Hace tiempo que no escribo de verdad. Como otras veces, no es falta de ganas, tampoco de tiempo. Dedico mi tiempo de ocio a la lectura (pues tenía y tengo unos cuantos libros pendientes) y a las series (las de siempre, que tenía aparcadas por la oposición, y algunas nuevas de las que hablaré pronto). De hecho, tengo un post-borrador con todas las ideas para nuevas entradas desde hace un tiempo, y crece por momentos.
Sin embargo, esta noche vuelvo por la misma razón por la que empecé a escribir hace años, con idéntica intención. Es decepcionante, en parte, que eso no haya cambiado. Pero, al final, así es como soy. Y además el sentimiento no es nuevo, ya escribí sobre él en repetidas ocasiones. Sírvame de ejemplo:
Mi felicidad no vale la infelicidad de los otros. No soy nadie para hacer sufrir a los demás. No puedo extender mi amargura hacia quienes me rodean y quieren. Es cierto que soy infeliz. Es cierto que quizá lo sea por siempre. Mi cabeza siempre hará ver las cosas de distinta forma de cómo se presentan ante mis ojos y demás sentidos. Seguiré, siempre, viéndome distinto a aquellos que en mi profunda teoría son iguales. Veré miradas dónde sólo haya personas. Veré comentarios donde sólo existan palabras. Miraré mi rostro en el espejo y siempre será distinto. Distinto a como debería ser o tal vez a como hubiera soñado ser hace ya muchos años.
Pero hoy voy más allá. No tengo un grito desesperado. No estoy triste por mis complejos, dolido por mi diferencia. Vuelvo a sentirme culpable. Y sé que no lo soy. Sé que lo he hecho lo mejor posible. Soy consciente de cuánto he conseguido pese a mis circunstancias y cuánto me han ayudado las mismas. Pero no puedo evitar pensar que podría haberlo hecho mejor, no por mí, por ella y por quienes me han padecido y padecen todavía.
Porque no siempre soy la mejor compañía. Porque no siempre puedo dar lo que cualquiera da. Porque muchas veces no estoy a la altura de la situación, no alcanzo el nivel de exigencia. Porque no acierto con mis formas o pensamientos. Porque no razono. Simplemente, porque no sé hacerlo mejor. Y me comporto mal con los míos, con los de verdad. Me muestro frío o distante. Descargo mi ira de forma indiscriminada y descontrolada. Lanzo palabras envenenadas. Incluso pierdo los nervios y soy, otra vez más, el Apóstol de la Ira.
Lo siento mucho. Siento no hacerlo mejor. Lamento mis actitudes irracionales, infantiles y puede que egoístas. Me avergüenza sobremanera perder el control, las formas, la educación. Y siento muchísimo que sigan siendo las mismas cosas las que me desquician o alteran, que mis cambios de actitud se deban a factores cada vez más absurdos. Siento no ser normal y no haber aprendido a serlo. Aún pretendiendo, no acierto. Y juro que trato de aprender. Lucho por cambiar. Analizo mis errores para procurar no repetirlos. Pero mis hábitos arraigados sobrepasan con facilidad mi barrera de contención, me superan.
Y siento mucho, muchísimo, caer de esta forma.
Para acabar me cito de nuevo con un fragmento del mismo escrito que el anterior, intentando contrarrestar el dramatismo de esta entrada:
Sin embargo, qué precioso es darse cuenta que la felicidad ya está con nosotros. En nosotros mismos, en las personas que nos acompañan en el dolor y la alegría; en las personas amigas que nos quieren y ayudan, casi tanto, como las queremos y quisiéramos ayudarles.