Puertas que cerré hace años. Ya lo he dicho alguna ocasión, cada etapa de mi vida ha tenido un punto y final para dar lugar a la nueva fase. En la historia de mi vida hay, por tanto, unos cuantos punto y aparte. Y no me arrepiento. Forma parte de lo que soy ahora. No sé cuánto, pero sí que si no hubiese pasado así, hoy mismo sería diferente.
Puertas que después de años vuelven a abrirse. Y no duele. Ya no importa. No hay vergüenza. Están tan distantes y olvidadas, que mirarlas entreabiertas no supone cambio alguno en mi campo visual. Como si nada hubiera cambiado. ¿Quieren saber de mí? Adelante, pregúntenme.
Puertas que están abiertas y quisiera cerrar. Sobre todo aquellas que todavía influyen en mi estado anímico, o que condicionan mis decisiones, o que, simplemente, molestan. No son muchas, pero sí están muy presentes. Tengo ganas de cerrarlas, pero no sé cómo. O quizás es que creo que es lo mejor y no me veo capaz. Incluso puede que sólo sea una forma más de huir, otro de mis grandes defectos. Pero es inherente a la cobardía.
Puertas que se cierran antes de intentar cruzarlas. Es lo que tiene la vida. O, será que la vida es así. Hay cosas que dependen de nosotros, otras que dependen de otros, pero también están esas que no dependen de nadie y que vienen solas, por destino, casualidad o por decisión divina. Sea como sea, no podemos elegirlas, cambiarlas, combatirlas o negarlas. Sólo queda aceptarlas y asumirlas. Nos guste o no.
Puertas que se abren cuando se cierran o cierras otras. Es algo inesperado y, sólo por eso, produce ilusión o esperanza. Cuando no existe una expectativa y surge una oportunidad se produce un fenómeno opuesto al de la decepción. Y yo, que siempre me quejo de mis frustradas expectativas, salto de alegría antes novedades como éstas.
Puertas que quisiéramos cruzar y no es el momento. Toca esperar. Los procesos son así: metódicos, estructurados, ordenados. Una cosa tras otra. Paso a paso. Repito, toca esperar. Ya llegará el momento de caminar a través del umbral o de ver como se cierra la puerta. Pero, como en otros casos mencionados, no está en nuestra mano.
Puertas que siguen abiertas pese a varios intentos por cerrarlas. Se resisten, aguantan o sobreviven como pueden. No sé muy bien para qué. Pero ahí están. Y, dadas las características de la vida, nunca se sabe si volverás a pasar por ellas. Y ante el desconocimiento, mejor tenerlas presentes y no dejarlas en el olvido. Ya intentaremos cerrarlas de nuevo o, si se diese el caso, cruzarlas.
Puertas cercanas y puertas lejanas. Otras olvidadas para siempre y algunas que regresan a la memoria en momentos de melancolía o tristeza. Puertas que son oportunidades pasadas y otras que están por venir. Puertas que aluden a los errores cometidos o que mantienen vivas las esperanzas y los miedos. Puertas que dependen de nuestras elecciones y puertas que no podemos elegir.
Puertas para cerrar y cruzar.
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