Arthur Schopenhauer, el conocido filósofo alemán, en su obra Eudemonología o el arte de ser feliz, explicado en 50 reglas para la vida escribía, entre otros hechos, sobre "la triste esclavitud de estar sometidos a la opinión ajena". Yo todavía no he conseguido librarme de este yugo. Y sabe dios que lo intento.
V. me dice siempre que no me permito equivocarme, que no me relajo, que me castigo constantemente ante las faltas cometidas, que estoy en vilo, en todo momento, para mantener el control... Yo mismo soy opresor y oprimido. Todo se debe a mi arraigado (y particular) concepto del bien y del mal, así como la (o mejor, mi) omnipresente vergüenza.
Y es que en mí se cumplen las palabras del filósofo: "Un juicio nos hiere, aunque conocemos su incompetencia; una ofensa nos enfurece, aunque somos conscientes de su bajeza".
Pero Arthur (para los amigos) no se queda en el pensamiento pesimista, sino que ofrece la cura. Para contrarrestar el dolor que nos produce la crítica ajena, debemos rodearnos de gente positiva, de quien nos quiere y nos acepta como somos y, sobre todo, cultivar la autoestima y tener un juicio positivo sobre nuestro propio valor.
Hay días, no obstante, que las críticas vencen la batalla, que las circunstancias no nos permiten acercarnos a las pocas personas que pueden ayudarnos y que, al final, se nos queda la sensación de hacerlo todo mal para con todo el mundo y, peor todavía, para con nosotros mismos.
Lo sé, soy muy triste. Por eso me conocen como "el triste".
Y como no quiero acabar la entrada con el ánimo abatido, incluyo otra cita de Schopenhauer dedicada a los que hoy me hacen sentir así, sin acritud, con la única intención de recordarme la realidad que habitualmente distorsiono:
"Lo que falta en la mayoría de las cabezas son dos cualidades emparentadas: juzgar y tener ideas propias. Ambas cualidades faltan de una manera increíble y los que no pertenecen a ellos no comprenden la tristeza de su existencia."