5 de octubre de 2010

Walkabout

A principios de verano recibí como regalo un libro de una autora que no conocía, Marlon Morgan. El título, Las Voces del Desierto, tampoco me era conocido. Sin embargo, sí había oído hablar de él unos pocos meses antes. En una de las comidas de los jueves con los compañeros de trabajo, alguien habló sobre el mismo. Parece que varios eran los que lo habían leído y otros tantos los que (o al menos eso dijeron) pretendían leerlo. El caso es que por entonces no me llamó la atención, me pareció curioso, nada más.  

Cuando llegó a mis manos, ante mi desconocimiento, únicamente valoré el detalle que había tenido la persona que me lo regalaba. Valoré su esfuerzo y su más que buena intención. Así que acepté con una sonrisa y agradecí con un abrazo de despedida.

Semanas más tarde, ya acabadas las oposiciones, acabé el libro que tenía a medias y empecé con Las Voces del Desierto. Tras leer el prólogo recordé de forma clara la citada comida de jueves y las palabras de los que sí lo conocían, lo hubiesen leído o no. Lo primero que hice fue escribir a esa compañera que había insistido en la lectura y que, por lo poco que yo había leído, tenía razón: merecía la pena.

La historia está basada en hechos reales y por ello, pero sobre todo por lo que en el libro se cuenta, se hace necesario elegir una actitud ante el relato. Puedes creerla a pie juntillas, a medias o no creerte nada. Y, de hecho, la autora dedica el prólogo a advertir al posible lector. Como otras veces, usaré unas líneas del libro para aclarar esto:

"Si por el contrario quien lee estas páginas es de los que escuchan los mensajes, éste le llegará alto y claro. Lo sentirá en las entrañas, en el corazón, en la cabeza y en la médula de los huesos."

Sólo diré que la protagonista es una doctora que es elegida para recibir un premio por una tribu de aborígenes australianos. Cuando llegue a la "ceremonia" será "invitada" a realizar un walkabout en el Outback australiano, algo así como un retiro espiritual por el desierto junto a la mencionada tribu.

Desde el principio me gustó la manera de narrar los hechos. Disfruté cada uno de los capítulos, cada uno de los acontecimientos enumerados. Tanto, que al acabar el libro, me sentí muy satisfecho y feliz de haberlo recibido.

A lo largo de sus páginas se tocan temas variados como el dolor, los deseos, la vida y el paso del tiempo, la evolución y el cambio, los sueños, la igualdad, el miedo, la autoestima y el sufrimiento. Son muchas las frases que he marcado para el recuerdo. Por ello, no las incluyo ahora en esta entrada. No descarto otras entradas en los próximos días encabezadas con alguna de ellas y mis ideas al respecto.

Pero sí dejaré algunas ahora:

"Empecé a comprender que por el corazón humano pasaba algo más que sangre."

"Era verdad, la rendición es sin duda la respuesta correcta en ciertas circunstancias."

"La sangre y los huesos los encuentras en todos los hombres. En lo que difieren es en el corazón y la intención."

Y lo dejo ya porque he decidido retomar el blog ahora que tengo tiempo. Lo he tenido abandonado en cuanto a publicaciones. Lo he visitado a veces para releerme y pensar. Al fin y al cabo, siempre he acudido a él en determinados momentos y el actual se les parece bastante. 

4 de octubre de 2010

Benedetti

No te rindas, por favor no cedas,

aunque el frio queme,

aunque el miedo muerda,

aunque el sol se esconda y se calle el viento,
 
(···)
 
porque esta es la hora y el mejor momento.
 
Sigo teniendo en mi escritorio el papel que escribí con estas palabras. Pero no le presto la atención de antes.

3 de octubre de 2010

Sin novedad en el frente

Buenos días,

Siento no haberte escrito antes. Es algo que tenía pendiente hacer pero no he hecho esperando el momento adecuado. Y no es que me falte el tiempo. De hecho no me falta porque sigo esperando destino. Y aquí llega la razón de no escribir. La espera es más larga de lo esperado. Es cierto, sabía que los recortes llegarían pero, sinceramente, no esperaba que la bolsa tardase tanto tiempo en salir y que llamasen tan poco. Por tanto, tiempo no me falta. El problema es en qué invierto este tiempo. Y como se trata de mi, pues lo dedico a pensar más de lo debido. Pensar no es malo, desde luego. Lo malo es pensar con actitud derrotista o tremendista. Pero, tampoco es algo nuevo en mí. A lo que importa: no te he escrito antes porque esperaba estar de otro humor. Así voy, a días.

Intento mantenerme ocupado. He visto unas cuantas películas que tenía pendientes, también algunas series históricas (he pasado de Espartaco a la Edad Media y, de ahí, a la II Guerra Mundial). Algunas producciones son muy recomendables y ya he tomado nota para alguna posible actividad en mi materia. También he estado leyendo, menos de lo que me gustaría, la verdad. Y apunté en mi lista de libros pendientes algunos que "la más Grande" me dijo le habías recomendado. También he ido aceptando tus recomendaciones vía facebook. Veo que te has convertido en una experta. Y me sorprenden las posibilidades que ofrece la red social.

