendo sincero. Quizá honesto a medias. Una parte de mí, una enorme, quiere poner un punto y final. Otra, aun pequeña, mantiene viva la esperanza.

Una cosa es lo que pienso y otra, muy distinta, lo que siento. Razonadamente son muchos los motivos que me llevan a tomar la decisión de acabar por siempre. Cualquiera podría entenderme. Muchos me alentarían a hacerlo. (Algunos ya lo hacen) Sin embargo, tengo miedo a ese momento. Y, peor, tengo cierta esperanza en que todavía, aunque parezca mentira, puede solucionarse.

Y lo siento, lo siento mucho. Me duele sentir así. Rabia. Rabia por mi indecisión. Ira por plantearme el olvido, la disculpa. A veces creo que sería más fácil si me pareciera un poco a ellos. Si, como ellos, hiciese como que nada ha pasado. Así se comportan, como si ninguna de las razones que nos distancian fuese real, como si el pasado no existiese o no se correspondiese con la realidad que recuerdo vívidamente. No quiero parecérmeles en esto, tampoco.

Hay algo que me arrastra, incontroladamente, a estar cerca. Como si existiese una gravedad que me convierte en un satélite que no puede alejarse del planeta al que pertenece. Como si los actos humanos, los errores cometidos, la decepción, la falta de cariño, no fuesen suficientes para acabar con la ley natural que vincula a hijos y padres.

Me viene a la cabeza esas personas que cuentan sus penurias en programas de tv (lamentables, por otra parte) y buscan a personas que al nacer les abandonaron, les dieron en adopción o casos similares. Y pese a todo tienen esa necesidad. No sé si puedo comprenderles. Mi situación es distinta. Parece que esa misma fuerza de atracción inevitable, les obliga a buscar y perdonar.

Y me cuestiono:
¿Tan grave es lo que me han hecho para alejarme?

¿Qué clase de persona sería si hiciese algo así?

¿Qué pensaría la familia, los conocidos, mis amigos?

¿Podría vivir con la culpa?

Y muchas más preguntas que terminan fomentando mis miedos ante la (inminente) realidad futura, acrecentando las dudas ante la necesidad de tomar decisiones, impidiendo concentrarme en lo que (ahora) importa, aumentando el sentimiento de culpabilidad y, además, impidiéndome dar el paso definitivo a la madurez.

Precisamente es eso, madurez. No sé si los sentimientos contradictorios se deben a la falta de madurez. Si es el niño (y, por tanto, la dependencia paterna) el que habla o es mi moral. No sé qué es lo que alimenta esa pequeña esperanza, si la necesidad o ése vínculo del que hablo. Si preguntase, cualquiera me diría que una madre es lo más grande, la persona más importante de la vida de cualquier persona. Yo contestaría que siempre hay una excepción. Y no me equivocaría. Lo que no tengo seguro es si habla mi resentimiento, mi odio o mi dolor, y no mi razón.

Es difícil. Es muy difícil porque soy parte. No puedo ser objetivo. No sé si cuando razono, pretendo o razono realmente. Quizá no importe, sólo importe lo que siento, lo que es mejor para mí. Es algo, una decisión, que tendré que tomar en su momento. Intentaré hacer lo mejor que pueda. Espero saber discernir y elegir la opción correcta. Hasta entonces, procuraré centrarme y pensar lo necesario.


Siempre digo que debo centrarme, pero sigo en las misma... ¿No tengo remedio?