8 de diciembre de 2008

The Secret

Tenía dos entradas pendientes. Dos temas de los que hablar. Dos sentimientos, dos descubrimientos. Iba a hablar del Orgullo, si no me equivoco, como mecanismo defensivo. También quería escribir de mis Hermanos, los de sangre y los que he llamado (y llamo) o siento como tal.

Han pasado demasiados días desde la última publicación. No he sacado los minutos necesarios para crear un nuevo post, para finalizar los pendientes, para terminar uno de mis borradores. No importa demasiado, puesto que todavía no he tenido lectores. Los desconocidos no han llegado, los cercanos no han sido invitados. Algunos tan sólo esperan mi asentimiento. Y sigo sin decidirme.

Las razones, creo, ya las comenté. En cualquier caso, la principal es mi preocupación en cuanto a cómo podía influirme lectores de mi mundo. No tengo problemas si alguien me lee. Pero si el que lo hace es alguien que me conoce, terminará, casi seguro, determinando la forma en que escriba o los temas de los que hable.

Sin embargo, las circunstancias han abierto las vías hasta H&F. Ya son varias las personas que saben de su existencia, algunas que conocen su nombre... Bastaría usar un buscador en la red para encontrarme. Y eso es más que suficiente para no escribir sobre los dos temas (uno, en realidad) que más me preocupan y de los que no hablo habitualmente.

El lado positivo es, precisamente, éste. Si escribo sobre ello y alguien desconocido lo lee, nada pasaría salvo que un/a desconocido/a conocería algo íntimo. Pero para eso está el anonimato. Si no escribo sobre ello por miedo a que quien me conoce lo lea, no estaré solucionando uno de mis principales problemas. Quizá una de los objetivos primeros del Segundo Proceso.

Como sea, al final, actualizaré con esta puesta al día. Un poco confusa, lo siento. Aunque me sirve para aclarar pensamientos. Y, sobresale la decisión de contarlo. Voy a decir qué más me hace compararme y sentirme inferior. Ella y V. ya lo saben. Algunos más, también.

En fin, no sé si algún día hablaré con los míos con naturalidad sobre todos los problemas (emocionales y de salud) que ha conllevado mi enfermedad. Pero está claro que si nos es con ellos, con los míos (los de verdad), no voy a ser capaz de decirlo a nadie. Y tengo que hacerlo, para desmitificar mi problema, para hacerlo real, eliminar la fantasía, y, finalmente, aceptarlo.

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