Tengo que aprender a vivir.
Es duro abrir los ojos y descubrir la Verdad. Hasta ahora he hablado de mi fortaleza interior, de esa parte íntima y personal que ocultaba celosamente de los demás. Un castillo misterioso con mi yo más vulnerable, más sincero. Algo que me aleja ostensiblemente de la deseada normalidad. He gastado tanto tiempo y energía en construir esos límites, en distanciarme del mundo con el objetivo de protegerme, de refugiarme frente a los ataques o enfrentamientos, que no he sido consciente de que al mismo tiempo que dejaba tierra de por medio, me separaba voluntariamente de la vida.
Numerosos son los refranes y dichos populares que se refieren a la importancia de vivir el momento, de tener presente el Presente, dejar a un lado las preocupaciones de futuro y desterrar de la cabeza los malos acontecimientos del pasado. Yo he vivido, sin embargo y casi sin saberlo, constantemente en el pasado. Vivo, de hecho, sufriendo mis propios actos ante miedos (ahora) irracionales. Empleo demasiada voluntad a pensamientos innecesarios, a limitaciones personales, a mantener el control.
Me preocupo excesivamente por mis cosas, mi imagen (la imagen que doy y tienen los demás), mis actos. Me limito, me cohíbo, me encierro. Renuncio, inconscientemente, a la libertad. Lo hago porque concedo extrema importancia a mi entorno, a las personas que lo componen. Un ejemplo: al mantener una conversación, aún usando un registro que se adecúe al contexto, cualquier persona expondría su determinación, su opinión respecto al tema objeto de conversación; sin embargo, yo pienso con detalle qué palabras son las más adecuadas, qué opiniones las más correctas, con la única intención de pasar desapercibido, de evitar enfrentamientos o, más sencillo, no exponerme.
Existen, no obstante, momentos de libertad. Con los míos, casi siempre. Por ello, esos momentos son los que me hacen sentir realmente libre, totalmente normal y me acercan a la felicidad. Creo que ninguno conoce la verdadera magnitud de sus actos y palabras. Es un hecho indiscutible mi más que apreciable mejoría después de estar con alguno de ellos. Mi recuperación sistemática, diría.
Por ahora, seguiré adelante con la rutina. Debo centrarme en la oposición y dejar al margen los cambios, insignificantes o no. Me desenvuelvo bien en mi propio mar, aún con el inconveniente de vivir a la deriva. En unos meses podré tomar, por fin, decisiones encaminadas a mi propia satisfacción, mi búsqueda de la felicidad. Hasta entonces, y mientras no cambie mi realidad, identificaré miedos, aceptaré derrotas y errores, y sobremanera, fortaleceré mis esperanzas.
Tengo que aprender a vivir.