27 de agosto de 2009

Distinto, como siempre

Hace tiempo que no escribo de verdad. Como otras veces, no es falta de ganas, tampoco de tiempo. Dedico mi tiempo de ocio a la lectura (pues tenía y tengo unos cuantos libros pendientes) y a las series (las de siempre, que tenía aparcadas por la oposición, y algunas nuevas de las que hablaré pronto). De hecho, tengo un post-borrador con todas las ideas para nuevas entradas desde hace un tiempo, y crece por momentos.

Sin embargo, esta noche vuelvo por la misma razón por la que empecé a escribir hace años, con idéntica intención. Es decepcionante, en parte, que eso no haya cambiado. Pero, al final, así es como soy. Y además el sentimiento no es nuevo, ya escribí sobre él en repetidas ocasiones. Sírvame de ejemplo:

Mi felicidad no vale la infelicidad de los otros. No soy nadie para hacer sufrir a los demás. No puedo extender mi amargura hacia quienes me rodean y quieren. Es cierto que soy infeliz. Es cierto que quizá lo sea por siempre. Mi cabeza siempre hará ver las cosas de distinta forma de cómo se presentan ante mis ojos y demás sentidos. Seguiré, siempre, viéndome distinto a aquellos que en mi profunda teoría son iguales. Veré miradas dónde sólo haya personas. Veré comentarios donde sólo existan palabras. Miraré mi rostro en el espejo y siempre será distinto. Distinto a como debería ser o tal vez a como hubiera soñado ser hace ya muchos años.

Pero hoy voy más allá. No tengo un grito desesperado. No estoy triste por mis complejos, dolido por mi diferencia. Vuelvo a sentirme culpable. Y sé que no lo soy. Sé que lo he hecho lo mejor posible. Soy consciente de cuánto he conseguido pese a mis circunstancias y cuánto me han ayudado las mismas. Pero no puedo evitar pensar que podría haberlo hecho mejor, no por mí, por ella y por quienes me han padecido y padecen todavía.

Porque no siempre soy la mejor compañía. Porque no siempre puedo dar lo que cualquiera da. Porque muchas veces no estoy a la altura de la situación, no alcanzo el nivel de exigencia. Porque no acierto con mis formas o pensamientos. Porque no razono. Simplemente, porque no sé hacerlo mejor. Y me comporto mal con los míos, con los de verdad. Me muestro frío o distante. Descargo mi ira de forma indiscriminada y descontrolada. Lanzo palabras envenenadas. Incluso pierdo los nervios y soy, otra vez más, el Apóstol de la Ira.

Lo siento mucho. Siento no hacerlo mejor. Lamento mis actitudes irracionales, infantiles y puede que egoístas. Me avergüenza sobremanera perder el control, las formas, la educación. Y siento muchísimo que sigan siendo las mismas cosas las que me desquician o alteran, que mis cambios de actitud se deban a factores cada vez más absurdos. Siento no ser normal y no haber aprendido a serlo. Aún pretendiendo, no acierto. Y juro que trato de aprender. Lucho por cambiar. Analizo mis errores para procurar no repetirlos. Pero mis hábitos arraigados sobrepasan con facilidad mi barrera de contención, me superan.

Y siento mucho, muchísimo, caer de esta forma.

Para acabar me cito de nuevo con un fragmento del mismo escrito que el anterior, intentando contrarrestar el dramatismo de esta entrada:

Sin embargo, qué precioso es darse cuenta que la felicidad ya está con nosotros. En nosotros mismos, en las personas que nos acompañan en el dolor y la alegría; en las personas amigas que nos quieren y ayudan, casi tanto, como las queremos y quisiéramos ayudarles.

17 de agosto de 2009

Eclesiastés

Todas las cosas del mundo son difíciles: no puede el hombre comprenderlas ni explicarlas con palabras. Nunca se harta el ojo de mirar, ni el oído de oír cosas nuevas.

Nada hay de nuevo en este mundo; ni puede nadie decir: He aquí una cosa nueva; porque ya existió en los siglos anteriores a nosotros...

14 de agosto de 2009

Poder

¿Cómo puede una palabra cambiar por completo el estado de ánimo? ¿Cómo dejo, todavía, que algo sin importancia eclipse un buen día?
Sigo sin aceptar que puedo equivocarme.