Te decía que no había novedades y no lo tengo tan claro. Supongo que no hay novedad porque no veo cambios, porque sigo esperando y no llega. La novedad será, quizá, mi actitud. Y no es nada nuevo para mí, pues la apatía o el desánimo han convivido conmigo por años... Pero igual para algunas personas que me han conocido este año sí es algo nuevo. Supongo que sigo idealizando mi paso por allí. Además, sigo echándoos de menos a todos. Y como no hago nada, salvo esperar, me dedico a pensar. Y pienso mal, siempre. Mal porque me obceco en el lado negativo.

Y no me gusta nada este email. No te había escrito antes para no transmitir mi negatividad y termino escribiendo sobre ello.

Palabras que denotan mi estado actual.

Decidido, voy a escribir un nuevo correo para poder contestarte.

19 de septiembre de 2010

Hoy

17 de abril de 2010

Distancia

No termino de decidir qué es lo que pasa. No sé si es cansancio, otra vez. Quizá sea mi actitud derrotista y pesimista. Si bien es cierto que ando gritando a los cuatro vientos lo feliz que me siento en los últimos meses, existen momentos o días como los actuales. Días de tristeza incontrolada, pensamientos negativos, ausencia de ganas, soledad.

Se puede estar solo estando acompañado, rodeado de decenas de personas. No me he quejado demasiado (o nada) por vivir fuera de casa. La distancia con mi mundo me supone, semanalmente, cierto alivio al alejarme de muchas personas de mi entorno, al tiempo que cierta pérdida al separarme de mis únicos apoyos y compañía.

Con todo, allí me siento bien la mayor parte del tiempo. Disfruto de mi trabajo como nunca imaginé. Disfruto de la compañía de mis colegas de profesión y, por supuesto, de mis alumnos y alumnas. Pero las tardes son diferentes. Tengo muchas cosas que preparar, actividades que planificar, asuntos que organizar y, cómo no, estudiar para las oposiciones. Pese a ello, a veces paso horas muertas sin hacer nada, mirando la tele sin mirar, callejeando por un pueblo que no tiene grandes atractivos, sólo por el hecho de evadirme.

El caso es que, todavía, me dejo arrastrar hacia ese lado oscuro que ha sido mi vida durante años. Me dejo pasear por las calles de la ciudad en ruinas que fue mi encierro consentido. Vuelvo a ser el niño que se defiende del mundo exterior e hiriente. Lo comprendo, no puedo dejar de ser quien soy en unas semanas o meses. No he dejado de serlo después de año y medio de terapia. Insisto, es comprensible. Demasiado dolor demasiado tiempo. Demasiada rabia demasiado contenida.

Sin embargo, como digo, vivo feliz. Siento que me encuentro en un momento inmejorable, en una circunstancia agradable y placentera. Estos días no son más que una manifestación del recuerdo y una parte inevitable dado que continúo con prácticas inconvenientes. Y es que, en este caso, eliminar ciertas conductas parece, hoy por hoy, imposible. ¿Cómo desaprender tu forma de hablar? ¿Cómo modificar tus maneras de expresión? ¿Cómo mirar distinto a como has mirado toda tu vida? Con esfuerzo, dedicación y mucha disciplina se podría, imagino, cambiar la forma de pensar. Y trabajo, mucho. Pero me queda largo camino por recorrer. Por ahora, me conformo con conocer la razón del qué y del cómo hago las cosas.

Ha pasado casi un año desde aquel "Algún día...". Algunos de esos deseos o expectativas se han ido cumpliendo:

- Todavía no despierto en mi propio hogar, pero es algo inminente.

- Trabajo en algo que me satisface muchísimo. Tanto que, cuando acabe, temo pasarlo muy mal.

- Estoy más tranquilo, menos ansioso.

- (Casi) He dejado de intentar saber qué piensa o siente la gente por o de mí.

- He vencido unos cuantos miedos (y creía que no podría hacerlo).

No obstante, sigo insatisfecho conmigo mismo, con mi apariencia; no termino de aceptar la realidad, no acepto la pérdida. Aún no sé si mereció o no la pena haber pasado por esa circunstancia. Y me queda mucho por hacer para afirmar que vivo sin afectarme, aceptando lo bueno y lo malo que tiene esta vida.

Pero mi intención era hablar de la soledad que siento. Solo, por la distancia que me separa de la poquita gente importante. Solo, por el tiempo que dejo correr antes de decidirme a hacer una visita o tomar el teléfono y llamar unos minutos. Solo, por obcecarme en una imagen parcial de la realidad. Solo, por volver a esperar; por crear expectativas que sé de antemano no ocurrirán. Y solo, porque lo elijo más allá del daño, para evitar. La evitación ha sido y es, sin duda, uno de mis principales rivales y defectos.

Dicen que la distancia es el olvido; pero yo no olvido.