... parece que nunca llega.
Son muchas, demasiadas, la veces que en los últimos meses he dicho cuan harto estoy. Y lo he dicho refiriéndome a casi todas las esferas de mi vida. Personalmente no estoy pasando por un mal momento. Sin embargo, me siento cansado. Siento el peso sobre mí de centenares de hechos ya ocurridos. La carga es abundante y, entiendo, el cansancio es inevitable.
Argumento lo mucho que me cansan determinadas circunstancias en mi trabajo. Con mis superiores, con mis iguales, con mis compañeros y compañeras, con mis más cercanos. Cada día una novedad, cada día un enfado... Y es que se suceden simultáneamente cambios importantes, órdenes contradictorias entre mandos, decisiones absurdas y decisiones muy serias, y puñaladas constantes. La verdad es que soy algo (mucho) exagerado.
Mi problema laboral es que no estoy dónde quisiera. Y, otra vez más, que mis expectativas "sociales" no se cumplen. Pero esto no es culpa de todos los individuos que he indicado, el único responsable soy yo. Cuando empecé a trabajar en CuatroCaminos (así voy a llamar a la empresa), lo hice con el pensamiento de que era algo temporal. Estaría el tiempo suficiente para cumplir mi objetivo principal, conseguir ejercer la profesión para la que me licencié. Llegó el momento y fracasé. Fracasé en el intento. Por suerte, o no, cada año surge una nueva oportunidad. Ya van tres y sigo donde empecé para un curso académico. Al final no sé muy bien si seguir intentándolo o rendirme ante las evidencias. Podría aceptar mi realidad y avanzar en la empresa. Por el momento, me resisto. Quizá las próximas oposiciones sean las últimas.
No quiero darle tanta importancia al trabajo. Ahora sé que se la entrego para no pensar en las cosas realmente importantes. Y en esas, también, llevo acumuladas excesivas situaciones. No me gusta, empero, hablar de ello. Sé que debo sacar mis sentimientos, si quiero apaciguar mi interior. El castillo lleva largo tiempo cerrado. Los mecanismos, si es que alguna vez existieron, están oxidados. No me quejo, algunos han conseguido cruzar sus puertas o traspasar sus murallas. Creo que ahora el turno es mío. Debo salir. No sé muy bien cómo. Estoy en Proceso. Hablaré, seguro, mas adelante sobre mis dos procesos.
El caso es que siento que cada pequeña cosa negativa que me ocurre se convierte en esa última gota, ésa que completa el vaso. Cuando el agua atraviesa los bordes, cuando el límite es sobrepasado, reacciono de dos formas. Una, con ira (también sobre la Ira escribiré pronto, y sobre su Apóstol); la segunda reacción es con tristeza. La ira me pierde, si la dejo salir. Si la contengo, sea por miedo, respeto o educación, se convierte en frustración. Y la frustración en rencor o en desánimo. Si ocurre lo segundo, la tristeza sobreviene en desamparo. Aparece la recurrente frase de "todo me va mal". Frase que completo con "no soy feliz".
El resultado, no estar bien. Nace un deseo, que todo termine. Vuelve una esperanza, que llegue la gota que colme el vaso y surjan las fuerzas para emprender medidas y tomar decisiones encaminadas a solventar los errores y corregirlo por siempre. Al final, llega la calma. Hago como que nada ocurrió. Se reinicia el ciclo. Sigo cargado, sigo irascible, sigo frustrándome, sigo olvidando. Si la gota, la última, necesaria no tiene que llegar espero, como mínimo, conseguir las herramientas para drenar el dolor acumulado.